Pablo Cea Ochoa - Los hijos del caos

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Los hijos del caos: краткое содержание, описание и аннотация

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El mundo se ha ido a la mierda. La sociedad, tal y como la conocíamos, ha dejado de existir y hay un nuevo orden en el mundo, un orden que consiste básicamente en la mismísima falta de orden. El caos más absoluto se ha ceñido sobre la tierra y esta se ha plagado de monstruos medio-muertos y de todo tipo de criaturas grotescas y peligrosas, comandadas únicamente por ocho gigantes llamados Titánides, que ansían acabar con todos los humanos supervivientes al apocalipsis para ser los nuevos amos del mundo. Antes, si alguien le hubiese hablado de monstruos, gigantes o del fin del mundo, Percy se hubiese reído a carcajadas, pero desde que él y su amiga Natalie descubrieron que son semidioses, hijos directos de los antiguos y olvidados dioses olímpicos, han vivido escondiéndose y huyendo de todo lo relacionado con lo divino; sin embargo, las circunstancias les obligarán a aceptar sus papeles en toda esa historia, y se meterán de lleno en una guerra brutal y sin cuartel en la que se disputará el destino del mundo y de la humanidad.

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En ese momento mi cuerpo y mi mente eran dos cosas muy distintas y a una de las dos no podía controlarla. Al pensar en tantas venas y arterias haciendo circular su sangre empecé a notar hambre, pero un hambre dolorosa, como si llevara meses sin comer nada. Así que poco a poco me fui acercando a su cuello.

«¡Para! ¡Quieto!», me decía mentalmente a mí mismo, pero seguía acercándome más y más a ella. Cuando llegué a estar frente a frente con la chica vi mi reflejo en sus ojos cuando los abrió.A pesar del verde de sus ojos, mi amarillo prevalecía en el reflejo. Justo ahí dudé un poco, porque vi mi cara y era la de un monstruo; estaba cubierta de pelos y arrugas, con la boca abierta y babeante y unos dientes desproporcionadamente grandes. A pesar de todo ello, seguía conservando un poco de humano en mi rostro.

—¡Percy, por favor! ¡Lo siento! ¿Vale? ¡Lo siento mucho! —gritó ella, pero yo no reaccioné. Me quedé inmóvil, mirando mi reflejo en sus ojos bañados y humedecidos por las lágrimas. A pesar de saber que lo sentía de verdad, seguía sin poder soltarla porque algo dentro de mi cabeza me incitaba a probar un bocado. Necesitaba saciar esa hambre que me reconcomía por dentro.

De repente ella se acercó a mí y me besó. Yo no me resistí al principio porque me había quedado algo confuso, pero cuando noté cómo aprisionaba uno de mis labios con sus dientes intenté apartarme. Pero ya no podía separarme de ella sin llevarme mi labio por delante y cuando empecé a notar el sabor amargo de mi propia sangre dejé de sentir rabia y pude empezar a pensar por mí mismo para finalmente, cuando el pelo, los colmillos y las garras desaparecieron, poder ser de nuevo responsable de mis propios actos.

Rápidamente me di cuenta de que seguía encima de Kika y de que me encontraba parcialmente desnudo. Entonces la vergüenza y la culpabilidad hicieron que me quitara de encima de ella y corriera a ponerme mi abrigo de piel, que se me había caído mientras me transformaba.

—Perdóname, Kika… No sé qué me ha pasado —le pedí llevándome las manos a la cabeza cuando recuperé el habla y fui consciente de lo que había estado a punto de hacer.

—Perdonado —respondió ella, que se puso en pie de golpe y empezó a escupir al suelo una especie de mezcla compuesta por babas y sangre—. Pero solo si me perdonas tú a mí antes —añadió cuando terminó de escupir.

Yo asentí con la cabeza y después me senté en el suelo. Me dolía todo, el orgullo también. Aparte de que me sentía muy avergonzado por la situación, me encontraba fatal, como si una apisonadora me hubiera pasado por encima.

—Sé que tenías que hacerlo. De lo contrario, tal vez no hubiera parado y ahora estarías… —intenté decir mientras me llevaba la mano al labio para hacer presión y que se cortara la hemorragia, pero ya se había cortado sola. Era extraño cómo ahora trataba de vocalizar bien todas las palabras e igualmente me trababa al hablar.

—Tranquilo, me lo he buscado yo solita. Tengo que aprender a mantener la boca cerrada y a resignarme de vez en cuando. Pero ya me conoces… —dijo ella mientras se ajustaba su cinturón y volvía a acercarse a mí para ayudarme a levantarme, pero con el mareo que me había causado todo lo de la transformación no podía andar en condiciones sin caerme al suelo, así que Kika pasó su brazo derecho por debajo de mi hombro izquierdo y me ayudó a caminar de vuelta al campamento. No le supuso demasiado esfuerzo al principio, ya que yo desde siempre había sido un chico bastante esbelto, si no delgado, pero poco a poco fue cediendo por mi peso—. Volvamos ya. Tu chica te estará echando en falta —soltó a duras penas mientras se esforzaba para que no me cayera hacia un lado.

