—¿Al final no has ido? —preguntó ella.
—No, porque estaba tardando ya mucho y no quería que me llamasen la atención después —me excusé.
—Bueno, ahora en el cambio de clase si quieres te acompaño —me propuso.
—Vale, gracias, tía —le agradecí.
—Nada, ya ves tú —finalizó Liss.
No podía contarle la verdad a Liss, si se enteraba de lo que había pasado realmente, no me hablaría nunca más, y no quería perderla; al fin y al cabo, era mi mejor amiga. Además, Theo no me gustaba, prácticamente lo odiaba por eso, no había problema, aunque el simple hecho de pensar en nuestro beso hacía que me recorrieran mariposas por todo el estómago. Oh, oh, ¿y si me gustaba y no lo quería admitir? Estaba hecha un lío y es que, como me gustase, lo iba a tener crudo, porque jamás de los jamases podría estar con él, era Theo o mi amistad con Liss, y claramente me importaba mucho más lo segundo, aunque por mucho que quisiera, no podía evitar mis sentimientos, y eso era algo que me reconcomía por dentro. La clase terminó y Lissa me acompañó al baño tal y como me había dicho antes.
—¡Pero si estaba al lado de la clase! ¿Cómo es que no lo vi? —me sorprendí.
—Pues porque siempre vas superdespistada, no sabes ni dónde tienes la cabeza —bromeó Liss.
—¡Eso no es verdad! —contesté sorprendida, aunque no podía evitar reírme porque Lissa tenía parte de razón.
—Claro que sí lo es —dijo riéndose.
—Bueno, solo un poquito —dije, mientras hacía un gesto con los dedos como de algo pequeñito.
—Anda, entra ya al baño que va a empezar la clase de lengua —me ordenó finalmente.
Salimos del baño las dos y nos fuimos a la siguiente clase, que era la de lengua. Una vez allí, Liss y yo nos sentamos en nuestros asientos del fondo.
—Hola, chicos, os tengo que explicar una cosa muy importante. Necesito que los que hayáis tenido buenas notas el año pasado, vengáis una tarde a la semana un par de horas para ayudar a los que se le da mal la sintaxis. Ya sé que es mucho pedir, pero os subiría un punto en la nota final de la evaluación y así, ayudaríais a algunos compañeros que realmente lo necesitan —nos comentó la profesora.
A continuación, empezó a nombrar a todos los alumnos que el curso pasado superaron la prueba con un gran éxito y, entre esas personas, estaba yo. La sintaxis era algo que siempre me había gustado mucho, y el curso anterior saqué un 10.
—No quiero que me digáis en voz alta si queréis o no, ya sé que es mejor que me lo confirméis en privado para que sea confidencial, al final de la clase os acercáis a mi mesa y me lo decís. Os recuerdo que es voluntario, no os veáis en un compromiso, si no queréis, no tenéis tiempo o lo que sea, no pasa nada, ¿vale?
Me tiré toda la clase pensando en la decisión que tenía que tomar; por una parte, me encantaba ayudar a los demás siempre que podía, pero por otra, también me quitaría tiempo para estudiar. Pero bueno, tras muchas vueltas y una lista mental de pros y contras, decidí hacerlo, ¿por qué no? Al fin y al cabo, también me servía para repasar la asignatura. Cuando la clase finalizó, me acerqué a la mesa de la profesora para decirle que contara conmigo en lo que tenían programado.
—¡Hola, Gabriella! —me saludó.
—Hola, puedes llamarme Gaby, si quieres —le sugerí.
—¡Ay, Gaby!, me encanta, qué bonito —dijo con una sonrisa pintada en la cara—. Bueno, ¿qué has decidido? —preguntó.
—Que sí —le aclaré.
—Menos mal, muchísimas gracias —contestó aliviada—. Oye, una pregunta, mira, eres de las que mejor nota tenían, vaya, tienes un diez, ¿te importaría ir con nuestro alumno más difícil? Si ves que no puedes en cualquier momento me podrías pedir dejar de ayudarlo y yo te seguiría subiendo la nota por intentarlo, es que se te ve una niña muy extrovertida y nos serías de gran ayuda —me suplicó.
