José Martel Rodríguez - La chica de la cadera

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Sinopsis Aquí estoy, en pleno siglo XXI, observando cómo la mirada de ese jovenzuelo se derrite por esa chica de caderas prominentes. Ahora corren otros tiempos, y todo aquello que fue ocultado, los misterios del antiguo Egipto, corre el peligro de ser descubierto por ellos, ¡una panda de turistas! Antes de fracasar, soy capaz de cualquier cosa: hasta de contarlo todo.

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A mí lo que me preocupaba era otra cosa: la visita a nuestra señora de Zeitum. Supuestamente, cientos de personas, allá por los años setenta, habían visto aparecerse a la Virgen en el techo de una iglesia.

Soledad contaba a los extremeños y a los catalanes su experiencia anterior.

Ya mis jefes se habían ocupado en el pasado de tales supuestas apariciones, como para que una insulsa mujer a la que el chacra se le abría de forma acelerada descubriera algo.

Las estrechas callejuelas del barrio copto se hallaban repletas de tiendas de artículos religiosos y de vendedores ambulantes de casi cualquier cosa.

Kris e Irene iban juntas.

—Jose fue alumno de mi abuela —contaba la sensual joven a la madrileña—. Se conocieron cuando ella atravesaba una complicada separación. Desde entonces, creció una buena amistad entre ambos. Jose fue aceptado por el resto de mi familia como uno más, pues la ayudó mucho en este delicado trance.

—¿Y tu abuela consiguió superar la separación?

—Tras muchos años, su vida está mejor —explicó la canaria—, pero no te creas que fue fácil. Mi abuelo es un hombre temperamental y encima la dejó por otra; lo peor fue cuando él decidió casarse de nuevo —recordó—, pero ya su alma y su espíritu, como ella dice, vuelven a estar en equilibrio. Por un momento pensó que nos perdería a todos y estuvo medio neura.

Esa información era un bien preciado para mí. El equilibrio duraría poco, pues con la poca destreza que me quedaba aparté del resto del grupo a la dichosa y preciosa nieta que iba con Irene enfrascada en una distendida conversación y las perdí por las calles del barrio entre la muchedumbre.

—Entonces, por lo que veo, Jose es todo un primor de galantería y esas cosas, milagro que no le has echado el ojo —indagó la madrileña.

—¡Qué va! No es mal tío, pero lo veo más como un hermano. Además, no sé si cuajaríamos bien como pareja.

—¿Por qué razón?

—Creo que es de esos a los que les gusta mucho la diversión, y para divertida yo.

—No te entiendo del todo, explícate. —El interrogatorio era más que evidente.

—No me tomes a mal, es una suposición mía por las pocas novias que le he conocido —desarrolló la canaria—, pero siempre he pensado que es de esos de aquí te pillo, aquí te mato, y no es que esté mal. Hay que ser modernos y eso, pero… ¿Por qué me lo preguntas? ¿Te interesa?

—No, no, para nada.

Jose miraba un puesto ambulante de fotografías en blanco y negro, se había prendado de dos que mostraban a una madre con su hijo y a una niña mulata.

—Jose, ¿has visto a Kris? —Soledad estaba pálida y asustada, percibí el retroceso de la apertura de su chacra—. Me dijo Mariana que estaba contigo.

—Hace rato que no la veo, creo que iba con Irene por allí.

—¿Ocurre algo? —se interesó Pía junto a los demás catalanes.

—¡Mi nieta, no está con el grupo! —Se preocupó.

Miguel, manteniendo el tipo y recordándoles que había que ir siempre con alguien, los dejó con Ahmed para ir a buscarlas.

Después de un rato de larga espera, volvió a aparecer por una esquina sin ellas. Soledad se llevó las manos a la cabeza, sintiendo una punzada de puro nerviosismo.

Yo sabía que una situación de estrés era lo mejor para desestabilizar a alguien. Fue cuando me percaté del insolente canario, que se había separado del grupo. Como un imán y con el brillo de mi magia en su costado, recorrió las calles, raudo y seguro, llevado por una fuerza sobrenatural; iba por las callejuelas más que resuelto, como si de un felino se tratara.

