Marta Ferreira Martínez - Gazes

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Gazes es una novela romántica que muestra distintos problemas comunes hoy en día entre los adolescentes y pretende darles unos valores sobre cómo afrontarlos. En ella, cuando Gabriella cree haber encontrado al amor de su vida, deberá enfrentarse a una cantidad de decisiones que serán cruciales para lo que está viviendo, pues cada una conlleva consecuencias distintas. ¿Será capaz de decidir lo mejor para ella? ¿O simplemente se dejará llevar por el instinto?

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—Sí, es verdad —contesté.

—Cuando lo veas me darás la razón, siempre ha sido y será el chico más guapo de todo el instituto —dijo adorándolo.

—Seguro que no es para tanto —dije quitándole importancia.

—Como vuelvas a decir eso de Theo no vuelvo a hablarte en mi vida —contestó seria.

—Vale, vale —asentí sorprendida.

—¡Es broma! —Se rio Lissa.

Justo entonces, apareció el autobús y ambas nos metimos en su interior. Nos sentamos en la parte trasera y me fijé en que había más niños y niñas con mochilas, así que me pregunté si se dirigirían todos al mismo instituto que yo, ser la nueva me daba tanto miedo. Siempre había sido muy tímida, apenas tenía amigos en el otro instituto, esto nunca me había importado mucho porque siempre había tenido a Lissa, pero estaba preocupada, pues ella ya tenía amigos en su instituto y a lo mejor yo no les caía bien y no me podía juntar con ellos o algo por el estilo.

—Ya hemos llegado —anunció Lissa.

Y casi sin pensármelo, bajé del autobús y en apenas dos segundos, me encontraba cruzando la puerta de entrada del centro. Era más pequeño de como lo había imaginado, los pasillos eran un tanto estrechos para el gran número de gente que los recorría; estos estaban repletos de taquillas color amarillo mostaza y el suelo, que apenas podía ver con el resto de pies que andaban sobre él, estaba recubierto con losas amarillas y azules formando grandes rombos bicolores.

—Gaby, ve a secretaría para que te digan cuál va a ser tu taquilla y te den la llave. Yo te espero con los demás en el auditorio, tranquila, te guardaré un sitio —me informó.

Estaba tan nerviosa que no pude ni contestarle, simplemente le sonreí y comencé a andar por los pasillos para encontrar la oficina de secretaría y hacer lo que Lissa me había ordenado. Una vez que llegué a aquel lugar, traspasé la puerta y me senté en un sillón negro a la espera de que alguien me atendiera. No pasó mucho tiempo cuando entró una mujer, que supuse que sería profesora, gritándole a un chico.

—¡No me puedo creer que en el primer día de clase ya hayas hecho una de las tuyas! —decía.

El chico permaneció callado con los brazos cruzados ante aquella mujer como si no le importase nada de lo que le estaba diciendo.

—¿Me estás escuchando? —le regañaba ella.

—Sí —renegaba él.

—No sé qué vamos a hacer contigo, eres un caso perdido, si no fuera por tus notas, te habrías ido ya de este instituto hace mucho tiempo —finalizó la mujer.

Eso último que dijo me llamó la atención, ¿cómo alguien tan cafre e irresponsable podía sacar buenas notas? No tardé mucho en olvidar aquella pregunta que me acababa de plantear yo misma, pues me quedé mirando el gesto de desesperación de aquella profesora, parecía que llevaba aguantándolo demasiado tiempo, pero era comprensible, yo en su lugar hubiera estado igual.

—Anda, siéntate y espera a que el director venga a hablar contigo. Yo... no puedo más—terminó, y salió por la puerta.

Fue entonces cuando me fijé en aquel chico, ya que la actitud de la profesora me había llamado tanto la atención, que apenas lo había mirado a él. Era moreno, con los ojos color avellana, llevaba su pelo color castaño y rizado echado hacia delante y los lados de la cabeza rapados por lo menos al tres. No era mucho más alto que yo y, en ese instante, tenía una actitud desenfadada, como si no le importase nada de lo que había sucedido, ni el mero hecho de estar esperando para hablar con el director. Sin darme cuenta, aquel misterioso chico dirigió la mirada hacia mí y me pilló examinándolo de arriba abajo.

