José Martel Rodríguez - La chica de la cadera

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Sinopsis Aquí estoy, en pleno siglo XXI, observando cómo la mirada de ese jovenzuelo se derrite por esa chica de caderas prominentes. Ahora corren otros tiempos, y todo aquello que fue ocultado, los misterios del antiguo Egipto, corre el peligro de ser descubierto por ellos, ¡una panda de turistas! Antes de fracasar, soy capaz de cualquier cosa: hasta de contarlo todo.

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—¡Otra vez! ¿La tienes cogida conmigo? —Irene se mareó y Jose la agarró por la cintura ante la mirada simpática de Cande y la pareja de madrileños que carcajeaban.

—Lo si… siento —tartamudeó incómoda.

—Como esto se convierta en una costumbre, voy a tener que pedirte el seguro —manifestó el joven desde su posición superior. Irene rio nerviosa e hipnotizada por su voz.

Aplastado en el suelo, me agarré como pude a la rueda de uno de sus equipajes hasta que perdí la noción de todo.

картинка 4

El corazón me dio un vuelco cuando fui consciente de la oscuridad reinante. Respiré profundamente para aclarar mis ideas; estaba firmemente sujeto a la rueda de una maleta con una fuerza fuera de lo normal, cosa inaudita, pues no sabía cuánto tiempo llevaba desmayado ni tenía idea de lo que ocurría a mi alrededor.

Estaba en la bodega del avión. Como pude, escalé por ella y expandí lo poco que me quedaba de mis mermadas capacidades para enterarme de lo que acontecía más arriba, en la cabina de pasajeros. Todo marchaba con normalidad. Tras el accidente pasado, nada de lo propuesto se había conseguido.

Centré mis sentidos en buscar rastros de mi infortunado accidente.

Iluminada viajaba con los ojos cerrados, extasiada, en un estado de meditación profunda; una parte muy pequeña del estallido había afectado a sus percepciones. Los otros dos rastros de mi desastre los hallé en el canario y la madrileña: la energía incrustada en sus cuerpos refulgía en mis ojos como si fuera un neón. La joven, atontada, contemplaba con mirada embelesada y a la vez infantil a su agredido canario. Este, pícaro a la vez que incómodo, le sonreía.

—Me parece que se está dando cuenta de que no le quitas ojo y, conociéndote como te conozco, después te arrepentirás —señaló su compañera sin quitar el ojo de una revista.

—Uf, tienes razón, Cande, no sé en qué pensaba. Parezco una cría.

Al lado del apuesto canario, Mariana no paraba de enumerar a su reencontrada amiga Soledad cada uno de los modelos seleccionados para los diferentes días y excursiones. Soledad sonreía cortésmente y daba gracias a Dios por haber llevado a su nieta, con quien compartiría habitación.

Jose era el compañero de la cobriza y habladora mujer. Estaba haciéndose el interesante al examinar un mapa de Egipto que tenía desplegado, como si hiciera un estudio exhaustivo del país para ocultar que se percataba de las miradas furtivas de Irene desde el otro lado.

Por más que calculaba la energía que por accidente había derramado en el aeropuerto, no me salían las cuentas. Pero era más preocupante que en pocas horas llegaríamos a destino.

Aterrizamos en el aeropuerto de El Cairo. Desde que pude, me escabullí de la bodega para ir al encuentro de mis viajeros; si los vigilaba de cerca, quizás no tendría que hacer uso de mis lesionadas capacidades.

El calor era sofocante; el aeropuerto, caótico y abarrotado de gente, y eso que aún estábamos en la terminal de carga. El canario y la madrileña acabaron uno junto al otro: la electricidad de mi rastro mágico era como un imán en sus cuerpos.

—¿Y qué, cómo ha ido ese viaje? Espero que no estés tan molida como yo, entre el golpe de hace unas horas y tantas horas sentado. —La muchacha lo miró de forma extraña.

—Bueno, yo es que trabajo sentada y estoy acostumbrada a tener el… —Al momento, estaba arrepentida de la respuesta ante la amplia sonrisa del canario.

Fijé mi atención en Iluminada, que firme y frente a la cinta esperaba las maletas con los ojos cerrados; una de dos, o seguía meditando o tenía narcolepsia. La cuestión es que quien pasaba a su lado se la quedaba mirando como si fuese un espectáculo callejero y de repente fuese a empezar a hacer algo importante o novedoso.