Cuando las dos jóvenes perdidas lo vieron, ambas se abrazaron con lágrimas en los ojos y el rescatador tiró de ellas con autoridad para que todos los de alrededor se dieran cuenta de que no estaban desamparadas. ¡Mal rayo me parta! Unos minutos después, Soledad, que estaba histérica, al verlas llegar se tiró a los brazos de su nieta y le dijo que no la volvería a perder de vista durante el resto del viaje.

Un rato más tarde, al llegar a la basílica de Nuestra Señora de Zeitum, Soledad aún estaba sofocada por el susto y la alegría de recuperar a su nieta, lo suficiente para que no descubriera nada que no me interesase. Pero debía plantearme qué hacer con esa impresión de mi heka puesto en los costados de los jóvenes de forma involuntaria, que no se disolvía con el paso del tiempo, como sí hacía el resto de mi magia cuando la usaba.

El guía contó todo lo referente al exilio de la familia sagrada y cautivó a los viajeros.

—Ahmed ha puesto mucho énfasis en la santidad de este lugar para ser árabe. —Apareció el joven por encima del hombro derecho de la madrileña sobresaltándola, pues contemplaba el cubículo como ida.

—¡Ay! Estaba concentrada imaginándome a la familia sagrada ahí hace tanto.

—¿Te asusté? Tienes la piel de gallina. —El canario rozó ligeramente el hombro de la madrileña y esta se estremeció sin querer.

—No. —Se apartó ligeramente Irene—. Solo es que bajo este techo, desde que entré, parece que se está más fresco. Gracias por ir a buscarnos, no me cansaré de agradecértelo.

—¡No seas boba! Kris es como si fuera mi hermana, y tú…

—Y yo una damisela en apuros —susurró para sí, apartándose más de él—. No sé cómo decírtelo, pero no quiero que te confundas. —Intentó mirarlo con firmeza, pero al instante se giró mientras apartaba la mirada para no quedar atrapada por sus verdes e intensos ojos—. Eres muy agradable y atento, pero nos acabamos de conocer.

—¡Irene, ven, mira! —la llamó Cande desde un poco más allá—. Aquí hay una columna protegida por un panel de metacrilato y dicen que exudó sangre en su día y dejó una marca como si fuera la cara de Jesús.

Jose se quedó de una pieza ante la reacción de la joven. Sin pensarlo, las dos muchachas fueron a ver la columna.

картинка 5

Pasadas unas horas, comieron en un restaurante tipo asador en las afueras. Irene se las arregló para mantenerse alejada de su salvador. Por la tarde irían a visitar el museo de El Cairo. No se esperaba encontrar todo lo que allí había.

Es un recinto impresionante —según la explicación de Miguel— que se quedaba corto para la inmensidad de riquezas aún por catalogar. Allí había centenares de tesoros y efigies, la mayor parte estaban hacinados en los sótanos del edificio. Un proyecto en ciernes para la construcción de un nuevo museo, el cual albergaría más reliquias que en ese momento además de más momias y monumentos, era una firme promesa.

Así pues, recorrieron sus interminables pasillos durante varias horas. Se deleitaron con su grandiosidad al contemplar los fastuosos tesoros y antigüedades.

Sin proponérselo, las jóvenes del grupo —Almu, Blanca, Irene, Cande y Kris— formaron un grupo mientras recorrían las múltiples vitrinas durante toda la tarde. Jose no conseguía quitarse de encima a su compañera de habitación, que empezaba a ser algo tediosa, pero no perdía de vista al grupito donde iba su chica de la cadera.

—¿Son imaginaciones mías o parece que ese canario y Mariana nos siguen todo el rato? —Rio Kris por lo bajo atisbando con su risueña y encantadora mirada—. ¡A ver si piensa que nos vamos a perder otra vez!

—Yo diría que le has hecho tilín. Es cierto que no se aparta de nosotras —Almu habló por lo bajo a Irene—. En cambio, mi Edu está perdido, vete a saber dónde.

Las risas de todas inundaron el museo.

En un momento determinado, el canario se las arregló para perder de vista a su cargante compañera; Irene también se había quedado rezagada contemplando el trono de Tutankamón, que descansaba en una vitrina.

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