Recordemos ahora, con vistas a la discusión de este argumento, algunas consideraciones elementales sobre lógica que involucran la distinción entre validez y verdad. Un argumento puede dar lugar a una conclusión falsa (no garantiza que la conclusión sea verdadera) por las siguientes razones: 1) porque, siendo su forma lógica válida, alguna de sus premisas es falsa; 2) porque, siendo las premisas verdaderas, su forma lógica no es válida; o 3) porque alguna de sus premisas es falsa y, además, su forma lógica no es válida. Pero si las premisas son verdaderas y la forma lógica es válida, la conclusión ha de ser verdadera. La importancia de la validez de la forma lógica de un argumento es que preserva la verdad: conduce de verdades a verdades. Sobre esta base, pasemos a considerar el argumento de Descartes en la reconstrucción que hemos hecho de él.
Atendamos en primer lugar a la verdad de las premisas. La primera premisa es, quizá, la más problemática. Afirma que puedo concebirme (ahora) existiendo sin cuerpo (ahora) o, en su formulación alternativa, que puedo dudar (ahora) de la existencia de mi cuerpo (ahora). [7]No es obviamente verdadero que pueda hacer tal cosa, pero la premisa tiene importantes consideraciones en favor de su verdad. Así, si puedo concebir situaciones como la construida por Descartes, en que un poderoso Genio Maligno me hace creer falsamente en la existencia de mi cuerpo y del mundo físico en general, parece que puedo concebir una situación en que mi cuerpo no existe, de modo que la premisa sería verdadera. La segunda premisa parece claramente verdadera. No puedo concebir (ahora) que yo, en tanto que estoy pensando, no existo (ahora). Enunciados como «yo no existo» o «yo no pienso» no son formalmente contradictorios, pero son, por decirlo así, auto-destructivos, en el sentido de que basta enunciarlos para que su falsedad se torne manifiesta: no puedo pensar que no existo si no existo, pues para pensar que no existo he de estar existiendo, ni puedo pensar que no pienso si no pienso, porque pensar que no pienso es ya pensar. Aceptemos, pues, que las dos premisas del argumento son verdaderas. En tal caso, si la forma lógica del argumento es válida, la conclusión, el dualismo, habrá de ser verdadera. Atendamos, pues, a la forma lógica.
Un modo de poner a prueba la validez de la forma lógica de un argumento consiste en ver si podemos construir un argumento con premisas verdaderas y con la misma forma lógica pero cuya conclusión, por razones independientes, consideremos falsa. Si podemos construir un argumento semejante, ello muestra que dicha forma lógica no es válida, de modo que, aunque partamos de premisas verdaderas, ello no nos garantiza que lleguemos a una conclusión verdadera. Así, hay razones empíricas importantes para aceptar que, al menos en los seres humanos, el cerebro es la base material indispensable de las funciones mentales, de modo que si nuestro cerebro se destruyera no podríamos pensar. Supongamos, pues, que es verdad que no puede haber pensamiento sin cerebro. Si nos parece que este supuesto comete una petición de principio contra el dualista, aceptemos al menos que tal cosa puede ser verdad. Sin embargo, puedo construir el siguiente argumento: a) yo puedo dudar que mi cerebro existe (puedo concebir que mi cerebro no existe); b) yo no puedo dudar que yo, como sujeto de mis pensamientos, existo; luego c) yo, como sujeto de mis pensamientos, soy distinto e independiente de mi cerebro y puedo existir sin él. Las dos premisas son verdaderas. En cuanto a la primera, puedo concebir que un cirujano abre mi cráneo y éste se halla vacío. La segunda es la misma que en el argumento de Descartes, y ya hemos aceptado su verdad. Pero la conclusión es, ex hypothesi, falsa, o, en el supuesto más débil, puede ser falsa, aunque las premisas son verdaderas, lo que muestra que esta forma de argumentar no es válida. La certeza que tengo respecto del hecho de que estoy pensando no la tengo respecto de la existencia de mi cerebro, pero esto no prueba que de hecho yo pueda pensar sin cerebro.
