—Oye, te advierto, ¡es mío! —me comentó, mientras que hablaba para mí misma.
—Ya, ya, no te preocupes, si Theo no me gusta —me excusé.
—¡Vale! —exclamó Liss con una sonrisa.
Justo entonces, el autobús llegó y nos metimos en su interior para llegar a casa. Cuando llegamos a la parada, nos bajamos del vehículo y entramos en el edificio, íbamos tan cansadas que apenas hablamos en el trayecto del bus a nuestras casas, simplemente nos despedimos antes de entrar cada una en la suya.
Cerré la puerta con llave y saludé a mi padre con un beso en la mejilla, posteriormente, me dirigí a mi cuarto para dejar la mochila y cambiarme de camiseta para no mancharme comiendo y, justo entonces, me sonó el teléfono. Era un mensaje de Instagram, una solicitud de seguimiento. Desbloqueé el móvil y me metí en la aplicación, en el apartado de solicitudes, pero lo que vi cuando ya estaba dentro no me lo podía creer «theoo3_ quiere seguirte». ¿Por qué me había solicitado? Y lo más importante, ¿cómo había conseguido mi Instagram? Sin pensármelo dos veces, lo acepté y le solicité yo a él, nunca venía mal un seguidor más, aunque este chico me tenía algo confundida, ¿por qué siempre estaba en todos lados? Ni que fuese el centro del universo, me ponía de los nervios.
—¡Gabriella, ven a comer! —exclamó mi padre.
—¡Ya voy! —contesté.
La verdad que había sido un día de lo más rallante, primero me quedaba dormida, luego me volvía a chocar con Theo, después había conocido a los amigos de Liss, posteriormente ella me había hecho una amenaza de muerte y ahora, ¿Theo empezaba a seguirme en Instagram? ¡Vaya día!
Esta vez me desperté puntual como de costumbre. Me levanté de la cama y fui a la cocina, donde me tomé un vaso de leche con galletas ositos. Después, volví a mi cuarto, cogí la ropa que me iba a poner y me dirigí al baño para darme una ducha rápida. Una vez que terminé de ducharme y vestirme, me peiné y me recogí el pelo en una cola alta, finalmente salí de mi casa y llamé al timbre de Liss.
—¡Ya voy! —exclamó ella desde el interior de la casa.
Unos minutos más tarde, salió de ella y ambas fuimos a la parada del autobús, nos montamos en él y, finalmente, llegamos al instituto. Entramos en el aula y comenzamos con la clase de economía.
—Bien, chicos, hoy lo que vamos a hacer va a ser un trabajo cooperativo para ver qué es lo que sabéis acerca de la economía. Cogeremos estas cartulinas y yo os voy a repartir términos de vocabulario y varias definiciones. Lo que tenéis que hacer es pegarlos en la cartulina uniendo cada término con su definición —nos explicó el profesor.
El profesor hizo lo que había dicho, repartió los papelitos y las cartulinas y nos puso en grupos para poder realizar el trabajo. Cuando ya llevábamos la mitad de la clase trabajando, me entraron unas ganas tremendas de ir al baño, y es que se me había olvidado pasar por él en casa antes de ir al instituto, por lo que no tuve más remedio que levantar la mano y preguntar.
—Profe, ¿puedo ir al baño?
—Claro —contestó él con una sonrisa amable.
—Gracias —le agradecí.
Salí del aula y comencé a recorrer pasillos en busca del baño, no sé cómo lo hacía, pero siempre me acababa perdiendo en este instituto. Tras andar un largo rato de un lado para otro, pude encontrar una puertecita entreabierta con un cartel que supuse que sería el que indicaba que era el baño. Quité el bloqueo que impedía que la puerta se cerrase y me metí dentro de la habitación. Nada más pasar la puerta, se cerró sola detrás de mí, y cuando me vine a dar cuenta, descubrí que no estaba en el baño, sino en el cuarto del conserje, con todos los productos de limpieza. Me di media vuelta para salir de allí, pero la puerta se había quedado bloqueada, totalmente cerrada. Me volví a girar desesperada preguntándome si me quedaría allí atrapada toda la vida y, cuando parecía que las cosas no podían ir peor, apareció alguien que estaba detrás del murito que tenía el cuarto, al fin y al cabo, la habitación era más grande de lo que aparentaba. Cambié mi rostro esperanzada de que esa persona fuera el conserje y tuviera la llave para poder salir de ahí, pero cuando pude ver el rostro de la persona que se acercaba a mí, descubrí que era ni más ni menos que Theo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendido.
