Marta Ferreira Martínez - Gazes

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Gazes es una novela romántica que muestra distintos problemas comunes hoy en día entre los adolescentes y pretende darles unos valores sobre cómo afrontarlos. En ella, cuando Gabriella cree haber encontrado al amor de su vida, deberá enfrentarse a una cantidad de decisiones que serán cruciales para lo que está viviendo, pues cada una conlleva consecuencias distintas. ¿Será capaz de decidir lo mejor para ella? ¿O simplemente se dejará llevar por el instinto?

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—Por eso siempre es la mejor ayudándome, siempre ha sabido qué decir en el momento exacto y es una de las cosas por la que más aprecio le tengo —añadió Liss refiriéndose a mí.

—Jo, ¡qué mona! —le contesté.

—Bueno, chicos, ¿entramos? —sugirió Jessica.

Todos le hicimos caso y volvimos dentro del centro, pues ya eran las once y veintinueve, y debíamos estar en clase a las y media. La verdad es que el grupo de amigos de Liss cada vez me caían mejor, y no sé si debería empezar a llamarlos mi grupo de amigos en vez del de Liss.

Continuamos las clases y pude estar atenta porque no había nada que me comiera el coco esta vez, solo estaba un poco preocupada por lo de ayudar a aquel compañero que «tan malo» era, pero tampoco era muy importante, seguro que al final podía ayudarlo. Llegó el cambio de clase y la profesora de lengua apareció en mi clase buscándome.

—¡Gaby! —exclamó desde la puerta del aula.

Me acerqué a ella y la saludé para ver qué quería.

—Mira, ¿te importaría empezar con lo de la ayuda a tu compañero esta misma tarde? ¿O tienes ya algo planeado? —me preguntó.

—No, no hay problema, no tengo nada planeado.—le confirmé.

—Vale, perfecto, pues entonces, ¿podrías estar a las cinco en la biblioteca del instituto? Yo estaré allí para decirte quién será tu compañero y lo que le tienes que explicar —me dijo.

—¡Claro! A las cinco estaré allí —le aseguré.

Ella suspiró aliviada y añadió:

—Menos mal, eres la mejor.

Otra vez me habían vuelto a decir que era «la mejor» y, cada vez que esas palabras salían de la boca de alguien, un sentimiento de culpabilidad me invadía. No podía evitar acordarme de los labios de Theo sobre los míos, y cuando lo hacía, unos sentimientos muy contradictorios manejaban todo mi cuerpo. Por un lado, miles de mariposas me revoloteaban en el interior, pero por otro, era como una punzada en el pecho. Quería mucho a mi mejor amiga y tenía la sensación de haberla traicionado, ella siempre había estado a mi lado cuando más lo necesitaba, y yo en cambio, ¿cómo se lo había pagado? Era una persona horrible y no podía deshacerme de aquella sensación.

CAPÍTULO 6

Cuando llegaron las dos y media, salí del instituto con Liss como de costumbre y nos subimos en el autobús. Ambas nos sentamos en el final del vehículo y comenzamos a charlar.

—Tía, ¿esta tarde hacemos algo? —me preguntó Liss.

—No puedo, tengo lo de la ayuda a los otros compañeros —le conté.

—Ah, ¿qué empiezas ya? —se sorprendió.

—Sí, ha venido antes Sonia a decírmelo en el cambio de clase —le expliqué.

—Pues suerte, tía, espero que puedas ser de ayuda —me animó.

—Eso espero, lo malo es que me han asignado al «peor alumno» —le dije haciendo unas comillas con mis dedos.

—¡Puf! Pues veremos a ver si puedes hacer algo —añadió.

—Eso espero —finalicé esperanzada.

Llegamos a la parada y ambas bajamos del autobús mientras continuábamos hablando de nuestras cosas, posteriormente cogimos el ascensor y entramos cada una en nuestra casa.

—¡Hola, papá! —exclamé mientras atravesaba la puerta.

—¡Hola, cariño! ¿Qué tal el día? —me preguntó.

—Bien, oye, esta tarde tengo que ir al instituto —le conté.

—¿Por qué? ¡¿Te han castigado?! —exclamó preocupado.

—¡No! Me han pedido que ayude a un compañero con sintaxis en la biblioteca —le expliqué.

—Espera, ¿una compañera? ¿O un compañero? —preguntó aún más preocupado que antes.

Lo miré con cara de sorprendida y me eché a reír, ¿acaso se pensaba que tenía novio o algo así? Lo máximo que «tenía» era a Theo, y eso y nada era prácticamente lo mismo.