—Claro, no te preocupes —contesté sin apenas pensármelo.
—Muchísimas gracias, en serio —me agradeció mientras me daba un abrazo.
Cuando la vi tan apurada comprendí que se tenía que tratar de alguien realmente difícil, así que me asusté un poco, solo esperaba poder ayudarlo y servir de ayuda. Volví a mi asiento en busca de Liss para charlar un rato con ella antes de que empezara la siguiente clase y descansar un rato.
—¿Le has dicho que sí, verdad? —preguntó Lissa intrigada.
—Sí, ¿cómo lo sabes? —me interesé.
—Pues porque te conozco demasiado bien, te encanta ayudar a los demás, si es que eres la mejor del mundo —me explicó.
En ese momento me sentí algo mal, porque lo que mi mejor amiga no sabía, es que hace cosa de hora y media estaba besando a su amor platónico, y eso no lo hacía que digamos «la mejor persona del mundo».
—Bueno, no te creas —me excusé.
—Que sí, además, el abrazo que te ha dado la profesora también me ha indicado que habías dicho que sí —me confesó entre risas.
—¡Pero qué tramposa! Sabía yo que no era «por lo buena que era» —dije, gesticulando unas comillas con mis dedos.
—¡Eso también! —finalizó Liss riéndose.
Justo entonces, entró en la clase el profesor de la siguiente hora, el de cultura emprendedora, que era una asignatura en la que te explicaban datos sobre el empleo, los currículum y todas esas cosas que íbamos a necesitar el día de mañana. La verdad es que era una clase bastante entretenida, me lo pasaba bien y era muy útil, ya que además hacíamos prácticas de entrevistas de trabajo con los compañeros para poder ponernos mejor en situación.
Cuando la clase finalizó, ambas salimos juntas del centro para irnos con el grupo de amigos de Liss.
—¡Hola, chicos! —exclamó ella.
—¡Nenas, os tengo que contar una cosa! Estaba esperando a que llegarais para contároslo a todas —nos explicó Daniel.
En ese momento me sentí bien, pues me acababan de contar como una más de ellos, y la verdad que fue bastante acogedor, porque noté que había encajado bien y era algo a lo que tenía miedo unos días atrás.
—Cuenta, ¡ya! —exclamó Abbie.
—Lo he dejado con Nick —nos contó finalmente Daniel en un tono más serio.
—¡¿Qué?! —soltó Jessica.
—¡¿Cómo?! —preguntó confundida Liss.
—¡No puede ser! —dijo sorprendida Abbie.
—¡Jolín! —añadí yo.
—Pues ya, pero es que era lo mejor porque estaba muy raro —siguió contándonos Daniel.
—Claro, si tú vas a ser más feliz, es lo mejor —lo apoyó Jessica.
—A eso me refiero, obviamente ahora lo voy a pasar muy mal, pero dentro de un tiempo, sé que voy a estar mucho mejor —nos argumentó él.
—Bueno, Daniel, yo creo que lo más importante es cómo estés tú, y si ves que él ya estaba raro y no era lo mismo, va a ser lo mejor. Al fin y al cabo, si una relación deja de funcionar en un momento, no debes forzarla para que se arregle, porque si un cristal se ha roto, roto está, y aunque lo pegues, siempre se va a salir el agua cuando lo vayas a utilizar. No te preocupes, porque seguro que algún día encuentras a la persona de tu vida, y cuando la encuentres, te darás cuenta de que es la adecuada y con la que realmente vas a durar —lo animé.
Todos se quedaron con la boca abierta, patidifusos, ante lo que acababa de decir, no entendía muy bien por qué, pero se quedaron todos mirándome fijamente.
—¡Ay, por favor, qué mona! Dame un abrazo, anda —me contestó Daniel mientras se acercaba a mí con los brazos abiertos.
—¿Cómo das unos consejos tan buenos? —preguntó Abbie sorprendida.
—No lo sé —contesté avergonzada y me encogí de hombros.
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