La concepción cartesiana de la mente, por otro lado, es incompatible con el fisicalismo, con la tesis según la cual todos los particulares son físicos, puesto que los datos de conciencia son particulares no físicos. Sin embargo, si admite que hay tanto particulares físicos como no físicos, necesita entonces explicar cómo es posible la interacción entre ambos, de modo que el problema de la interacción psicofísica, que vimos surgir en el dualismo substancial, se reproduce también en la concepción cartesiana de la mente. Esta perspectiva tiene dificultades, pues, para dar cuenta de ese rasgo preteórico de la mente que, en el capítulo anterior, denominábamos la causalidad mental.
La concepción cartesiana es una muestra de las dificultades involucradas en la elaboración de una teoría filosófica satisfactoria sobre lo mental. El énfasis que pone en la perspectiva subjetiva, de primera persona, le permite dar cuenta de ciertos aspectos que, intuitiva y preteóricamente, atribuimos a la mente, pero le crea dificultades para dar cuenta de otros. Otras teorías, que estudiaremos en sucesivos capítulos, adoptan una perspectiva objetiva, de tercera persona, pero con ello se enfrentan a problemas en cierto modo opuestos, pues tienen dificultades para dar cuenta de los aspectos subjetivos de lo mental, que constituyen el punto fuerte del cartesianismo y la fuente de su notable poder de atracción.
[1]La situación B corresponde al argumento escéptico del sueño, y la situación C al argumento escéptico del Genio Maligno, así como a argumentos estrechamente relacionados con éste, como el argumento de los cerebros en cubetas. Los dos primeros se encuentran en la Primera Meditación cartesiana. En cuanto al último, véase H. Putnam, «Cerebros en una cubeta», en Razón, verdad e historia, Madrid, Tecnos, 1988, pp. 15-33.
[2]R. Descartes, Discurso del método. Meditaciones metafísicas, tr. de Manuel García Morente, Madrid, Espasa-Calpe, 1970 (primera edición 1937), cuarta parte, pp. 49-50.
[3]Acerca de esta distinción, véase el capítulo anterior.
[4]Descartes, Discurso..., cit., cuarta parte, p. 50.
[5]De este modo se define también el concepto de substancia, por ejemplo, en la Ética de Espinosa: «Por substancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí, esto es, aquello cuyo concepto, para formarse, no precisa del concepto de otra cosa» (B. de Espinosa, Ética, ed. de Vidal Peña, Madrid, Editora Nacional, 1975, parte primera, p. 50).
[6]Esta reconstrucción esquemática del argumento cartesiano se inspira en el libro de P. Smith y O. R. Jones, The Philosophy of Mind, Cambridge, Cambridge University Press, 1986, pp. 40 y ss.
[7]William D. Hart consideraría esta premisa verdadera. Cf. su artículo «Dualism», en S. Guttenplan (ed.), A Companion to the Philosophy of Mind, Oxford, Blackwell, 1994, pp. 266-267.
[8]Cf. Arnauld, «Cuartas objeciones», en R. Descartes, Meditaciones metafísicas con objeciones y respuestas, ed. de Vidal Peña, Madrid, Alfaguara, 1977, pp. 165-166.
[9]Ibid., p. 165. Cf. también T. Burge, «Individualism and Self-Knowledge», Journal of Philosophy, 85 (1988), pp. 649-663, especialmente p. 651. En el mismo sentido señala M. McKinsey: «Del hecho de que podía conocer directa e incorregiblemente su existencia y sus propios pensamientos dudando consistentemente al mismo tiempo de la existencia de su cuerpo y del resto del mundo físico, Descartes infirió que era posible que él existiera como una mente desencarnada en un universo no físico. Pero esta inferencia es ilegítima» (M. McKinsey, «Anti-Individualism and Privileged Access», Analysis, 51 (1991), pp. 9-16, esp. p. 12). Y McKinsey se refiere también a la objeción de Arnauld.
[10]Este parece ser el tipo de ataque que Wittgenstein emprende en las Investigaciones filosóficas.
[11]Cf. McKinsey, «Anti-Individualism...», cit., p. 13.
[12]Utilizo aquí el término «pensamiento» en el sentido que le da Frege. Cf. su artículo «El pensamiento: una investigación lógica», en Investigaciones lógicas, tr. de Luis Valdés, Madrid, Tecnos, 1984, pp. 49-85.
[13]Cf. G. Frege, «Sobre sentido y referencia», en Estudios sobre semántica, tr. Ulises Moulines, Barcelona, Ariel, 1971.
[14]Formalmente, el principio podría representarse así: (Pa <���—> Pb) —> a = b. Es decir, si toda propiedad de a es una propiedad de b y toda propiedad de b es una propiedad de a, entonces a y b son la misma entidad.
[15]Formalmente, el principio se representaría así: a = b —> (Pa <���—> Pb). Es decir, si a y b son la misma entidad, entonces toda propiedad de a es una propiedad de b y toda propiedad de b es una propiedad de a.
[16]Este esquema es el converso del siguiente: si a = b, y «Pa» es verdadera, «Pb» es también verdadera y viceversa. Es decir, dos expresiones con la misma referencia son intercambiables salva veritate.
[17]Sobre la noción de contexto intensional véase el capítulo anterior.
[18]La explicación que Frege dio de este hecho es que, en tales contextos, las expresiones refieren a su sentido, y no a su referente ordinario. Cf. «Sobre sentido y referencia», cit.
[19]Descartes, Meditaciones..., cit., p. 66.
[20]Por cierto, esto implica, contra lo que parece suponer Descartes, que «yo», en su uso ordinario, y «mi mente» no tienen el mismo significado.
[21]Cf., por ejemplo, R. Double, Beginning Philosophy, Nueva York, Oxford University Press, Oxford, 1999, p. 109.
[22]Entre los defensores del dualismo en nuestro siglo encontramos, por ejemplo, a Karl R. Popper y John C. Eccles (El yo y su cerebro, tr. de Carlos Solís, Barcelona, Labor, 1982); defensores más recientes incluyen, por ejemplo, a E. J. Lowe (cf. sus trabajos «The Causal Autonomy of the Mental», Mind, 102 (1993), pp. 629-644 y Subjects of Experience, Cambridge, Cambridge University Press, 1996).
[23]R. Descartes, Los Principios de la Filosofía, tr. de Juliana Izquierdo, Madrid, Reus, 1925, primera parte, par. 9, pp. 26-27.
[24]D. Hume, A Treatise of Human Nature, ed. de L. A. Selby-Bigge, Oxford, Clarendon Press, 1978, libro I, parte IV, secc. VI, p. 253.
[25]Ibid., libro II, parte II, secc. VI, p. 366.
[26]Ibid., libro I, parte IV, secc. II, pp. 189-190.
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