Carlos J. Moya Espí - Filosofía de la mente (2a ed.)

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Filosofía de la mente (2a ed.): краткое содержание, описание и аннотация

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La filosofía de la mente, la reflexión sobre la naturaleza de lo mental y sus relaciones con el mundo físico y el comportamiento, han experimentado un fuerte desarrollo desde mediados del siglo pasado. Esta obra pretende introducir al lector en las cuestiones centrales de la filosofía de la mente, ofreciéndole una guía clara y accesible de este intrincado territorio. El libro está dividido en tres partes. La primera y más extensa aborda el llamado «problema mente/cuerpo» y presenta y discute distintas propuestas para resolverlo. La segunda trata la cuestión del objeto o el contenido intencional de determinados estados mentales, como las creencias o los deseos. La tercera se ocupa de las relaciones entre la mente y el comportamiento, avanzando así hacia la filosofía de la acción. Esta obra será de utilidad tanto para estudiantes universitarios de primeros cursos como para el lector culto interesado en la reflexión filosófica de la mente.

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Considero que el argumento es correcto hasta la penúltima conclusión, a saber, que «yo» y «mi cuerpo» tienen distintos significados. Pero de esta conclusión intermedia no se sigue la conclusión final. Esta última sólo se seguiría si el significado de una expresión se redujese a su denotación o referencia. Pero ya mostró Frege que, bajo este supuesto, sería inexplicable que «el lucero del alba es el lucero de la tarde» constituya un importante descubrimiento astronómico mientras que «el lucero del alba es el lucero del alba» es una trivialidad. [13]Así, aunque «el lucero del alba» y «el lucero de la tarde» tienen el mismo referente, no significan lo mismo. El significado, pues, no se reduce a la denotación. Esta diferencia de significado entre ambas expresiones la atribuye Frege a lo que llama su sentido (Sinn), el modo en que presentan su (común) referente. Este sentido o modo de presentación es distinto, de ahí que sea un descubrimiento que estos distintos modos de presentación presentan en realidad al mismo objeto o referente. Como el ejemplo de Frege pone de manifiesto, no siempre sabemos si dos expresiones denotan el mismo objeto. De hecho, durante mucho tiempo se pensó, erróneamente, que «el lucero del alba» y «el lucero de la tarde» denotaban objetos distintos. Del mismo modo, sería posible que «yo» y «mi cuerpo» denotasen la misma entidad, aunque, como en el caso de «el lucero del alba» y «el lucero de la tarde», se refiriesen a ella bajo aspectos distintos. Así, «yo» podría denotar el mismo objeto que «mi cuerpo», a saber, un determinado organismo físico, aunque la expresión «yo» subrayaría más la capacidad de ese organismo para llevar a cabo ciertos tipos de actividades (razonar, resolver problemas, hablar con sentido, etc.), mientras que «mi cuerpo» subrayaría los aspectos más obviamente físicos de dicho organismo.

Otra manera de interpretar el argumento que estamos analizando sería considerarlo en relación con el principio leibniziano de identidad de los indiscernibles. Según este principio, a y b comparten todas sus propiedades (intrínsecas) si, y sólo si, son la misma entidad. Este principio consta, pues, de dos implicaciones. De acuerdo con la primera, si a y b comparten todas sus propiedades, son la misma entidad. [14]Esta implicación, sin embargo, que podemos denominar propiamente la identidad de los indiscernibles, es dudosa. No parece contradictorio suponer que haya dos entidades cualitativamente indistinguibles pero numéricamente distintas. La segunda implicación, sin embargo, parece obviamente verdadera. Podemos denominar esta segunda implicación el principio de indiscernibilidad de los idénticos. Lo que este principio afirmaría es que, si a y b son la misma entidad, entonces comparten todas sus propiedades. [15]Esto parece correcto, pues si a y b son una y la misma cosa ¿cómo podría suceder que a tuviera alguna propiedad que b no tiene o a la inversa? Pero el principio de indiscernibilidad de los idénticos implica, por modus tollens, que, si a y b difieren en alguna de sus propiedades, han de ser entidades distintas. Así, si a tiene la propiedad P y b no tiene esta propiedad, a y b son entidades distintas. Atendamos de nuevo ahora, sobre la base de estas consideraciones, al argumento que estamos analizando.

