Esta diferencia epistemológica se muestra claramente en los argumentos escépticos. Podemos imaginar circunstancias (Genio Maligno, cerebros en cubetas...) en que todos, o la mayoría, de los enunciados del segundo tipo serían falsos, mientras que todos, o la mayoría, de los enunciados del primer tipo seguirían siendo verdaderos. Así, si digo sinceramente «pienso (deseo, creo, etc.) que tal y tal» y conozco el significado de mis palabras, mi enunciado es, normalmente, verdadero, incluso en las circunstancias imaginadas por el escéptico. Pero esto no sucede con otros tipos de enunciados. Aun cuando sea sincero y competente en el uso del lenguaje, mi enunciado «allí hay un caballo» está sometido a otras fuentes de error: puedo estar soñando, o sufriendo un error perceptivo, o padeciendo una alucinación (o puedo ser un cerebro en una cubeta). Del descubrimiento de esta diferencia pretendió Descartes deducir que el yo de los enunciados psicológicos designa una entidad distinta e independiente del cuerpo. Como hemos tratado de mostrar, la deducción no es correcta, pero el descubrimiento cartesiano de esa diferencia epistemológica, de la asimetría y la autoridad de la primera persona, es importante por sí mismo e independiente del dualismo substancial.
De hecho, Descartes caracteriza el pensamiento, el atributo principal del alma, un término que cubre prácticamente todo lo que nosotros llamaríamos mental, en términos del concepto de conciencia, tomando como base la diferencia epistemológica indicada. Es mental, o pensamiento, todo aquello de lo que tenemos conciencia, y por conciencia hemos de entender un modo de conocimiento directo, inmediato e infalible, en el que no cabe el error. Esto excluye del ámbito de lo mental todos los objetos y propiedades físicas, incluido el propio cuerpo y el propio cerebro. Como escribe en Los principios de la filosofía:
Por la palabra pensamiento entiendo todo lo que conocido por nosotros se produce en nosotros, en tanto que tenemos conciencia de ello. Así que no solamente entender, querer, imaginar, sino también sentir es la misma cosa aquí que pensar. Pues si yo digo que veo o que marcho, e infiero de aquí que soy; si me refiero a la acción cumplida con mis ojos o con mis piernas, esta conclusión no es de tal modo infalible que no me quede algún motivo de duda, a causa de que puede suceder que yo crea ver o marchar, aunque no abra los ojos, ni me mueva de mi sitio, pues esto me sucede a veces durmiendo, y lo mismo podría suceder si no tuviese cuerpo; pero si me refiero, por el contrario, a la sensación, es decir a la conciencia que existe en mí, de ver o marchar, esta misma conclusión es absolutamente verdadera, pues se refiere al alma que tiene sola la facultad de sentir, o de pensar de cualquier otro modo. [23]
Así, este criterio que caracteriza y distingue lo mental es epistemológico: lo mental se caracteriza por la inmediatez e infalibilidad con que es conocido por el sujeto.
En la base de la concepción cartesiana de la mente encontramos, pues, llevado a extremos de infalibilidad e incorregibilidad, ese rasgo preteórico de lo mental que hemos denominado la autoridad de la primera persona y la asimetría en la atribución de predicados mentales a uno mismo y a otros sujetos. Un importante atractivo del cartesianismo, aun cuando no se acepte o se sea escéptico respecto del dualismo substancial, es que ofrece una explicación aparentemente convincente de dichos rasgos. Así, si un enunciado psicológico en primera persona, como «tengo dolor», es indudablemente verdadero y el sujeto no infiere que tiene dolor de la observación de su conducta, ello se debe a que, al emitir o pensar ese enunciado, está describiendo un contenido subjetivo de conciencia al que tiene un acceso inmediato (es decir, no basado en una inferencia), directo y privilegiado, en este caso la sensación misma de dolor. Así, la mente de cada cual constituye un ámbito privado formado por sus contenidos o datos inmediatos de conciencia, un ámbito al que el sujeto accede directa e infaliblemente mediante una capacidad cuasi-perceptiva.
Estos contenidos de conciencia han recibido diversas denominaciones. Hume los llamaba «percepciones», y Locke utilizó la denominación, más cercana a Descartes, de «ideas». Esta concepción de la mente, inspirada en Descartes, y basada en la conciencia subjetiva de los contenidos psíquicos, ha tenido una enorme influencia y sigue conservando su poder de atracción. La noción de dato sensorial, central en la epistemología empirista del positivismo lógico, se relaciona directamente con el cartesianismo: los datos sensoriales son pensamientos en el sentido cartesiano del término. La influencia del cartesianismo en otras corrientes filosóficas, como la fenomenología, y en ciencias empíricas como la psicología, ha sido también muy profunda. Es importante advertir que, para aceptar esta concepción de la mente, basada en el criterio epistemológico de la conciencia inmediata, no es necesario aceptar que el yo o la mente es una substancia: se puede aceptar, simplemente, que la mente de un sujeto es el conjunto de sus datos de conciencia. Esto es, por ejemplo, lo que sostiene Hume, para quien la mente no es sino el conjunto de esos datos de conciencia que él llama percepciones. Como él lo expresa:
La mente es una especie de teatro, en el que aparecen sucesivamente diversas percepciones; pasan una y otra vez, se desvanecen y se mezclan en una infinita variedad de posturas y situaciones... [Sin embargo] la comparación del teatro no debe confundirnos. Son sólo las percepciones sucesivas lo que constituye la mente. [24]
Estas percepciones, según Hume, «son perfectamente conocidas». [25]
Podemos llamar a esta aproximación a lo mental la concepción cartesiana de la mente, distinguiéndola de la tesis, más fuerte, del dualismo substancial. Así, cuando hablemos de la concepción cartesiana de la mente nos referiremos, no tanto al dualismo substancial, sino a esa concepción de la mente como un ámbito de contenidos de conciencia privados, directa e infaliblemente conocidos por el sujeto.
Desde este perspectiva, un enunciado psicológico en primera persona es un informe, una descripción que el sujeto lleva a cabo de un estado u objeto inmediatamente presente a su conciencia, y cuya esencia consiste precisamente en ser objeto de conciencia, de modo que no hay en él una distinción entre apariencia y realidad, entre el modo como aparece a la conciencia del sujeto y su naturaleza real. Como Hume lo expresa,
todas las sensaciones son sentidas por la mente tal como son realmente... Puesto que todas las acciones y sensaciones de la mente nos son conocidas por la conciencia, han de aparecer necesariamente, en cada caso, como son y ser como aparecen. [26]
Para el cartesianismo, la mente es independiente de la conducta y de cualquier otro proceso físico externo. Ninguna clase de signo externo es concluyente acerca de lo mental.
A pesar de su indudable poder de atracción, debido en parte a la explicación que ofrece del privilegio epistemológico de los enunciados psicológicos en primera persona, esta concepción se enfrenta a problemas muy importantes, en especial al llamado «problema de otras mentes». Puesto que lo mental es sólo aquello de lo que se tiene conciencia inmediata, y yo tengo tal conciencia sólo de mis propios estados mentales, ¿cómo puedo saber que otros sujetos poseen también estados mentales y no son meros autómatas? Si, en un arranque de generosidad, concedo que tienen estados mentales, ¿cómo puedo saber que cuando dicen «tengo dolor», «creo que tal y tal», «deseo tal cosa», etc., hay en ellos lo mismo que hay en mí cuando emito enunciados semejantes? La concepción cartesiana es fuertemente realista respecto de los estados mentales, en el sentido de que reconoce que hay enunciados sobre la mente de otras personas cuya verdad trasciende toda prueba posible.
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