José Martel Rodríguez - La chica de la cadera
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Pero vamos al problema en cuestión. No he nombrado a Seth en vano, siendo dios de la sequía y el desierto y viendo mi magia reducida a la capacidad que puede albergar un infortunado insecto, mencionarlo está más que justificado, pues con el mínimo de magia que poseía, estaba un poco contrariado.
Estudiaba los datos referentes al viaje que tan gratamente mis benefactores habían tenido a bien aportarme. Los asimilé cuidadosamente y volé como Shu, el dios del viento, el aire y las tormentas, hacia el aeropuerto de Barajas, en Madrid.
Corría el mes de agosto del año 2005, en pleno siglo XXI; contar los años que me corresponderían se me hacía devastador.
Fue ardua la labor de buscar en tan amplio lugar a treinta y un viajeros que volarían a Egipto por doce días con la compañía Egyptair, de la mano de una agencia madrileña llamada Viajes Aldur. Pero lo más preocupante era su cabecilla, un egiptólogo llamado Miguel Domínguez, que ofrecía una experiencia esotérica en Egipto y se calificaba a sí mismo como divulgador de misterios. A sus espaldas cargaba con más de noventa viajes realizados a la tierra de los faraones por pura pasión. Lo menos que se imaginaba tal erudito era que entre sus filas de curiosos había varios con la capacidad suficiente de alterar el descanso de los dioses.
Agazapado tras una columna, próximo al mostrador de facturación, llevaba horas observando un ir y venir de personas que se dirigían a diferentes destinos; ello era más entretenido que mirar hacia la nada. Pero yo tenía ubicado el lugar. En verdad, había asimilado muy bien toda la información que me habían aportado.
El grupo en cuestión estaba formado por personas de diferentes lugares de España: cinco madrileños, dos extremeños, cinco catalanes, siete valencianos, seis sevillanos y otros cinco de las islas afortunadas.
A los primeros que vi fue a los extremeños, Julián y Paco, dos amigos de avanzada edad, simples y puntuales (no me supondrían ningún problema). Lo más que podrían descubrir del antiguo Egipto era comparable a que hoy día la televisión egipcia era la fuente de ingresos más importante del país y no el turismo, como muchos creían, por sus transmisiones a todo el mundo árabe. ¡Simplezas!
Lo mismo pensé al ver a las parejas de sevillanos, tres matrimonios amigos de toda la vida a los que solo les faltaba una guitarra —pronto los tendría ocupados cantando por bulerías—.
En el otro extremo descubrí a los catalanes.
«¡Anubis me socorra! —pensé— ¿Qué lleva esa mujer en la mochila?».
La energía que desprendía la bolsa de viaje de una catalana de mediana edad, pelo corto y oscuro, representaba un problema. Repasé mi lista. Su nombre era Pía.
Por la parte derecha mis antenas detectaron algo inusual, así que puse toda mi atención en aquello que alertaba mis sentidos.
Encabezando el grupo de los canarios, cual brisa fresca, se abría paso la mismísima reencarnación de mi señora Hathor, la de muchos nombres, pero no era ella. Su rizado y castaño pelo oscuro caía como una cascada en ondas fluctuantes sobre la redondeada y dulce cara. Unos almendrados y juguetones ojos destacaban junto a su carnosa sonrisa: me dejaron sin respiración. Vestía una traslúcida blusa de gasa repleta de motivos florales, una minifalda vaquera y unas sandalias que me dejaban ver los tiernos pies que avanzaban graciosamente por el aeropuerto de forma ausente y provocadora. Presentía un problema.
Intenté centrarme en otra cosa para olvidar mis divagaciones más libidinosas, pero no pude. Su nombre era Kris e irradiaba heka sexual.
Detrás de ella iba su abuela, Soledad, una señora de mediana edad, otro problema. Sobre su chacra craneal vi un canal casi a punto de abrirse.
En los últimos tiempos, los conocimientos sobre la energía que lo formaba todo y las diferentes maneras por las que se podía acceder a tal energía habían sido arduamente estudiados por la humanidad. A los canales de acceso ubicados en el cuerpo se los llamaba chacras. Según la información de la que me habían hecho partícipe referente a dichas investigaciones, tener ciertos puntos de energía o chacras abiertos hacía que conectaras con más facilidad con el mundo espiritual, por lo que sería difícil ocultar los secretos ancestrales a tal capacidad.