El argumento que estamos analizando presupone, en primer lugar, que es legítimo el tránsito de la posibilidad epistémica (aquello que considero o creo posible) a la posibilidad real (aquello que es realmente posible). Pero este tránsito no es legítimo. Así, aunque no pueda concebir que yo no existo (ahora), puedo concebir la posibilidad de que mis padres nunca hayan existido, pero esto no prueba que yo pudiera realmente existir ahora si mis padres no hubieran existido. Ya Arnauld, en sus objeciones a las Meditaciones, planteó una dificultad semejante. [8]Arnauld nos pide que imaginemos el caso de alguien que sabe que cierto triángulo es rectángulo, pero que no sabe, o incluso niega, engañado por algún sofisma, que el cuadrado de su hipotenusa sea igual a la suma de los cuadrados de los otros dos lados. [9]Expresada en nuestros términos, la objeción de Arnauld sería la siguiente: este sujeto está concibiendo la posibilidad de que haya un triángulo rectángulo el cuadrado de cuya hipotenusa no sea igual a la suma del cuadrado de sus otros dos lados. Pero tal cosa no es realmente posible. Y así, que yo pueda concebir la posibilidad de mi existencia como ser pensante sin la existencia de mi cuerpo no garantiza tampoco que tal cosa sea realmente posible.
En segundo lugar, el argumento presupone que todo aquello que podemos concebir, en un sentido amplio, es lógicamente posible y que es legítimo el tránsito de la posibilidad lógica a la posibilidad metafísica. El primer supuesto es dudoso. Parece que podemos concebir la conjunción de dos proposiciones sin advertir que dicha conjunción encierra una contradicción. Un ataque radical al dualismo consistiría en mostrar que la tesis dualista es, en último término, incoherente. [10]Por mi parte, soy escéptico acerca del éxito de una empresa semejante. Pero por otro lado, y en relación con el segundo supuesto, aunque aceptemos que es una posibilidad lógica que yo exista y piense aun cuando mi cuerpo no exista, en el sentido de que «yo existo y pienso y mi cuerpo no existe» no es una oración contradictoria ni involucra una contradicción, ello no prueba que sea metafísicamente posible que yo exista y piense sin mi cuerpo. De nuevo, aunque no sea contradictorio suponer que yo existo y que mis padres nunca han existido, tal cosa no es, seguramente, metafísicamente posible. Como McKinsey señala, siguiendo a Kripke, las relaciones de dependencia metafísica, aunque sean necesarias, son, a menudo, cognoscibles únicamente a posteriori. [11]
Podemos, sin embargo, fortalecer el argumento de Descartes que estamos considerando interpretándolo de otro modo. Según esta interpretación, lo que muestran las premisas a) y b), si aceptamos que son verdaderas, es que «yo» y «mi cuerpo» no significan lo mismo. Y, a partir de aquí, podríamos concluir que yo soy distinto de mi cuerpo y que puedo existir sin él. La reconstrucción completa del argumento, según esta interpretación, sería como sigue. La primera premisa dice que yo puedo dudar que mi cuerpo existe y la segunda que no puedo dudar que yo existo. De acuerdo con estas premisas, puedo adoptar actitudes epistémicas distintas (dudar y no dudar) ante la oración «mi cuerpo existe» y la oración «yo existo». Así, bajo el supuesto de que soy racional al adoptar esas actitudes, hemos de concluir que ambas oraciones significan (dicen) cosas distintas, expresan pensamientos distintos. [12]La razón es que, si significaran lo mismo, si expresaran el mismo pensamiento, sería irracional por mi parte dudar de una y no de la otra. Ahora bien, ambas oraciones comparten el predicado «existir». Por lo tanto, la diferencia de significado ha de deberse a los sujetos, a los términos «yo» y «mi cuerpo», de modo que estos dos términos no significan lo mismo. La conclusión final sería que estos dos términos denotan entidades diferentes, lo que implicaría a su vez el dualismo: yo soy una entidad distinta e independiente de mi cuerpo.
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