—¿Aún no salen? —le preguntó Irene al muchacho—. Tranquilo, no te voy a embestir.

El canario rio, divertido.

—¡Espero!

—Menos mal que le puse a mi maleta una cinta rosa, ya he visto tres iguales —explicó nerviosa.

—Yo a la mía le puse pegatinas de superhéroes, será difícil no encontrarla. —Guiñó un ojo.

—¡Tu héroe! —molestó Cande desde atrás—. Mi nombre es Cande y ella es Irene; somos de Madrid.

—Yo soy Jose y vengo de Gran Canaria, encantado.

Se aproximó a darles un beso. A su vez, Almu y Edu, los otros madrileños, se presentaron.

Jose hizo lo mismo con sus acompañantes y les explicó que era como un hijo putativo de Soledad, la cual visitaba Egipto por tercera vez.

—Me parece que ahí viene su maleta. —Señaló Cande a los demás.

Al girarse, el grupo pudo ver varias pegatinas en la cinta transportadora: el Capitán América, Spiderman, Tormenta y Lobezno estaban desperdigados por todas partes. Tras ellas, apareció la maleta del canario alejada por unos metros, con una única pegatina de Phoenix. Irene y los demás, que contemplaban lo sucedido, no pudieron evitar un momento de risas.

—Chacho, Jose, a tu maleta le cuelga una rueda —se percató la sensual Kris, nieta de Soledad.

Desde mi seguro escondite reconocí la maleta del joven y la rueda en cuestión, en la que me había agarrado durante la travesía.

Poco a poco, todos fueron recuperando su equipaje; bueno, no todos. La cinta transportadora se vació y la familia de valencianos echó en falta dos de sus maletas, al igual que Mariana.

Miguel Domínguez intentó tranquilizar a los damnificados al indicarles que se haría la reclamación pertinente y llegarían en el transcurso de los días.

—Paz y armonía, que este altercado no perturbe nuestras almas —recitó Iluminada.

—Tía, ¿cómo que paz? ¡No tengo ni bragas! —se quejó Blanca preocupada.

—Hija —tranquilizó su madre—, mi maleta llegó, yo te presto algo.

—¡Sobri, nos compramos dos túnicas, como si fuéramos sacerdotisas!

Por otro lado, Mariana estaba con los ojos revirados e hiperventilando, pues solo tenía una mochila con sus zapatos. Varias de las sevillanas se ofrecieron a prestarle ropa para consolarla.

—¡Pero no veis que llevo una talla treinta y seis!

¡Perfecto! Ambiente tenso. No todo había transcurrido tan mal. Recapacité mirando atrás en el tiempo hasta el momento de mi aciago aplastamiento. Casi seguro que mi heka había caído sobre sus equipajes, lo que creó el disturbio. Todo iba la mar de bien. Cuantos más conflictos, menos atención prestarían a lo que pudieran encontrar. Me restaba recuperar mis energías.

Con ciertos ánimos turbios, los viajeros se montaron en el autobús para el traslado al hotel. Eran las seis de la tarde. ¿Qué habían hecho de mi bella ciudad de Tebas?

Como bien explicó Miguel durante el trayecto, las construcciones en El Cairo eran pésimas, con cimientos casi inexistentes y muchos edificios inacabados. Lo primero, como bien sabía, era porque El Cairo había sido erigido sobre los restos de las antiguas ruinas. Sus habitantes temían horadar el terreno, no fuese que encontraran restos arquitectónicos y por ello el gobierno les quitara su propiedad. Lo segundo, si una vivienda no había sido acabada, no estaban obligados a pagar impuestos por ella. ¡Tremendos!

Al entrar en la ciudad y ver al fondo las tres descomunales pirámides, Kefrén, Keops y Micerinos, los viajeros relajaron sus ánimos. Desde el hotel Pyramids Resort podrían contemplarlas casi en primera línea.

Después de pasar por el detector de metales de la entrada del hotel, se alojaron y tomaron una cena a la carta de lo más correcta, estilo occidental. A la mañana siguiente les esperaba un duro día, así que debían descansar. De camino a su habitación, Irene se quedó sola en la piscina, pues Cande había olvidado su teléfono móvil en el comedor.

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