Cuando Brentano advierte que el objeto intencional no ha de entenderse como una realidad e insiste en que la objetividad es en este caso inmanente, alude al hecho de que el contenido intencional, o alguno de sus componentes, puede no corresponder a nada real, sin que eso afecte a dicho contenido. En el caso del deseo, por ejemplo, es característico que su objeto no sea todavía real, y puede ocurrir que nunca llegue a serlo, cuando el deseo no llega a ser satisfecho. Lo mismo sucede con las creencias falsas. En casos más extremos, es posible desear cosas que no pueden ser reales, como sucedía con los matemáticos que deseaban lograr la cuadratura del círculo, o con los alquimistas que pretendían transmutar ciertos metales en oro. La imposibilidad en cuestión no impedía que ésa fuera una descripción correcta de tales deseos o intenciones. Es también posible buscar o desear hallar algo que no existe, como la fuente de la eterna juventud. Si el contenido de una creencia tuviese que ser un hecho, no sería posible tener creencias falsas, y si a todo componente del contenido tuviese que corresponder un objeto real, no sería posible buscar la fuente de la eterna juventud.
Estas observaciones nos introducen en las peculiaridades de la intencionalidad. [4] [4] Cf. mi libro The Philosophy of Action, Cambridge, Polity Press, 1990, cap. 6, titulado «The Intentionality of Mind». Cf. también J. Hierro, «En torno a la intencionalidad», Revista de Filosofía, 8 (1995), pp. 29-44. [5] Una iluminadora descripción de este aspecto la encontramos en W. Lyons, Approaches to Intentionality, Oxford, Clarendon Press, 1995. Véase también mi trabajo «Intencionalidad y significado», Quaderns de Filosofia i Ciència, 28 (1999), pp. 53-75. [6] Podemos hallar esta terminología, por ejemplo, en Burge, «Individualism...», cit., pp. 74-77. [7] Sobre una determinada interpretación, muy radical, de este fenómeno se basa la filosofía de la mente de Descartes. [8] El hecho de que Gilbert Ryle tome este tipo de propiedades como paradigmáticas de lo mental explica, en parte, su negación de la asimetría y la autoridad de la primera persona. Cf. G. Ryle, The Concept of Mind, Londres, Hutchinson, 1949.
En primer lugar, los estados intencionales de un sujeto manifiestan su perspectiva subjetiva sobre la realidad, el modo en que concibe la realidad, sea ésta tal como es concebida por él o no. Poseer estados intencionales es poseer una subjetividad, un modo peculiar de concebir la cosas, una interioridad. Por eso decía Leibniz que un alma es un reflejo del universo desde un determinado punto de vista. Así, la especificación correcta de dicho contenido intencional debe respetar la perspectiva del sujeto, su modo de concebir las cosas. La intencionalidad de la mente posee un carácter perspectivista ineliminable, [5] [5] Una iluminadora descripción de este aspecto la encontramos en W. Lyons, Approaches to Intentionality, Oxford, Clarendon Press, 1995. Véase también mi trabajo «Intencionalidad y significado», Quaderns de Filosofia i Ciència, 28 (1999), pp. 53-75. [6] Podemos hallar esta terminología, por ejemplo, en Burge, «Individualism...», cit., pp. 74-77. [7] Sobre una determinada interpretación, muy radical, de este fenómeno se basa la filosofía de la mente de Descartes. [8] El hecho de que Gilbert Ryle tome este tipo de propiedades como paradigmáticas de lo mental explica, en parte, su negación de la asimetría y la autoridad de la primera persona. Cf. G. Ryle, The Concept of Mind, Londres, Hutchinson, 1949.
