José Martel Rodríguez - La chica de la cadera

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Sinopsis Aquí estoy, en pleno siglo XXI, observando cómo la mirada de ese jovenzuelo se derrite por esa chica de caderas prominentes. Ahora corren otros tiempos, y todo aquello que fue ocultado, los misterios del antiguo Egipto, corre el peligro de ser descubierto por ellos, ¡una panda de turistas! Antes de fracasar, soy capaz de cualquier cosa: hasta de contarlo todo.

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—Oro, madera, plata y vidrio. ¿A que es impresionante? —habló el joven por encima del hombro de la madrileña, propiciando un pequeño sobresalto de la ensimismada joven.

—Me asustaste. Después, si te golpeo inventarás alguna historia recurrente para un libro —largó Irene despegándose de él. Sus caderas, por un momento, casi estuvieron pegadas—. Cualquiera diría que te gusta el peligro.

—A lo mejor lo que me gusta es otra cosa. —A Irene se le aflojaron las rodillas y desvió la mirada, nerviosa, procurando mantener la serenidad.

—¿Has visto qué respaldo tan bonito tiene? Creo que esta de aquí es Nefertiti —intentó cambiar de tema.

—Eso lo acabas de leer en ese letrero, pero creo que compartimos gustos, ven. —Le tendió la mano y la joven, con una sonrisa a medias, se la ofreció algo reticente. Al momento, notaron que no había nadie más en esa zona del museo y eso no me gustaba nada.

—¿A dónde me llevas?

—Siempre, entre todas las cosas bellas de esta cultura, me fascinó especialmente Tutankamón. —La había llevado hasta la máscara funeraria del faraón. Irene se sentía inquieta y como flotando a la vez—. Y aquí hay muchas bellezas. —La miró fijamente sin soltarle la mano.

Ya se estaba pasando de rosca, como dirían en el siglo actual, y encima en un lugar público. Si no llego a intervenir, se le tira encima. ¡Por todos los dioses! ¡Era increíble cómo habían cambiado las cosas!

—¡¡Te encontré!! Casi llamo a Paco Lobatón porque pensé que había perdido a mi compañero de viaje, aparte de mi equipaje. —Mariana tiró de él, incitada por mi menguada magia—. No vuelvas a dejarme sola, querido. —Mariana lo enganchó por un brazo.

—¿Paco Lobatón? —Se extrañó. En cierto modo Irene se sintió liberada. Sentimientos enfrentados se removían dentro de su cabeza.

—Sí, es un famoso locutor que se dedicaba a buscar gente desaparecida por la tele. —Mariana tiraba del muchacho como si fuese de su propiedad y lo alejaba de Irene. ¡Bien por mí!

Cuando llegaron por la noche al hotel, y tras refrescarse, cenaron. Todo el grupo, sin excepción, se sentía abrumado ante las maravillas del museo. El día había sido intenso y los integrantes del viaje ya se conocían más íntimamente.

Sin planteárselo, después de la cena, Almu, Edu, Cande, Irene Jose y Kris se juntaron en la piscina en una especie de tumbona gigante, estilo chill out, para conversar sobre lo visto durante la jornada.

—Emocionante lo de esa virgen que se apareció ante tanta gente en el barrio copto —comentó Irene estirándose tímidamente.

—Así tengo yo el cuello de mirar tanto hacia arriba a ver si percibía algo en el techo. Me haría falta un masaje en las cervicales —sugirió pícaro el canario. Irene se puso tensa.

—Me parece que la Iglesia católica no la tiene reconocida —aclaró Edu.

—¡Pues vaya estupidez! ¡Si la vieron cientos de personas! —se manifestó Almudena con su cerrado acento castizo.

—Es normal. No olvidéis lo que dijo Miguel, ¿cómo va la Iglesia católica a reconocer la aparición de una virgen en territorio musulmán? No interesa —aseguró Cande mientras se apoyaba en los codos con resignación.

—Uf, qué talante que trae esa. —Señaló el muchacho de nuevo con picardía a Blanca, que venía con cara de pocos amigos.

—Hola, chicos —saludó tirándose en una esquina—. ¡Como alguien diga algo lo fusilo! —La valenciana vestía una chilaba de color fucsia que la hacía parecer más gorda.

