No aparece ninguna reflexión sobre la nostalgia, ni en el relato sobre el yo ni en la historia de su amigo; solamente una exposición de hechos fuera de lo normal, suficientemente elocuentes por sí mismos. Aunque se deje explícito el origen de tales excentricidades –“she was gone”–, la extrañeza y el desconcierto con que se las observa se justifican en el poema por ser una impresión compartida: “I found embarrassing. So did his other / friends”. Y ciertamente es una historia de nostalgia –hay una ausencia determinante–, pero también típicamente siniestra, porque contiene precisamente el elemento por el que se define lo siniestro: unir lo más familiar, conocido y cotidiano –poner un plato en la mesa, abrir las ventanas para que entre el aire– con lo imposible, lo prohibido o lo incoherente –tratar a la mujer como si estuviera presente y viva–; el poema también elude cualquier reflexión acerca de esa ausencia, solamente la menciona a título informativo. Las dos frases con las que termina, “I couldn’t see it” y “Not until this morning”, son importantes porque revelan que se ha producido un reconocimiento; el yo ha visto en el recuerdo del otro –su amigo, con sus insólitas acciones– lo que él mismo vio a lo lejos por la mañana desde la seguridad de su cama: una barca pequeña tambaleándose en un mar agitado: “[…] from my bed / looked far across the Strait to see / a small boat moving through the choppy water, / a single running light on”. El amigo nostálgico, por tanto, emerge del destierro del sinsentido al que lo había condenado el poeta, que ha recuperado la empatía con él merced a un acto de reconocimiento.
La concentración –en el amplio sentido de la palabra– a la que de antemano obliga la poesía haría fascinante la investigación acerca de las distintas implicaciones de la reflexión y de los sentimientos en la expresión poética, y probablemente sería un ejercicio novedoso –personalmente no he encontrado estudios que afronten esa cuestión–, pero no es en rigor el tema central que nos ocupa aquí, salvo en lo que respecta a la poesía de nostalgia. En cualquier caso, simplemente esta breve comparación entre lo reflexivo y lo sentido –los poemas de Frost y Carman– y la anterior, en los de Millay, entre amor y nostalgia, va revelando por una parte la versatilidad de la nostalgia y por otra, que resulta desafortunada la pintura de brocha gruesa que considera los sentimientos como un conjunto homogéneo o como una miscelánea ajena al pensamiento racional y sin implicaciones en el plano intelectual, o bien –como tradicionalmente con tanta frecuencia se ha hecho– como meros indicadores útiles para conocer el estado emocional de quien escribe o cualquier otro asunto biográfico.
La versatilidad poética de la nostalgia
Aparte de observar el comportamiento distintivo de la poesía de nostalgia en relación a sus referentes, analizar el vínculo entre poesía y nostalgia obliga también a considerar como una cuestión de peso la enorme presencia de la segunda en la primera y a la vez su significativa capacidad de transferirse o de intervenir muy diversos temas. Si bien el pasado, la búsqueda de los orígenes, la ausencia o la espera –como se tratará específicamente más adelante– son su territorio por excelencia y donde aparece en plenitud –el poema de Robert Frost es un ejemplo–, la nostalgia también se manifiesta atravesando o modulando poemas que no podrían considerarse esencialmente nostálgicos, ni en cuanto a los temas que tratan ni en cuanto a los sentimientos de los que brotan. Y esa es una razón poderosa que impulsa el análisis de su vínculo con la poesía: descubrir a la nostalgia en acción ejerciendo un papel significativo en poemas que se desarrollan y gravitan en torno a otros temas y sentimientos, y que ni a priori ni en esencia pueden considerarse poemas de nostalgia.
Es indudable que no todos los poemas de amor o de dolor o tocantes a otros afectos o sentimientos son poemas de nostalgia, y también está claro que hay muchos que ni siquiera la rozan, pero sí se puede afirmar que la nostalgia aparece a menudo como un trasunto latente, o al menos como una perspectiva añadida o implicada en distintos grados en la poesía que no está dedicada a desarrollar sentimientos esencialmente nostálgicos. En ellos se puede comprobar que el amor, la admiración, la tristeza, el rencor, la soledad…, han sido tocados por la nostalgia, de manera que esta se ve sumada a la expresión del asunto principal, interviniendo directamente en la reflexión y el hilo argumental que siguen las estrofas respecto al tema central. En los poemas que siguen se puede ver cómo el amor cede al amor nostálgico, o cómo la soledad y la desesperación van abriendo paso a una soledad que se metamorfosea en nostálgica o el odio en una flecha envenenada de la nostalgia más perniciosa. Pensado en términos de expresión poética, los sentimientos cobran en estos casos nuevos y significativos matices; pensado desde la nostalgia, este sentimiento se revela dotado de un gran dinamismo y sobre todo de una enorme versatilidad dentro del género poético.
Clarifiquemos estas afirmaciones con algunos ejemplos. El que sigue es un poema de odio: “Ollie McGee”, de Edgar Lee Masters, que se publicó en su célebre Spoon River Anthology (1974). Destaca por expresar un sentimiento de rencor profundo que se va desarrollando hasta terminar en lo que podemos identificar como una venganza definitiva, pero al mismo tiempo es un poema donde se aprecia que la nostalgia queda imbricada muy explícitamente en el desarrollo del rencor.
Have you seen walking through the village
A man with downcast eyes and haggard face?
That is my husband who, by secret cruelty
Never to be told, robbed me of my youth and my beauty;
Till at last, wrinkled and with yellow teeth,
And with broken pride and shameful humility,
I sank into the grave.
But what think you gnaws at my husband’s heart?
The face of what I was, the face of what he made me!
These are driving him to the place where I lie.
In death, therefore, I am avenged.
Es un epitafio, la voz poética habla desde la tumba. El tema principal no es la nostalgia, sino el rencor, que aparece desde los primeros versos identificando de modo inequívoco al causante del daño –“my husband”–, pasando luego a evidenciar su crueldad –“by secret cruelty / Never to be told”– y a desvelar los efectos mortales de ese agravio –“I sank into the grave”–, hasta terminar, en la última estrofa, formulando una venganza: “The face of what I was, the face of what he made me! / These are driving him to the place where I lie”. Sin embargo, la expresión y el fortalecimiento del rencor no están exentos de un elevado sentimiento de nostalgia; primero, porque justamente lo que le ha sido arrebatado es una pérdida definitiva, y en este caso, también mortal: los referentes de la nostalgia son primero la juventud y la belleza –“my youth and my beauty”– y al final, también la vida: “ I sank into the grave”, “In death, therefore, I am avenged”.; segundo, porque en ningún momento la voz poética consigue enfocar ni interpretar su último rostro sin el recuerdo del primero, y porque además, la nostalgia es predilección por cultivar una imagen prístina y antigua que no solamente se interpreta como verdadera y auténtica, sino que proyecta la sombra de la decrepitud sobre cualquier otra con la que se la compare.
Otro ejemplo, de tema y naturaleza distinta al anterior, podemos encontrarlo en “Mail Call” (1945), uno de los poemas que Randall Jarrell dedicó a la experiencia de combate durante la Segunda Guerra Mundial. Al igual que en “The Death of the Ball Turret Gunner”, “A Lullaby”, “Gunner”, “The Refugees” y algunos otros poemas suyos, el tema en “Mail Call” es la guerra, la soledad del soldado y la muerte. Sin embargo, la nostalgia va quedando progresivamente unida al tema de la guerra hasta significarse ambas como prácticamente indisolubles: la guerra se construye desde el prisma de la nostalgia y la nostalgia que se articula arranca de la guerra.
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