—Buscaba el baño y me he confundido, ¿y tú? —le devolví la pregunta.
—He venido a fumar, allí detrás hay una ventanilla —me explicó.
Solté una breve risa mientras me cruzaba de brazos y giré la cabeza hacia un lado con desdén.
—Vaya imprudente —comenté.
Él ignoró mi comentario.
—Espera, ¡¿has dejado que la puerta se cierre?! —dijo cabreado.
—Pues sí, se ha cerrado sola —contesté.
—¿Es que no has leído el cartel de fuera? Pone que se atasca por dentro —me replicó él.
—Perdón, pensaba que era el cartel del baño y no lo leí —me excusé.
—Ah, ¿y ahora quién es la imprudente? —dijo chuleándose, como siempre.
—¡No soy imprudente! —exclamé muy enfadada.
—Uyy, la niña buena está subiendo el tono —dijo burlándose de mí entre risas.
—¡Si no me hubieras provocado no estaría así! —contesté aún chillando.
—Y si tú no hubieras dejado que la puerta se cerrase, no estaríamos aquí —me replicó en tono despreocupado.
—¿Pero a ti qué te pasa? ¿Es que no te preocupa para nada estar aquí encerrados? —pregunté sorprendida.
—Tranquila, no te alteres, ya vendrá el conserje —soltó.
—Pero no sabemos cuánto tardará, ¡nos vamos a perder las clases! —exclamé muy alterada.
—¡Mira! Es tu día de suerte —volvió a vacilarme.
—¡Dios! ¿Cómo puedes ser tan chulito? Es que me pones de los nervios, cada vez que te veo se me acelera el corazón con tan solo pensar en lo engreído que eres y cada vez que me tropiezo y termino en tus brazos me da tanta rabia que no puedo evitar quedarme mirándote patidifusa —le solté gritando sin pensar en lo que estaba diciendo.
Me quedé mirándolo fijamente a los ojos con la respiración agitada y me di cuenta de que prácticamente le acababa de hacer una declaración de amor. Él me miraba también sorprendido sin saber qué decir, pero cuando supo reaccionar se abalanzó sobre mí y me besó. Lo cogí de la camiseta y separé mis labios de los suyos porque sabía que no podía besarlo, lo tenía prohibido, pero, aun así, lo seguía teniendo agarrado de su camiseta, no pude evitar volver a besarlo.
Cuando el largo beso terminó, ambos nos quedamos mirándonos fijamente sin decir palabra, y justo entonces, se abrió la puerta del cuarto.
—¿Qué hacéis aquí encerrados? —preguntó el conserje.
—Estábamos buscando la secretaría y acabamos aquí, no leímos el cartel, disculpe —nos excusamos.
—Vale, anda, salid de aquí y volved a clase —nos ordenó.
—Gracias —contesté.
Ambos salimos y nos dirigimos al pasillo de al lado para hablar de lo sucedido.
—Vaya, a la niña buena se le ocurren excusas rápidas —dijo él chuleándose, por milésima vez.
Yo puse los ojos en blanco, resoplé y le contesté:
—Ya, bueno, lo que acaba de pasar... no ha pasado y no se va a volver a repetir nunca más —dije enfatizando la frase «nunca más».
—Vale, terremoto —finalizó con una media sonrisa mientras me guiñaba un ojo.
Volví a resoplar y regresé a mi clase, donde los demás compañeros seguían con el trabajo de economía.
—Tía, sí que has tardado —me dijo Liss.
—Ya, es que me he perdido y no he encontrado el baño —le expliqué.
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