José Martel Rodríguez - La chica de la cadera

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Sinopsis Aquí estoy, en pleno siglo XXI, observando cómo la mirada de ese jovenzuelo se derrite por esa chica de caderas prominentes. Ahora corren otros tiempos, y todo aquello que fue ocultado, los misterios del antiguo Egipto, corre el peligro de ser descubierto por ellos, ¡una panda de turistas! Antes de fracasar, soy capaz de cualquier cosa: hasta de contarlo todo.

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Según les explicó el egiptólogo, la gran pirámide era un templo solar y era dificilísimo determinar a ciencia cierta su finalidad: si su función fue estrictamente funeraria o, por el contrario, encerraba algún insondable misterio. Existían muchas teorías. Había quien decía que sus aristas apuntaban a alguna constelación.

—La gran pirámide mide 146 metros de altura y 230 de longitud —declaró Ahmed.

En la antigüedad, la mismísima ribera del Nilo llegaba hasta allí —lo recuerdo como si fuera ayer—. La gran pirámide había estado cubierta de placas de oro, que fueron expoliadas a lo largo de los siglos.

Como dato singular, Miguel comentó que en 1954 se encontró una barca desmontada en un foso próximo a la pirámide, encargada para llevar a Keops al más allá. Por ello, el guía decía estar casi seguro de que los lindes del río antaño habían llegado muchísimo más cerca de las pirámides de lo que hoy lo estaban. No se equivocaba para nada.

A casi cuarenta grados y después de dos docenas de fotos, se situaron en la interminable cola para acceder a la impresionante edificación. Miguel y Ahmed hablaban con los vigilantes de la entrada, que controlaban la cantidad de personas que accedían a la misma. Pasado un rato, se acercaron a donde los viajeros españoles.

—Si sobornamos a los guardias, podemos estar por un rato todos a solas en el interior, ello será muy bueno —comentó Ahmed con un perfectísimo español—. Yo tengo amistad con ellos.

Si hubiera tenido pelos, se me hubiesen puesto de punta.

Lo siguiente fue ver al guía recogiendo cuarenta libras egipcias por cabeza. Ahmed, con picardía musulmana y una discreción difícil de objetar, empezó a largar billetes a los guardianes.

Con cierto entusiasmo, iniciaron el ascenso por el interior de la pirámide. No se podía avanzar con todo el cuerpo erguido. Los viajeros pasaban por una pasarela ascendente que estaba atravesada por unos listones de madera y se agarraban a una barandilla de hierro anclada en la piedra. Cables y lámparas a lo largo de todo el entramado iluminaban la subida.

El destrozo que le habían hecho me fue difícil de asimilar.

—¿Te empujo? —Jose iba detrás de la madrileña y la intentó agarrar por la cintura.

—Procura no bromear aquí dentro —habló Cande desde un poco más adelante al ver la cara de su amiga—. Se agobia con facilidad y eso no la ayuda.

—Sí —afirmó la aludida—. Desde siempre me abrumaron los sitios cerrados y con poca luz. No hace falta que me ayudes.

—A mí, si quieres, me puedes llevar en brazos. —Detrás iban Almu y Edu.

—Cari, ¡de eso nada! —sentenció Edu a su pareja entre risas.

A medida que transcurría el ascenso, mis mayores temores fueron confirmados. Una docena de asiáticos abandonaba la cámara del rey y bajaban por la rampa acondicionada para ello, lo que la dejaba totalmente vacía.

¡Por todos los dioses! ¡Habían horadado la gran pirámide por todos lados! No respetaron sus galerías, como si fuese un producto cualquiera, como a lo que hoy llaman queso de Gruyère, pero al fin y al cabo consiguieron llegar a la mayor parte de las cámaras principales; eso por no mencionar las plaquetas de oro y tesoros extraídos de la misma. Mis pensamientos iban desde la más absoluta indignación a la tristeza más desoladora. ¿Cómo lo habían permitido?

Los españoles entraron y el fresco ambiente reinante en el habitáculo que era la cámara del rey los bañó como si de una bendición se tratase, era de agradecer.

Un sarcófago de piedra en un extremo era lo único que destacaba de todo el lugar, también su alto techo. Iluminada corrió como loca y se metió en él. Soledad, experimentada en temas de Egipto, se sentó pegada a una pared y adquirió una postura de meditación.

