José Martel Rodríguez - La chica de la cadera

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Sinopsis Aquí estoy, en pleno siglo XXI, observando cómo la mirada de ese jovenzuelo se derrite por esa chica de caderas prominentes. Ahora corren otros tiempos, y todo aquello que fue ocultado, los misterios del antiguo Egipto, corre el peligro de ser descubierto por ellos, ¡una panda de turistas! Antes de fracasar, soy capaz de cualquier cosa: hasta de contarlo todo.

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Contemplaba la ominosa luna resplandeciente en el cielo sobre las pirámides, cuando un acento familiar desde atrás la despertó.

—Buenas noches, terrorista. Es bonita la luna, y luce diferente, ¿verdad? —Sus ojos verdes a la luz de los focos de la piscina parecían grises—. Pareces más tranquila.

—¡Uy, mi víctima! —Rio la madrileña un tanto cohibida—. Será por la latitud, estar aquí es como un bálsamo y las vistas son mágicas.

El canario se puso a su lado mirando la cadera culpable del tropiezo.

—No tengo que temer nada esta vez, ¿no?

—¿Cómo?

—Que si vas a volver a atropellarme.

—¡Uy! —De nuevo los colores—. Me vas a crear un complejo. Es que soy muy torpe; además, las tengo enormes. —Rio nerviosa y se retiró—. No sé lo que digo.

Jose la miraba muy serio e intentaba contenerse.

—Entonces te voy a tener que llamar la chica de la cadera.

Irene no podía parar de reír, pero era una risa nerviosa.

—¿La chica de la cadera? No sé cómo tomármelo.

—Bueno, a no ser que quisieras ligar conmigo, cosa que por otra parte sería bastante curioso, es un comienzo simpático hasta para… ¡un libro!

La madrileña rio a carcajada limpia olvidando todos sus recelos y poniéndose las manos en los costados.

—Dudo mucho que estas caderas entren en la cubierta de un libro. —Al instante estaba arrepentida de mostrarse tan jovial.

—Impresionante luna, ¿verdad? —Apareció Cande con el móvil, salvando el momento.

Día 1

En el primer día en Egipto, todos los viajeros estaban en pie desde muy temprano. Después de un rápido desayuno bufé, se reunieron en la entrada del hotel, pues la salida estaba dispuesta para las 8:30; el programa ponía que visitarían la ciudadela de Saladino.

A esas tempranas horas, el termómetro marcaba veintiséis grados, por lo cual casi todos ellos vestían de corto o con prendas ligeras, gafas de sol y con la cabeza cubierta. Espectáculo para mis ojos.

A esas tempranas horas, el termómetro marcaba veintiséis grados, por lo cual casi todos ellos vestían de corto o con prendas ligeras, gafas de sol y con la cabeza cubierta. Espectáculo para mis ojos.

La madrileña de pelo cobrizo, compañera de habitación de Jose, hablaba con su amiga Soledad muy alterada, agitando las manos, muy nerviosa, al hablar acerca de sus maletas perdidas. Estaba molesta por vestir la misma falda, blanca de encajes, y el top de tirantes del día anterior; así se lo había hecho saber a su compañero de habitación repetidas veces hasta el más puro aburrimiento.

Sin reparos, se acercó al guía y, con enronquecida voz, le recordó lo inadecuadamente vestida que iba para ir a una mezquita donde no se podían mostrar hombros, piernas, ni cabello en el caso de las mujeres.

Miguel intentó tranquilizarla y le aseguró que a lo largo de la jornada irían a comprar algo de ropa. También confiaba en que las maletas llegarían al día siguiente, a más tardar.

Pía, la señora catalana de la mochila en la espalda, se aproximó a Mariana y educadamente le ofreció dos camisetas que tenía sin estrenar. La enfurecida mujer no fue todo lo diplomática que debiera, por lo que Soledad la reprendió más tarde, sin aceptar su réplica.

—¡No pretenderás que me ponga ropa de una desconocida!

Una vez en el autobús y con el aire acondicionado a tope, iniciaron la excursión.

La ciudadela fortificada de Saladino se hallaba sobre una colina en El Cairo. En su día había sido una defensa importante de la ciudad y también una residencia real.

