―¿Qué has roto ahora? ―pregunté, mirándolo fijamente a los ojos.
―Han empezado esos puercos, Julio… ―se justificó, lastimoso, para a continuación volver la vista y arrojar una dura mirada a los dos desarrapados a los que Pulido tomaba declaración un par de mesas más allá―. Esa siempre había sido mi calle... ―siguió excusándose.
―Ya estamos con lo mismo de siempre. ¿Quién empezó en realidad? ―insistí, cada vez más impaciente, ante la creciente sospecha de que Mario no decía la verdad.
―Te juro que fueron ellos… Yo estaba ya allí y vinieron buscando gresca ―replicó―. Me querían matar los muy animales, tan solo por estar en mi puesto de trabajo. Hoy en día, uno no puede ausentarse ni un par de horas, como en cualquier otro trabajo normal ―se lamentó con aire resignado.
―¡Sabes de sobra que eso que haces no es un trabajo normal! ―Alcé bruscamente la voz, indignado, llamando a su vez la atención de los compañeros de las mesas más cercanas, que ya conocían a mi hermano y, por deferencia hacia mí, simularon no enterarse―. Y eso pasando por alto que es ilegal. Más te valdría buscar un empleo de lo tuyo, ya que milagrosamente has conseguido acabar la carrera. Al menos, así no te tendría aquí cada semana ―le espeté.
―¿Estoy detenido? ―preguntó, con cierta chulería.
―No ―contesté, intentando suavizar mis formas―, pero no quiero volver a verte por aquí en mucho tiempo, ¿entendido?
Y, sin darle opción a réplica, añadí:
―Mi compañera, la subinspectora Pulido, te tomará declaración para incluirla en el parte en cuanto termine con ellos.
―Prefiero que no…
―Lo harás y punto. Así constará en el registro, que nunca se sabe lo que puede pasar ―zanjé.
―Está bien, pero solo porque parece que está potente la tal Pulido esa. Se llama Rosa, ¿no? Menuda madurita… ―me dijo, guiñándome un ojo.
Mario no parecía tomarse nada demasiado en serio, y esos comentarios, con los que parecía querer demostrar que venía a la comisaría más bien de visita, me conseguían sacar completamente de mis casillas. Con un esfuerzo titánico, me contuve, suspiré ruidosamente y decidí no posponer más el trabajo pendiente sobre la mesa de mi despacho. El insensato de mi hermano había jugueteado ya con casi todo lo que no se debía: algún trapicheo de drogas, hurtos en la calle a plena luz del día, pequeños robos en grandes superficies… Mario siempre danzaba sobre la delgada línea entre salir airoso de una complicada situación y pasar una pequeña temporada entre rejas. No obstante, tengo que volver a reconocer que el tipo era listo, y siempre que caía lo hacía para el lado bueno. Malacostumbrado, era muy consciente, además, de que yo estaba ahí para cuando necesitaba que le echaran un cable adicional.
Sin embargo, con todo su historial y contra todo pronóstico, lo peor vino cuando con veinticuatro años decidió meterse a gorrilla. Entonces comenzó a aparecer una semana sí y otra también en comisaría. Y eso que intenté impedirlo de mil maneras. Incluso fui un día a hablar a escondidas con el famoso Ortiga, con el que, además de profesión, Mario había comenzado a compartir vivienda. Muy bajito, de tez morena y con enormes rastas en el pelo, me recibió en el piso en el que vivía con mi hermano, sorprendentemente espacioso y bien acomodado para lo que podría esperarse, ubicado en una buena zona cercana a La Caleta. Portaba gafas de sol oscuras ―al parecer, no se las quitaba nunca―, así como una sudadera verde con capucha, y sujetaba en la mano izquierda una taza de un brebaje de dudosa composición que se asimilaba al mate. Era evidente que estaba colocado, pero dado que aparecí sin avisar, lo pasé por alto y empecé de buenas maneras.
―Quiero que me ayudes a que mi hermano deje el oficio ―le dije sin más, pasando al interior del apartamento sin esperar su invitación.