—No lo sé, mi profesora todavía no me ha dicho a quién tengo que ayudar, pero aunque fuera un chico, no es nada importante, son solo un par de ejercicios de sintaxis papá, no tengo una cita —añadí bromeando para quitarle así importancia al asunto.

—Es que tengo tanto miedo de que le hagan daño a mi niñita, que no puedo evitarlo —me explicó, mientras me tiraba de los mofletes.

—Bueno, papá, ¿comemos? —pregunté finalmente.

—¡Claro! Siéntate —me ordenó.

Le hice caso y me senté con él a comer el arroz a la cubana que me había preparado, ¡estaba buenísimo! Mientras, vimos un poco el programa Zapeando , a los dos nos encantaba. Una vez que terminé de comer, recogí mi plato y lo metí en el lavavajillas.

—¡Me voy a mi cuarto a hacer la tarea! —anuncié.

—Vale, cariño —me contestó mi padre dándome un beso en la cabeza.

Me dirigí a mi habitación y, una vez allí, saqué las cosas de la mochila y dejé el móvil sobre la cama. Me senté en mi mesa de escritorio y comencé a hacer el comentario de texto de economía que nos habían mandado, todo estaba en orden: vocabulario, idea principal, ideas secundarias, resumen… Pero cuando iba ya por la opinión personal, mi móvil vibró y desvié mi atención del folio en el que estaba escribiendo. Giré la silla en dirección a mi cama para ver si podía leer quién era desde donde estaba, pero cuando pude contemplar la pantalla descubrí que no era un mensaje de WhatsApp, sino de Instagram, y para poder ver quién era, necesitaba desbloquear el teléfono. Me dispuse a levantarme de la silla y me acerqué a donde estaba el móvil apoyado, puse el dedo sobre el botón de inicio y lo desbloqueé usando la huella digital. Una vez desbloqueado, bajé la barra de notificaciones y por fin pude averiguar qué era lo que había conseguido que desviara completamente la atención de lo que estaba haciendo.

«Theoo3_ te ha enviado un mensaje directo».

—¡¿Qué?! —exclamé en voz alta.

Aquellas palabras salieron disparadas de mi boca sin apenas pensarlo, y es que aquella situación me sorprendió tanto que no pude evitarlo. ¿Qué diantres quería ahora? ¿No tenía suficiente con haberme vuelto loca en cuanto a mis sentimientos? No sabía lo que quería por su culpa y necesitaba olvidarme de él, hacer que desapareciese por completo, y no me lo estaba poniendo muy fácil que digamos. Finalmente, me metí en la aplicación y a su vez en el chat donde había recibido el mensaje.

«Qdas esta trde?» decía.

«No, estoy ocupada» contesté.

¡No me lo podía creer! ¿Me había dicho de quedar? ¿Y por qué? ¡Uf! Se había empeñado en volverme loca, ¡loca! Y aunque no quisiese y me diese muchísima rabia admitirlo, lo estaba consiguiendo. Cada vez me gustaba más, ¡y no podía ser! No podía enamorarme del amor platónico de mi mejor amiga, o como ella lo llamaba «su futuro marido», aunque él no supiera siquiera que ella existía. ¿Qué iba a hacer? Lo sucedido en el cuarto del conserje no se podía volver a repetir, ¡no debería haber sucedido!

Volví a sentarme en la silla con la esperanza de olvidarme de todo aquello y concentrarme de nuevo, pero era imposible. No podía parar de pensar en Theo, y eso no estaba nada bien. Hice lo que me quedaba del comentario como pude y los ejercicios de matemáticas, posteriormente miré la hora; mi reloj marcaba las cuatro en punto, así que me levanté de la silla y elegí la ropa para ir al instituto. Después de todo esto, me vestí y salí de mi habitación.

Me planté delante del espejo de mi cuarto de baño a contemplar el modelito que había elegido mientras me peinaba. Llevaba puesta una camiseta de tirantes blanca con rayas rojas y azules, estilo marinera, y una falda vaquera con botones de arriba abajo. Volví a mirar la hora, las cuatro y veinticinco.

Salí de mi casa y bajé a la entrada para coger el autobús que pasaba a las y media. Una vez que me encontraba sentada en el interior del vehículo, comencé a darle vueltas a mis pensamientos mientras miraba por la ventana en plan melancólico, como en las típicas novelas románticas, ¿pero es que acaso yo estaba en una de ellas?

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