Según explicó Miguel, para construirla destruyeron los anteriores edificios de la parcela. Dentro de ella destacaba la mezquita de alabastro de un tal Mohamed Alí, pues tenía una inmensa cúpula de cincuenta y dos metros de alto, sostenida por otras dos de menor tamaño.

Desde lejos, los turistas la admiraban anonadados ante mi incomprensión. Bueno, gran parte del dorado que las decoraba era robado de mi pueblo, por lo cual no podía mirar aquella construcción con muy buenos ojos.

Al llegar, Miguel les presentó a su guía egipcio, Ahmed, que hablaba perfectamente español: el Gobierno egipcio obligaba a los grupos de visitantes extranjeros a tener un guía local.

Que las maletas se hubieran extraviado gracias a el heka desperdigado había sido una bendición, pues las túnicas que alquilaban en la entrada para poder acceder, en el caso de Mariana, estaban llenas de pelotillas. Soledad y Jose negociaban con la enfurecida mujer para que se la pusiera. Pía, la catalana, salvó el momento prestándole a la madrileña una pañoleta que tenía de sobra.

El resto de los madrileños entablaban amistad con Kris, que, cubierta con un inmenso fular violeta, parecía aún más sensual.

Irene hizo buenas migas con la joven y así permanecía cercana al simpático canario que le sonreía constantemente.

Una vez dentro de la mezquita, hasta yo mismo quedé impresionado de su interior, repleto de alfombras persas y con un techo coronado por una lámpara central maravillosa.

Ya me sentía algo más renovado, así que me detuve a inspeccionar mejor a la pareja de recién casados, también venidos de Canarias, concretamente de Tenerife.

En Barajas, algo alrededor de ellos, como si fuese una especie de protección, me había llamado notablemente la atención, pero después del accidente mis capacidades para ocuparme de María y Darío se habían desvanecido. Exudaban felicidad y…

¡Oh, por Tefni, diosa de la lluvia! Ella estaba embarazada. Explicando todas las dificultades que ello entrañaría en la misión, estaría infringiendo media docena de leyes y consumiría mucho tiempo de este escrito acerca de lo que tal hecho suponía, un matrimonio bendecido por la gracia, unido a la felicidad entre hombre y mujer.

Con mis capacidades restablecidas, decidí que tenía que tomar cartas en el asunto.

Después de una amplia exposición por parte de Ahmed de los detalles arquitectónicos de la mezquita y otra más breve sobre su religión, todos empezaron con sus fotos. Aquí fue donde aprendí que no me gustaba el flash .

Deslumbrado y todo, conseguí mi objetivo. Al salir de la mezquita, María y Darío discutían.

—¿Qué os ocurre, chicos? —les preguntó Jose.

—Mi mujer, que no encuentra la cámara digital. ¡Es casi nueva!

Sí sé dónde la puse. Normalmente, en el cinturón, hasta que tú la usaste —recriminó la joven.

—¡Mari, yo la metí ahí! —Señaló su espalda, e introdujo la mano por debajo de la solapa de la mochila—. ¡Siempre vas despistada, mírala aquí!

—¡Menos mal que la encontraron!

—Sí, tenemos aquí todas nuestras fotos de la Riviera Maya —explicó María llorosa.

—Es que empatamos un viaje con otro —añadió Darío malhumorado.

—¡Qué bueno! ¿Están de viaje de novios?

—No, más bien es un premio para desintoxicarnos de un periodo bastante duro. —Darío pasó el brazo por los hombros a su mujer cariñosamente en un gesto algo forzado al darse cuenta de sus palabras anteriores.

En ese momento no me explicaba mi fracaso. Fue muy fácil influenciar a alguien para hacer que robaran la cámara, pero no resultó. El sujeto en cuestión al que hechicé había pasado de largo y de mi hechizo. Algo de tensión había creado.

Mientras transcurría la trifulca, los demás viajeros compraban compulsivamente esos papiros falsos hechos con hojas de platanera que vendían fuera de la ciudadela a pesar de las advertencias que Miguel había dado al respecto.

La siguiente parada fue la visita al barrio copto, un lugar habitado por cristianos egipcios, principalmente ortodoxos.

—Según el Evangelio, en esta zona de El Cairo fue donde vivió la sagrada familia en su exilio a Egipto —explicaba Soledad a un corrillo de compañeros.

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