—¿Qué estás mirando? —me preguntó en un tono arrogante.

—¿Qué? —pregunté confundida.

—¿Que qué estás mirando? —volvió a formular su pregunta.

—Am, em... nada —contesté.

—Bien —finalizó él.

Fue justo entonces cuando se dirigió hacia mí, se sentó en el asiento que había justo a mi lado y comenzó a penetrarme con su mirada oscura y profunda. No me giré para mirarlo, pero notaba perfectamente que tenía su mirada clavada sobre mí.

—¿Podrías parar? —dije un tanto incómoda.

—Ah, ¿te molesta? —preguntó él desafiante.

—Sí, mucho —contesté molesta.

Él se acercó un poco más a mí hasta que prácticamente notaba su aliento encima mía, pero seguía sin mirarlo.

—¿En serio? —volvió a formular otra pregunta.

—En serio —contesté bastante borde.

De repente se acercó tanto que rozó su labio superior con el borde de mi oreja, provocando así que se erizaran todos los pelos de mi piel.

—Pues deberías replantearte eso de quedarte mirando a la gente tan fijamente —me susurró al oído.

No le contesté, simplemente resoplé y por fin me devolvió algo de espacio personal.

Pocos minutos después, salió una chica del interior de lo que parecía más o menos una oficina y se acercó a nosotros.

—¿Eres Gabriella Edevane? —preguntó.

—Sí, soy yo —contesté.

—Pues ven conmigo —me ordenó.

La seguí hasta la puerta y ya cuando estaba a punto de salir, aquel chico dijo en tono burlón:

—No la vayas a mirar mucho, a ver si se va a asustar.

Yo simplemente negué con la cabeza y sonreí ligeramente, aquel chico me había puesto de los nervios, pero parecía majo. Aún seguía preguntándome cómo podía ser tan irresponsable y buen estudiante a la vez, según lo que había dicho aquella profesora.

—Bien, Gabriella, estas son tu taquilla y tu llave —dijo la chica ofreciéndome un pequeño utensilio de metal con una cartulina roja plastificada enganchada a ella en la que ponía 622, que obviamente, era el número de mi taquilla—. Muy bien, deja tus cosas y dirígete al auditorio, ¿sabes dónde está? —preguntó amablemente.

—No, pero creo que sabré apañármelas —contesté.

—Perfecto, hasta luego —se despidió ella.

Abrí la taquilla para ver cómo era por dentro, pues no llevaba mochila y tampoco tenía nada que guardar, era pequeñita y tenía un espejito en la parte interior de la puerta, cosa que me venía muy bien si necesitaba retocarme el rímel o el gloss. Cerré la taquilla y eché la llave para asegurarme de que nadie la abriera, aunque no tuviera nada dentro. Comencé a recorrer pasillos para encontrar la puerta del auditorio, pero solo logré encontrar aulas y despachos. De repente, la luz del pasillo en el que me encontraba se apagó bruscamente y, sin pensármelo dos veces, comencé a correr para salir de allí. Era escalofriante, pues estaba vacío y demasiado silencioso, solo de pensarlo me aterrorizaba.

Cuando llegué al final de aquel pasillo, alguien giró la esquina de este mismo y me estampé contra él cayéndome al suelo.

—A ver si miramos por dónde vamos corriendo —exclamó una voz grave y burlona.

Al levantar la mirada del suelo vi delante mía, ni más ni menos que al chico de la secretaría.

—¿Me has echado de menos, mirona? —preguntó irónicamente.

—Un poco —contesté satíricamente.

—Un terremoto como tú no debería ir corriendo así por los pasillos… podrías chocarte con alguien —se burló.

—¿Terremoto? —exclamé ofendida—. Tú ni siquiera me conoces —añadí.

—Si lo suficiente como para saber que eres un... ¿cómo era?... ¡ah, sí!... un... terremoto, ¡eso! —dijo chuleándose.

—Y yo a ti lo suficiente como para saber que eres un chulito engreído —le devolví el insulto.

—Vaaaya, la verdad es que me sorprendes, pequeñaja —contestó irónicamente.

—¿Cómo que pequeñaja? Solo eres un par de centímetros más alto que yo —repliqué.

Él se rio, apartó la mirada hacia un lado, se mordió el labio y me la devolvió de nuevo.

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