Llegué a mi destino y bajé del autobús, después entré en el instituto y, antes de encontrar la biblioteca donde había quedado con mi profesora Sonia, la encontré a ella en el pasillo.
—¡Gaby! Justo estaba esperando a que llegases —me saludó.
—¡Hola! —contesté sonriente.
—Acompáñame, porfa —anunció, mientras se dirigía a otro lugar del pasillo.
Traspasó una puerta que supuse que sería la de la biblioteca, y nos encontramos en una sala llena de estanterías con libros y una mesa larga con sillas donde estaban sentados algunos alumnos.
—Bien, Gaby, trabajarás con aquel compañero —dijo señalándome a un chico que se encontraba al final de la sala.
Pero cuando me di cuenta de quién era, mis ojos no podían creer lo que tenía delante de mí.
—¡¿Theo?! —exclamé horrorizada.
—¿Lo conoces? —preguntó Sonia asombrada.
Tragué saliva y afirmé lentamente con la cabeza sin apartar la mirada de aquel chico de pelo rizado y ojos oscuros que tan loca me tenía. La profesora, al ver mi cara de desesperación, añadió:
—Si quieres, te cambio de compañero, es entendible.
—No, no, está bien, no se preocupe —le contesté.
—¿Segura? —insistió.
—Sí, descuida —la tranquilicé.
—Vale, tienes que explicarle básicamente toda la sintaxis, pues no sabe nada en absoluto —me explicó.
—Vale —contesté, mientras asentía con la cabeza.
—Bien, pues… cuando quieras —finalizó con una sonrisa dándome paso con la mano a que me acercara a Theo.
Me acerqué a donde estaba él sentado, separé la silla de la mesa, dejé mi bolso sobre ella y, finalmente, me senté.
—No me lo puedo creer —exclamó él con una sonrisa de oreja a oreja.
—Ni media palabra —le ordené, mientras apuntaba mi dedo índice hacia el cielo.
—¡Gabriella, qué alegría verte! —soltó entre risas ignorando por completo lo que acababa de decirle.
Resoplé y saqué mis apuntes y mi estuche del bolso, mientras, él continuaba hablando:
—Al final me lo voy a pasar bien en el repaso.
—Mira, Sonia me ha dicho que no me vea en un compromiso, que si no quiero, no te ayude, así que no me calientes la cabeza o me voy —lo amenacé.
—Vale, vale, no he dicho nada —contestó, mientras alzaba sus manos mostrándome así sus palmas.
—Bueno, ¿empezamos ya o qué? —pregunté en tono dominante.
—Lo que tú digas, mandona —bromeó con esa sonrisa de chulito que tan insufrible lo hacía y esa mirada de cachorrito abandonado que hacía que te derritieras por dentro.
Resoplé para coger fuerzas y algo de paciencia y comencé a explicarle algunos términos.
—El grupo nominal es aquel cuyo núcleo es un sustantivo o un pronombre y puede ser un sujeto, un complemento directo…
Mientras yo seguía explicándole, él me miraba fijamente con una sonrisa grabada en su rostro, era tan insufrible.
—¿No vas a coger apuntes? —pregunté.
—No, tranquila, tengo buena memoria —me aseguró.
—Bueno, lo que veas —finalicé.
Continué explicando mientras él seguía con la misma cara de embobado.
—¿Me estás escuchando? —volví a interrumpir.
Él sacudió la cabeza como si se hubiera ido por momentos y finalmente contestó:
—Sí, sí.
Entorné los ojos dado que no terminaba de creérmelo, y para asegurarme, volví a formular otra pregunta:
—A ver, ¿qué acabo de decir?
—Ehh, pues, era… —balbuceó él.
—Ya, lo que suponía. Pero ¿cómo es que estás aquí? Si tú sacas muy buenas notas —pregunté.
—Porque la sintaxis me puede, no la entiendo nunca, siempre suspendo —me contó.
—Bueno anda, te lo repito, pero porfa, presta atención —le pedí.
Él afirmó con la cabeza y comencé a explicar de nuevo, pero fue inútil. No paraba de mirarme y me estaba poniendo nerviosa. Además, cada vez que yo lo miraba de reojo, podía darme cuenta de la expresión de su rostro. Era un gesto tierno y dulce, muy diferente al habitual, y eso solo conseguía darme ganas de abalanzarme sobre él para volver a besarlo.
—¿Puedes parar de mirarme? Me estás poniendo nerviosa —anuncié.
De repente su expresión cambió completamente, esta vez tenía un gesto interesado, como si lo que acabase de decir fuera algo bueno, algo que le convenía que dijese. Theo entornó los ojos y aproximó su rostro al mío más de lo que mis sentimientos podían soportar, ¡se me iba a salir el corazón!
—Ah, ¿te pongo nerviosa? —preguntó con una media sonrisa mientras fruncía el ceño.
—Ajá —contesté en voz baja acompañada de un suspiro mientras asentía con la cabeza.
—Pues tú nada más conocerme fue lo primero que hiciste —me recordó.
—Estaba distraída, no fue aposta —me excusé aún más nerviosa que antes.
Se acercó muchísimo más a mí, podía notar su aliento encima mía y la punta de nuestras narices se rozaban muy sutilmente.
—Mírame a los ojos y dime que no te gusto, ni un poquito —añadió desafiándome.
—No, no me... no me gustas —dije en un nervioso tartamudeo.
—¿Ni un poquito? —volvió a preguntar en un tono más bajo.
Negué con la cabeza mientras tragaba saliva y volvió a su asiento de una vez por todas.
—Vale, sigamos con la explicación —me ordenó.
¡¿Pero qué acababa de pasar?! Parecía que jugar con mis sentimientos era divertido para él, y es que, a estas alturas, no podía negarlo, ¡me volvía loca! No me gustaba, ¡me encantaba! Pero seguía siendo imposible, y debía sacármelo de la cabeza como fuese.
Terminé de explicarle todo lo que tenía pensado para esa tarde y repasé algunos ejercicios con él. Al fin y al cabo, cuando quería, no era tan insufrible, salvo por sus frasecitas de chulito y sus jueguecitos para marearme, no era tan insufrible.
—Bueno, me voy a ir ya a mi casa —le comuniqué.
—Vale, ya te picaré un rato mañana en clase de francés —me vaciló con su típica sonrisa.
Puse los ojos en blanco, cogí mi bolso y abandoné el centro.
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