―Troncoooo…, ¿qué haces? ―escuché a mis espaldas―. Sal de aquí ahora mismo. Mario es un tío de puta madre y gana más pasta conmigo que en cualquier otro sitio ―me dijo, algo bravucón, pero sin llegar levantar la vista de su taza.
―Posee una carrera universitaria y es demasiado joven para echarse a perder ―repliqué suave, encarándolo de nuevo―. A su edad no debería ganarse la vida poniendo la mano cada vez que alguien aparca un coche sin una ayuda que no le piden e involucrándose en problemas constantemente con los de vuestro gremio. Seguro que a ti te escucha ―argumenté, poco esperanzado, pero conciliador.
―Men, nosotros somos pacíficos. No somos más que un par de almas libres que vagan de forma efímera por este mundo… ―respondió, levantando las manos hacia el techo, cual iluminado.
No necesité más. En cuanto apareció tras el marco de la puerta, supe que aquello no iba a llegar a ningún sitio, y en ese momento me pregunté para qué diantres me seguía esforzando. La sangre fluyó ardiendo desde el interior de mi estómago hasta la cabeza, buscando una salida urgente.
Con un rápido movimiento, di un salto hacia delante, lo empujé contra la pared y, agarrándolo de la capucha con una mano y del cuello de la sudadera con la otra, lo levanté hasta que sus ojos quedaron a la altura de los míos. El mate o la bebida que fuese yacía ahora derramada por el suelo. Le quité las gafas de sol, las arrojé contra el televisor y pude ver de primera mano unos ojos completamente vacíos y esquivos. Ortiga habitaba en esos momentos en otro mundo, pero, aun así, decidí ponerle los puntos sobre las íes para que, cuando se le pasara el subidón, se siguiera acordando de lo que tenía que hacer.
―¡Mira, chaval, me importa una mierda lo que hagas con tu vida! ―vociferé, totalmente fuera de mis casillas―, pero más te vale que mi hermano deje cuanto antes ese trabajo. Te doy dos meses. Si no, iré a por ti. ¿Me has entendido?
Lo empujé sin la más mínima suavidad contra el sofá y me largué dando un portazo, mucho más furioso de lo que había llegado. A esas alturas, desconocía si Ortiga había hablado finalmente con mi hermano o todo había quedado en una mera quimera, aunque al ver nuevamente a Mario sentado frente a mí en la comisaría, imaginé que se habría tratado más bien de lo segundo.
―Cuídate, hazme el favor ―me despedí, con una ligera sonrisa, encarando el pasillo que conducía a las dependencias interiores.
―La próxima vez, será mejor que hables directamente conmigo ―pude oír que gritaba a mis espaldas.
Ni siquiera me volví. Mi hermano tenía entonces veintiséis años. Aunque se iba haciendo mayor, yo, de forma inconsciente y por más que quisiera evitarlo, seguía sorprendiéndome a mí mismo al comportarme de forma muy diferente a como se suponía que debía hacerlo. Muchas veces me sentía como el padre que nunca tuvo. En realidad, como el que ninguno de los dos tuvimos.
Resignado, atravesé la puerta de mi despacho. El expediente de Rodrigo Barbosa me esperaba encima de la mesa. Para mi asombro, no era lo único que me aguardaba allí.
―Buenas tardes, ¿quién es usted y en qué puedo ayudarla? ―pregunté, extremadamente sorprendido al ver a alguien ajeno al personal de comisaría en el interior de mi despacho.
―Me llamo Sofía Malmierca. Soy la madre de Rodrigo Barbosa ―respondió, con lágrimas en los ojos.
4
Sofía Malmierca era una señora que podría rondar los setenta y cinco años. Con pelo corto y canoso, al estilo garçon, vestía pantalón y jersey negros. No llevaba pendientes, pulseras, ni tampoco anillos. Solo portaba una mirada que desprendía un dolor tan intenso que podía atravesar el alma de cualquiera.
―¿Cómo ha llegado hasta aquí? ―pregunté, mientras me sentaba frente a ella e intentaba reponerme de la impresión.
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