Empezando por los extremeños y estos seguidos de catalanes, sevillanos, valencianos, madrileños y canarios, todos ellos hicieron un círculo en torno a ella.

—Si nos concentramos, podremos experimentar muchas cosas, ya que dicen que este lugar es como una antena gigante —explicó a su nieta Kris, que estaba junto a ella.

Lo que veía no me estaba gustando: unos turistas ávidos de conocimientos, sin ningún tipo de disturbio, en una meditación conjunta y dirigida por aquella mujer, a la que el chacra se le seguía abriendo de forma descontrolada. ¡Tanto esfuerzo para echarlo todo por la borda en menos de media hora! Solo había una titánica solución, pues mi heka, después del golpe del aeropuerto, aún lo sentía difuso.

Así pues, volé hasta el sarcófago donde estaba Iluminada y me posé en el borde. Casi al instante, esta, que estaba en estado de profunda meditación, comenzó a gemir y a emitir pequeños grititos a la vez que pegaba pequeños saltos espasmódicos, como si tuviese un orgasmo. ¡Que Isis me perdone por disfrutar de mi inspirada intervención!

Recorrí cada parte de su lechosa piel como si fuese un amante ávido de lujuria. Gracias a los dioses, conseguí reunir a todos los congregados en torno al sarcófago. Despertaron a la valenciana, que sentía los muslos humedecidos y la mente extasiada: tan orgásmica estaba que no quería salir de la supuesta sepultura. Su cuñada la cacheteó para sacarla de su ensoñación.

—¡He estado en contacto con el más allá y ha sido maravilloso! —Una gota de perlado sudor recorría su cuello—. ¡He experimentado cómo se me abrían los chacras y mi cuerpo vibraba!

Su sobrina, Blanca, no sabía dónde esconderse, pues cantado estaba que aquella mujer parecía haber tenido un sueño erótico más que una experiencia onírica.

Después de eso, todos querían entrar para experimentar esa sensación, y como que no estaba yo por la labor de tales menesteres.

—¡Lo siento, pero ahora me toca a mí, que bastante falta me hace!

La afortunada fue Mariana, que se impuso por el quebrado tono de voz que había adquirido desde la pérdida de su equipaje. ¡Era tan fácil influir en la desequilibrada mujer!

Pasaron unos minutos y la madrileña de pelo cobrizo fue el centro de atención de todos. Apretaba los ojos con fuerza, como quien tiene una oclusión intestinal e intenta revertirla. Acto seguido saltó y se incorporó como si tuviese un muelle y este se hubiese disparado.

—¡Aquí dentro no se siente nada! ¡Es una pérdida de tiempo! —se quejó saliendo con energía y sin gracia del sarcófago. Varios de sus compañeros la ayudaron para evitar que se fuera de narices contra el suelo.

Gané justo el tiempo suficiente para que se les acabara el suyo dentro de la pirámide, pues Mariana con su estridente voz inundaba el recinto y los desconcentraba a todos. Mas Jose e Irene se miraban en silencio con una media sonrisa.

La comida la hicieron esta vez en un restaurante cercano a la meseta de Guiza, que tenía más de hamburguesería que de restaurante.

—¿No comes? —preguntó Jose a la madrileña al ver cómo deshacía su comida con el tenedor y daba un mordisco a un trozo de pan.

—¡Uy, es que no me gusta la carne de ternera! Por norma general, solo como pollo. —Se ruborizó Irene.

—¿Cómo crees que se mantiene tan estilosa? Si la dejamos, solo se alimentaría a base de lechuga y tomate.—Rio Cande a su lado.

—Toma. —El canario rodó su silla y trasladó su bandeja a la mesa de las jóvenes—. Te cambio tu carne por mi lechuga, mi tomate y mis pepinillos, también tengo demasiadas papas.

—Pero…

—Pero nada. —El muchacho le puso una papa en la boca sin darle tiempo a rechistar ante las miradas de Cande y el resto de los jóvenes. El cuerpo de Irene se estremeció sin poder parar de reír de puro nervio.

картинка 6

Con un calor asfixiante, partieron hacia Menfis para visitar la pirámide escalonada de Saqqara, lo cual les ocupó gran parte de la tarde. El canario, por más que lo intentó, se sentía rechazado cada vez que se acercaba a la madrileña, que se hallaba siempre rodeada de las chicas del viaje y su amiga.

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