María Gabriela Pauli de García - Enseñar Historia...., enseñar a pensar

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"La escuela secundaria está en crisis", «el sistema educativo debe actualizarse para estar a la altura de los nuevos desafíos», son expresiones que escuchamos con frecuencia, tanto en los ámbitos educativos como en otros que no lo son. Es que la educación es una problemática que interesa al conjunto de la sociedad, motiva comentarios, apreciaciones, opiniones de muy diversa índole.
Desde los años noventa se han intentado reformas de la escuela secundaria aunque sin demasiado éxito. El desafío de pensar una transformación profunda del sistema educativo, y en particular de la escuela secundaria, resulta hoy más acuciante que nunca; e implica poner la mira no solo sobre los diseños y las estructuras formales del sistema, sino también en la concepción antropológica que lo define.
En este contexto se aborda la posibilidad de pensar la enseñanza de la Historia en la escuela secundaria como posibilitadora de un pensamiento crítico y reflexivo en los adolescentes. Se desea proponer un enfoque orientado a la formación de personas comprometidas con la realidad presente, capaces de discernir y de superar prejuicios, libres y responsables de la construcción de una sociedad más justa y solidaria.

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Romano Guardini, describe algunas de estas dimensiones de la persona, al afirmar que: «De hecho, persona no es sólo dinámica, sino también ser, no sólo acto, sino también conformación. La persona no surge en el encuentro, sino que se actúa sólo en él. Depende, eso sí, de que otras personas existan; sólo posee sentido, cuando hay otras personas con las que puede tener lugar el encuentro.» (1967; pp. 201–201), y más adelante agrega: «... la persona existe en la forma del diálogo, orientada a otra persona. La persona está destinada por esencia a ser el Yo de un Tú. La persona fundamentalmente solitaria no existe.» (Idem; p. 208)

El mismo autor asume otra dimensión de lo humano que es constitutiva de la persona, cuando sostiene que «La esencia de la persona se encuentra pues, en último término en su relación con Dios.» (Idem; p. 215). En este mismo sentido, Martin Buber afirma también la dimensión trascendente de la persona humana, así como su apertura al otro y al encuentro interpersonal, con expresiones tales como: «Las líneas de las relaciones, si se las prolonga, se encuentra en el Tú eterno. Cada Tú particular abre una perspectiva sobre el Tú eterno…» La persona humana queda así definida por una doble dimensión: la dimensión de su interioridad y la posesión de sí; y la dimensión relacional, ambas constitutivas del ser persona.

Alfonso López Quintás, expresa otra nota de la persona, en estos términos: «El ser humano debe ser considerado como una realidad abierta, necesariamente vinculada a las realidades que la rodean y la acogen —en cuanto le ofrecen la posibilidad de fundar con ellas ámbitos de interacción fecunda—. El hombre se encuentra al nacer instalado —no arrojado— en un entorno que lo invita a la acción creadora en vinculación.» (Idem; p. 239). Así afirma el pensador español no sólo la dimensión relacional de la persona humana sino su carácter de ser inacabado, abierto, que ha de completarse en vinculación con otras personas y en el ámbito de lo sociocultural.

Asumimos, entonces, como dimensiones constitutivas de la persona humana la inteligencia y la posibilidad de lenguaje articulado —que posibilitan el pensar—, la libertad y la dimensión de apertura al encuentro con el otro y con la Trascendencia, de acuerdo a los elementos que hemos podido rescatar del planteo de los autores mencionados. Esto nos lleva a afirmar que el ser del hombre es un ser con otros y a la vez un ser en sí, dimensiones estas que no se excluyen ni se oponen sino que se completan una a la otra.

Es, por ello mismo, un ser inacabado, en busca de sentido, y esta condición está relacionada con su condición de ser en el tiempo. Ser y devenir no deben pensarse en la persona humana como opuestos, el devenir es condición del ser humano en cuanto éste se manifiesta en aquél.

En relación a la búsqueda de sentido, Romano Guardini propone no sólo considerarlo como aspiración de sentido de la vida, sino, en relación además, al modo de relación del hombre con el mundo y la naturaleza. Es decir, que la búsqueda de sentido, es condición de la vida humana que se orienta en función de ella, y por lo tanto tiene una disposición teleológica, pero que también constituye el modo de conocer y de relacionarse con el mundo y la naturaleza. Así el filósofo describe la relación hombre naturaleza a partir del concepto de cultura: «El núcleo del proceso de que surge la cultura consiste en dos momentos que no pueden remitirse el uno al otro, pero que se condicionan recíprocamente.