La primera premisa dice que yo puedo dudar que mi cuerpo exista, y la segunda, que no puedo dudar que yo existo. Parece entonces que yo tengo una propiedad que mi cuerpo no tiene, a saber, que no puedo dudar que existo, mientras que sí puedo dudar que mi cuerpo existe. Entonces, por el principio de indiscernibilidad de los idénticos, mi cuerpo y yo hemos de ser entidades distintas. Pero oigamos ahora a Edipo razonar de modo análogo para llegar a una conclusión falsa: yo puedo dudar que mi madre existe (en realidad, creo que ha muerto); pero no puedo dudar que Yocasta existe (la estoy viendo ahora); por lo tanto, Yocasta y mi madre no son la misma persona. La conclusión es falsa, pues Yocasta es la madre de Edipo. Del mismo modo, la conclusión según la cual mi cuerpo y yo somos entidades distintas podría ser falsa. ¿Por qué podemos llegar a conclusiones falsas sobre la base de un esquema de razonamiento válido basado en el principio de indiscernibilidad de los idénticos, a saber, el esquema Pa & -Pb —> - (a = b)? Este esquema es equivalente a lo siguiente: si en «Pa» sustituimos «a» por «b» y esta sustitución genera una falsedad a partir de una verdad, a y b son cosas distintas. [16]La respuesta a la pregunta que nos planteábamos es que este esquema de razonamiento no funciona correctamente en contextos intensionales. [17]Y el problema es que expresiones como «dudar», «concebir», «fingir», «imaginar», que figuran en las premisas del argumento cartesiano, introducen típicamente contextos intensionales, en los cuales la sustitución de una expresión por otra con la misma referencia no preserva necesariamente la verdad de la oración inicial. [18]Así, puede ser verdad que yo crea que el lucero del alba es un planeta y puede ser falso que yo crea que el lucero de la tarde es un planeta, a pesar de que el lucero de la mañana sea el lucero de la tarde. ¿No significa esto que el principio de indiscernibilidad de los idénticos es falso? No. Lo que significa es que el hecho de que yo pueda dudar (creer, imaginar, suponer...) que cierto objeto existe o tiene cierta propiedad no es, a su vez, una propiedad genuina, intrínseca, de ese objeto.

Tratemos de eliminar, de las premisas del argumento cartesiano, las expresiones que introducen contextos intensionales y construir un argumento basado en la indiscernibilidad de los idénticos. Así:

Mi cuerpo no existe (en el momento t)

Yo existo (en el momento t)

Luego yo soy distinto de mi cuerpo y puedo existir sin él.

Este argumento es válido. Si, en un momento dado, yo existo y mi cuerpo no existe, yo no puedo ser la misma cosa que mi cuerpo y claramente puedo existir con independencia de él, puesto que lo estoy haciendo. El problema de este argumento no es su validez, sino la verdad de sus premisas. Para que estas premisas fuesen verdaderas (al mismo tiempo), sería necesario que yo fuese consciente de mis pensamientos aun después de la destrucción de mi cuerpo. Pero ciertamente no sabemos con certeza de nadie que haya experimentado pensamientos tras la corrupción o destrucción de su cuerpo. Tampoco sabemos con certeza lo contrario, pero esto significa que no estamos en condiciones de aceptar la verdad de las premisas. ¿Seguimos pensando (y existiendo) después de la muerte? Mientras vivimos no podemos saberlo, y tras la muerte, si lo sabemos, no podemos comunicarlo.

¿Podemos encontrar en la obra de Descartes otros argumentos que no se vean expuestos a las dificultades anteriores? Descartes arguye, en la sexta de sus Meditaciones metafísicas, que tenemos una idea distinta del cuerpo como extenso y no pensante, y una idea clara y distinta del yo o el alma como pensante y no extenso. Y de aquí concluye que el yo es enteramente distinto del cuerpo y capaz de existir sin él. En palabras de Descartes:

Puesto que, por una parte, tengo una idea clara y distinta de mí mismo, en cuanto que yo soy sólo una cosa que piensa –y no extensa–, y, por otra parte, tengo una idea distinta del cuerpo, en cuanto que él es sólo una cosa extensa –y no pensante–, es cierto entonces que ese yo (es decir, mi alma, por la cual soy lo que soy), es enteramente distinto de mi cuerpo, y que puede existir sin él. [19]

Este argumento no es válido por la misma razón por la que no lo era el argumento que antes hemos considerado, entendido como una aplicación del principio de indiscernibilidad de los idénticos. «Tener una idea clara y distinta de...» (como «concebir», «dudar», «imaginar», «creer»...) introduce un contexto intensional. Puedo tener una idea clara y distinta de a como P y no Q y una idea clara y distinta de b como Q y no P sin que esto impida que a sea (idéntico a) b. Supongamos que Edipo razona del modo siguiente: tengo una idea clara y distinta de mi madre como malvada y no bondadosa, y una idea clara y distinta de Yocasta como bondadosa y no malvada; es cierto entonces que Yocasta no es mi madre. La conclusión es falsa. También podría serlo, pues, la conclusión de Descartes.

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