Con ella venía un joven de unos treinta años, Jose, otro problema. En su aura, el símbolo de Dyehuty, el dios de la sabiduría. En mi época, este dios era representado con la cabeza de un ibis e indiscutiblemente esa era la imagen que se me revelaba al mirarlo con mi mirada mágica.
Para acabar de preocuparme más aún, la fila estaba cerrada por un matrimonio joven con una enorme protección que no conseguí identificar. ¡Pero cómo demontres se habían reunido todos para el mismo viaje!
Rápidamente, canalicé mi vigilancia hacia los valencianos que llegaban en manada. Una del grupo, blanca como la leche de camella y con el pelo platino, hizo desviar mi atención. ¡Otro problema! Iluminada era su nombre y venía en compañía de su hermano, su cuñada y su sobrina. No sé qué me inquietaba de ella con exactitud.
Los madrileños, los últimos en arribar, se abrían paso a trompicones. Una joven pareja, Edu y Almudena, era seguida por dos amigas con unas enormes maletas. Detrás iba una señora delgada de pelo ultracobrizo que apenas podía avanzar por sus tres enormes bultos, que bien habían podido transportar un par de camellos; estos iban malamente dispuestos en un carro. Mariana, que así se llamaba la mujer de pelo calabaza, se impulsó hacia Soledad, la abuela canaria (por lo visto eran amigas). Se fundieron en un apretado y sentido abrazo.
Nada, empezaba la función.
Planeando y en menos que canta un gallo, volé para derramar mi heka , lo tenía todo controlado. Primero cerraría canales esotéricos, haría bloqueos mentales y después instalaría el miedo en sus cabezas. ¡Magistral!
Desafortunadamente, cuando volaba entre ellos, dispuesto a expandir mi intrincado hechizo, una de las dos amigas madrileñas, Irene, trastabilló desplazándose de lado y golpeando a Jose, el muchacho canario, con su prominente cadera, sacándolo de la fila. Lo más tedioso de todo esto fue que me pilló en medio. Fue tal el golpetazo que me dio que mi heka saltó descontrolado en disparejas chispas invisibles sobre varios de ellos. Yo caí al suelo, aturdido, y desde allí presencié todo, indefenso e irritado.
—¡Ay, perdona! Qué torpe soy. —Sus ojos color miel se posaron en los verdes del muchacho.
¡Tremendo caderazo! —Rio dolorido—. Si querías sacarme de la fila, me lo podrías haber pedido.
—La culpa es de mis caderas, que sirven para demoler tres quioscos —se excusó, azorada.
—No, muchacha, tampoco te pases. ¡Solo espero que no te tropieces con una pirámide! Veo que también vas a Egipto. —El gesto de Irene, que reía a boca llena, cambió a la vez que enderezaba su maleta. En la mano llevaba un folleto que la agencia les había mandado por correo.
—Qué gracioso. Sí, creo que vamos en el mismo vuelo —sonrió entre dientes observando a su amiga, que contenía una explosión de risa. Un calor le había subido por el cuerpo y enrojeció sus mejillas.
—Me parece que le gustas —soltó al oído la compañera.
—¡Calla, Cande, que nos va a oír!
—Es guapo, ¿verdad?
—Sí, es guapo, pero acabo de estamparme contra él, ¡así que calla, por Dios! —susurró nerviosa mientras iba a por la maleta.
Desde el suelo observaba todo, aún atolondrado. Mi heka se había repartido a suertes por todos lados y me sentía casi vacío. Como pude, incorporé mi cuerpecillo y vi las señales: gran parte de mi magia estaba sobre los costados de Jose e Irene. Otras dos vetas relucientes estaban repartidas y habían ido a parar a diferentes maletas: a las de la madrileña de pelo cobrizo y al equipaje de la familia valenciana. Agité mis perjudicadas alas para recogerlo cuando otro tremendo golpe me hizo rebotar de un costado a otro entre ambos jóvenes.
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