—Kika… —le dije mientras intentaba erguirme para tratar de ahorrarle trabajo.

—Dime —respondió ella mientras resoplaba una y otra vez debido al esfuerzo que le suponía ayudarme a andar.

—Siempre me lo he preguntado, pero nunca te lo he dicho… ¿Quién eres? ¿Quién eras en realidad? Porque nunca me has hablado de tu pasado o de tu infancia y tampoco me has contado nada acerca de tus padres o del sitio en el que vivías antes del estallido —le pregunté, haciendo referencia al día en el que la amenaza de los inferis estalló de golpe en todas las ciudades y pueblos del mundo al mismo tiempo.

—Esa historia me la guardo para otro momento. Mejor cuando no te tenga que llevar encima, ¿te parece? —propuso ella, que seguía hablando con gran dificultad.

—Está bien, pero hazme un favor y procura no contarle nada de esto a Natalie, ¿sí? —le pedí preocupado, a lo que ella asintió y seguimos caminando. Poco a poco fui pudiendo hacerlo por mí mismo, lo cual fue un tremendo alivio para Kika.

Mientras regresábamos hacia las tiendas ninguno de los dos volvió a decir ni a comentar nada. Nos limitamos a andar y a hacer como si nada hubiera pasado durante los últimos veinte minutos.

Al llegar a los alrededores del campamento todo estaba en absoluto silencio, demasiado silencio. No se escuchaba la radio de Cris, que solo tenía interferencias, pero que, según ella, le ayudaba a poder dormir. Tampoco se escuchaba a Natalie partir ramitas para avivar el fuego de la hoguera, que desde lejos parecía más pequeño y apagado de lo normal.

—Saca las armas —ordenó Kika sin miramientos. Ella también intuía que ocurría algo en el campamento. Eso me confirmó que no era solo mi imaginación.

—No llevo nada encima. Solo tenemos el arco y los cuchillos de Natalie —respondí mientras rebuscaba en todos los bolsillos interiores y exteriores de mi abrigo sin encontrar nada.

—Pues improvisa —me replicó, así que rápidamente cogí la espada de su cinturón antes de que ella la desenvainara.

Kika me miró raro por haberle quitado su arma, pero a mí me dio igual y empecé a gritar los nombres de Natalie y de Cristina a pleno pulmón. Kika intentó hacerme callar, pero la aparté hacia un lado con la mano y seguí gritando para llegar al epicentro del campamento.

—¡Estamos aquí! —respondió Natalie en cuanto nos vio a lo lejos.

Nos aproximamos por entre las tiendas algo más relajados, pero volvimos a ponernos tensos cuando vimos que ella y Cristina estaban sentadas frente a la hoguera junto a un hombre bastante mayor, que estaba situado entre ellas dos.

—Adelante, sentaos. Os estábamos esperando —dijo el viejo mirándonos mientras sonreía pícaramente, algo que no nos inspiró nada de confianza ni a mí ni a Kika, que acababa de coger un palo bastante largo del suelo para arremeter contra el extraño.

CAPÍTULO 4

Historias alrededor del fuego

PERCY

El viejo tenía el pelo gris, enmarañado y despeinado. Le llegaba hasta los hombros y le tapaba gran parte de la cara. Tenía muchísimas arrugas y cicatrices por toda la cara e iba vestido con una larga túnica blanca y amarilla, que llevaba enrollada sobre sí mismo y que le llegaba hasta los tobillos. Sus pies estaban cubiertos por unas sandalias de cuero viejo. Parecía una persona sabia desde fuera, pero había algo en sus ojos verdes que no me inspiraba nada de confianza.

—No me fío, Kika —le susurré mientras seguía sosteniendo en alto su espada en dirección al viejo. A pesar de su extraño aspecto y de su mirada de cachorrito perdido, seguía siendo un extraño. Y siempre se debe desconfiar de los extraños.

—Haces bien al desconfiar de los desconocidos, pero solo he venido a hablar con vosotros, así que te agradecería que bajaras y envainaras esa espada, muchacho —comentó el viejo. Yo me quedé inmóvil, esperando a que alguien dijera algo al respecto o que alguna de las chicas aportara algo de sentido común a la situación.

—Tranquilo, no pasa nada. No nos hará daño —me dijo Natalie muy convencida, lo cual de por sí ya era extraño—. Además, sabe cosas… —añadió para terminar.

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