—No hemos abierto la boca —se justificó Cande—. Además, estás… ¿autóctona? —Los demás no pudieron evitar sonreírse y el joven isleño casi el que más.

—Sí, tú ríete. No veas cómo se ha puesto tu compi de habitación.

—¿Mariana? —Una sombra de inquietud surcó la cara del canario.

—Sí, parecía poseída. No se ha comprado nada. En cambio, mi tía se agenció un par de chilabas y estaba encantada.

—Escuché a Miguel hablando con Madrid. Creo que ya vienen las maletas de camino. —Irene intentó tranquilizarla.

—Espero, porque con esto parezco la ballena de Moby Dick . —Se levantó Blanca—. Mejor me voy, que estoy cansada.

—Nosotros también nos vamos. —Los siguieron Almu y Edu.

—Y yo. —Bostezó Kris—. Mi abuela se preguntará dónde estoy después de lo de esta mañana.

Irene miró por encima del hombro a Cande con cierto pánico en el rostro al ver que esta también se levantaba y sacaba su móvil del bolsillo.

—Yo voy a llamar a mi madre. —Se retiró unos metros poniéndose con el teléfono móvil a cierta distancia.

—La verdad es que ha sido un día extraño. —Jose ocupó más espacio en la enorme cama mirando al cielo—. Sé que, como dijiste esta tarde, no nos conocemos de nada, pero ello no significa que no podamos hacerlo.

—Sí, quería darte de nuevo las gracias por lo del barrio copto. Pero eso lleva tiempo, conocernos, digo. Y si pretendes algo más por haberme ayudado, lo siento por ti. —Irene se había sentado en una esquina rompiendo toda la magia.

—No te rayes, lo comprendo. Pero bueno, no te preocupes por lo de ir a buscarlas en el barrio copto, no había nada oculto en ello. No fue nada, la verdad. ¿Vas a seguir repitiéndolo? —Un atisbo de tristeza se reflejaba en sus palabras.

—¡Cómo que nada! Menos mal que estaba con Kris —añadió la joven para quitar hierro al momento de su comentario anterior—, porque había un par de moros que me miraban de forma rara y, cuando vi que no estabais los demás, casi me da un parraque. .

—¿Sabes que fue como si de antemano supiera dónde buscarlas? —Irene, por un momento, bajó la guardia y se perdió en la inmensidad de sus ojos verdes, sin poder evitarlo, a pesar de estar bastante retirada de él—. Fue una sensación de lo más extraña, caminaba por las calles seguro de que cada vez te tendría más cerca, me latía el corazón desbocado, no sé si de inquietud o de saber que a cada paso quedaba un metro menos…

—…entre los dos —terminó la frase la madrileña con la voz ahogada. Sin darse cuenta, estaba más próxima al joven que en un principio, como arrastrada por una extraña fuerza.

—Ire, mi madre, que te diera recuerdos y que no olvidemos hidratarnos. —Cande había vuelto—. ¿Interrumpo?

—No, no. —La joven parecía estar en otro mundo y se separó con brusquedad—. ¿Alguna novedad?

—Bien, chicas —dudó el joven viendo cómo la madrileña se ponía en pie con rapidez—. Yo me retiro también. —Se incorporó.

—Buenas noches, Jose —se despidió Irene, cohibida.

—Buenas noches, chicas. —El muchacho se alejó dejando atrás a las madrileñas.

—¡Tía, lo siento, lo siento! —se excusó Cande—. Tenía que haberme quedado hablando más con mi madre. ¿Estás bien? —Su amiga estaba ausente.

—Sí y no.

—¡Explícate, me estás preocupando! Y levanta de ahí, que mirando al cielo con esa cara de loca me está dando cosa.

—No sé qué me pasa. Una parte de él me recuerda a Luis y me retrae, pero enseguida me olvido y es como si una fuerza extraña me atrajera hacia él —habló acelerada—. Mejor vámonos, no te preocupes, me siento bien, o medio bien, creo.

Día 2

El segundo día en Egipto era muy esperado por todos. Visitarían la meseta de Guiza, con las famosas pirámides y la esfinge. Miguel les contó una teoría que decía que debajo del monumento con cuerpo de león se escondía una biblioteca y una red de túneles oculta.

El día era más caluroso que el anterior. Pía, la catalana de la mochila, tenía un espray de un agua termal y refrescante. Gracias a ella a más de uno se le alivió el sofoco.

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