El primero es aquel acto en que el hombre se sale del conjunto de la naturaleza y toma distancia respecto a lo dado naturalmente.[…] El segundo momento es ese acto en que el hombre va hacia la naturaleza y la capta. No anula esa separación de que se hablaba, sino que sólo es posible a partir de ella.» (1960; pp. 10–11). Y agrega: «En este acto, el hombre considera su objeto, lo comprende, lo valora, le da forma. El animal no entiende ni valora, ni da forma, sino que se orienta, siente lo beneficioso o perjudicial, y lo toma o lo elude. Tal acción tiene pleno sentido, pero su sentido no está puesto por el animal, sino que se desarrolla anónimamente en él, como sentido de la naturaleza. En el hombre, la realización del sentido procede de iniciativa personal, del conocimiento y la decisión; cosas posibles solamente porque existe una instancia que crea un distanciamiento: el espíritu.» (Idem; p. 11). Nótese en el párrafo precedente, la referencia al sentido en las conductas animales, y la apreciación de Guardini: se trata de un sentido vinculado al instinto de conservación, pero no es un sentido que los animales otorgan a las cosas. En el ser humano, en cambio, la realización del sentido proviene de las dimensiones constitutivas de la persona humana: su inteligencia y con ella la capacidad de conocer el mundo y de reconocerse en el mundo; y la libertad, y con ella la posibilidad de iniciativa personal y de decisión.

Hemos afirmado precedentemente que el hombre es un ser con otros, abierto al otro, y cuya dimensión social, es por ello mismo también constitutiva de su ser persona. A su vez, con el párrafo precedente de Romano Guardini, incorporamos el concepto de cultura, que remite, justamente a esta dimensión social o comunitaria en el hombre. Podemos afirmar entonces, siguiendo a Alfonso López Quintás, que: «Toda vida personal se desarrolla y crece creando vida comunitaria. No hay hiato entre ambos aspectos. Se ve claramente cuando se ahonda en el sentido de la vida personal.» (2005; p. 10).

La cultura remite justamente a estas dos dimensiones de la persona, en la medida en que en todo acto de cultura hay una apropiación personal, creativa e irrepetible de la realidad circundante, implica además la elaboración de respuestas a problemáticas personales o sociales, que son fruto de la inteligencia y del potencial transformador de los seres humanos; ahora bien, todo acto de cultura se sustenta en una acción comunitaria: pensamos el mundo, recreamos la realidad, formulamos respuestas, proyectos y alternativas, en el marco de una serie de supuestos, esquemas valorativos, necesidades que nos vienen dados por otros. La creación de cultura nunca es una actividad individual, es siempre una tarea comunitaria y que no excluye el aporte personal de cada sujeto.

Una mirada integral acerca del hombre, implica considerar la totalidad de sus capacidades y dimensiones, y es lo que nos proporciona el personalismo, permitiendo conjugar la dimensión individual y de la dimensión social, acentuando la unidad de la persona humana, y reconociendo la multiplicidad de modos de expresión y de relación que configuran lo humano. Posibilita además establecer los rasgos propiamente humanos, tales como la inteligencia, la libertad y la capacidad de un lenguaje articulado y con él de un pensamiento abstracto y capaz de transformar la realidad.

Así reconocemos en el hombre una esencia que está definida en su ser persona, y que a su vez, se forma, se actualiza y se despliega en el tiempo y en el contexto socio–histórico–cultural en el cual la persona humana se encuentra inmersa. El contexto condiciona y limita esos procesos de formación, actualización y despliegue; pero a la vez los hace posibles. Y hace posible a su vez, la reflexión acerca del sentido de la vida humana, del deber ser que ordena su existencia hacia un fin siempre trascendente. Por ello, podemos afirmar que la persona humana es un ser situado, un ser en un aquí y un ahora; es, en definitiva el carácter histórico de la vida humana y de toda realización humana. Por ello, resulta imprescindible hacer algunas referencias a la historia y a la historicidad como dimensión constitutiva y constituyente de la persona.

«Todo individuo vive en comunidad y está con ella en un proceso intramundano, espacio–temporal, pero específicamente humano, que llamamos historia. Así como el hombre es un ser social (ens sociale), también es un ser histórico (ens historicum). Y, así como la comunidad significa la convivencia de una pluralidad de personas, así la historia equivale a la sucesión de un acontecer temporal» (Coreth, 1976; p. 231). El hombre es un ser social y que se forma y desarrolla todas sus potencialidades en el transcurrir de su existencia, de su vida. Esto lo dota de un carácter histórico.

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