y este carácter ha de tener un reflejo en el lenguaje con el que describimos el contenido intencional. Así, una importante característica de las oraciones que expresan o describen el contenido intencional consiste en que, en muchos casos, las expresiones que aparecen en ellas no se pueden intercambiar libremente, salva veritate, es decir, respetando la verdad de la oración inicial, con expresiones que refieran al mismo objeto o tengan la misma extensión. Supongamos que deseo conocer a mi nuevo vecino. Aun cuando mi nuevo vecino sea el mayor estafador de la ciudad de Valencia, puede ser falso que yo desee conocer al mayor estafador de la ciudad de Valencia. Técnicamente, un contexto en el que no podemos intercambiar libremente expresiones coextensivas salva veritate se denomina un contexto intensional. Cuando tal intercambio es posible nos encontramos ante un lenguaje extensional, cuya propiedad semántica esencial es la extensión (y no la intensión o el sentido) de las expresiones que lo constituyen. Los verbos mentales de actitud proposicional introducen típicamente contextos intensionales.
Y de una expresión como «mi vecino» en el ejemplo anterior, que no se puede sustituir libremente por una expresión coextensiva, se dice que ocupa una posición oblicua (a diferencia de las expresiones susceptibles de tal sustitución, de las que decimos que ocupan una posición directa). [6] [6] Podemos hallar esta terminología, por ejemplo, en Burge, «Individualism...», cit., pp. 74-77. [7] Sobre una determinada interpretación, muy radical, de este fenómeno se basa la filosofía de la mente de Descartes. [8] El hecho de que Gilbert Ryle tome este tipo de propiedades como paradigmáticas de lo mental explica, en parte, su negación de la asimetría y la autoridad de la primera persona. Cf. G. Ryle, The Concept of Mind, Londres, Hutchinson, 1949.
De este modo, las expresiones que ocupan posiciones oblicuas en la descripción psicológica de una persona tienen especial importancia para caracterizar la perspectiva subjetiva desde la cual concibe la realidad o se representa las cosas. Otra cuestión relacionada con el carácter intensional del lenguaje intencional es la ilegitimidad de la generalización existencial de las expresiones referenciales (el paso de «Pa» a «ExPx»; por ejemplo de «José tiene dos coches» a «hay alguien que tiene dos coches») en contextos de descripción o atribución de actitudes proposicionales. La generalización existencial es legítima, desde un punto de vista lógico, en contextos extensionales, pero no en contextos intensionales. Así, si un individuo u objeto determinado tiene cierta propiedad, hay alguien o algo que tiene dicha propiedad, pero si un sujeto cree que un individuo u objeto determinado tiene cierta propiedad, no es necesario que haya alguien o algo que la tenga. En otros términos, en la oración subordinada que describe el contenido de una actitud intencional puede aparecer una expresión denotativa sin referente (como «Merlín») sin que esto afecte a la verdad de la atribución de la actitud en cuestión.
Pensemos ahora en otra importante característica del contenido intencional: su eficacia o efectividad causal en la conducta de un sujeto. Podemos denominar a esta característica la causalidad del contenido intencional. Nuestra conducta voluntaria y consciente, nuestra conducta intencional en el sentido ordinario del término «intencional», depende no de cómo son las cosas, sino de cómo creemos que son y deseamos que sean, depende de nuestros estados intencionales y de su contenido. Ese contenido y nuestra actitud hacia él es causalmente efectivo en nuestra conducta. Supongamos que Dolores le ha dicho a su amigo Javier que al día siguiente por la tarde se quedará en casa. Supongamos que la tarde del día siguiente Javier desea charlar un rato con Dolores, de modo que decide ir a su casa. Sin embargo, Dolores ha cambiado de idea y ha salido de casa, olvidando comunicárselo a Javier. Que Dolores no esté en su casa no cambia las cosas desde el punto de vista de Javier. Javier va a casa de Dolores y esta conducta es racional y está justificada por lo que él cree y desea, aun cuando, dada la falsedad de su creencia, Javier no logra satisfacer su deseo. Las creencias y deseos de Javier no sólo causan lo que hace, sino que también lo justifican racionalmente. Vemos la conducta de Javier como lógica, como racional a la luz de lo que desea y de cómo cree que son las cosas. Este elemento normativo de justificación racional distingue la causalidad del contenido de la mera causalidad física, de las relaciones causales entre eventos físicos.
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