Pablo Cea Ochoa - Los hijos del caos

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El mundo se ha ido a la mierda. La sociedad, tal y como la conocíamos, ha dejado de existir y hay un nuevo orden en el mundo, un orden que consiste básicamente en la mismísima falta de orden. El caos más absoluto se ha ceñido sobre la tierra y esta se ha plagado de monstruos medio-muertos y de todo tipo de criaturas grotescas y peligrosas, comandadas únicamente por ocho gigantes llamados Titánides, que ansían acabar con todos los humanos supervivientes al apocalipsis para ser los nuevos amos del mundo. Antes, si alguien le hubiese hablado de monstruos, gigantes o del fin del mundo, Percy se hubiese reído a carcajadas, pero desde que él y su amiga Natalie descubrieron que son semidioses, hijos directos de los antiguos y olvidados dioses olímpicos, han vivido escondiéndose y huyendo de todo lo relacionado con lo divino; sin embargo, las circunstancias les obligarán a aceptar sus papeles en toda esa historia, y se meterán de lleno en una guerra brutal y sin cuartel en la que se disputará el destino del mundo y de la humanidad.

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No podía dejarla allí sin más, no después de todo lo que habíamos pasado juntos, así que al ver que los lobos y la nube de polvo se iban acercando y que no podíamos escapar de ellos corriendo, opté por subir al árbol más cercano. Era un árbol grueso y viejo, con muchas raíces que sobresalían en su base y muchas ramas secas pero aún fuertes y aparentemente resistentes, al menos lo suficiente como para aguantar el peso de los dos. Cuando llegamos a una altura considerable nos encaramamos a una rama muy gruesa y nos abrazamos mientras intentábamos calmar nuestras agitadas respiraciones.

Los lobos acababan de llegar bajo el árbol y al ver que el rastro de sangre que dejamos se acababa allí empezaron a deambular por la zona confundidos. Cuando varios pasaron buscándonos por debajo del árbol ambos tratamos de contener la respiración, pero justo en ese momento una gota de sangre cayó al suelo y Natalie estornudó cuando una rama le rozó la nariz. Habría sido una situación algo cómica de no ser por la decena de lobos, que inmediatamente alzaron sus cabezas para mirarnos y se pusieron a aullar. Inicialmente me resultó un sonido algo incómodo e inquietante de oír, pero tras unos minutos acabamos acostumbrándonos a los aullidos.

Pasamos allí subidos muchas horas, tantas que hasta creí escuchar repetidas veces la palabra «matadlos», pero sabía que seguramente sería mi imaginación jugándome una mala pasada. Igualmente, no le quise decir nada a Natalie sobre eso; ya estaba suficientemente exhausta y asustada. Nosotros estábamos acostumbrados a tratar con inferis, pero los lobos eran algo nuevo para los dos.

Pasaron las horas y los lobos, que al principio intentaban subir al árbol, se fueron rindiendo poco a poco y algunos se sentaron a esperar a que bajáramos. Otros no dejaban de dar vueltas al árbol para buscar algún medio de llegar hasta nosotros, pero todos acabaron por sentarse o tumbarse a esperar. Pensamos en intentar arrojarles ramas secas o algo para espantarlos, pero algo me decía que no eran simples animales y que no se asustarían así como así.

Pasó otro par de horas. Los lobos seguían esperando inquietos a nuestros pies y la rama en la que estábamos sentados comenzaba a ceder y no llegábamos a alcanzar la siguiente. Nos habíamos quedado sin más sitios a los que agarrarnos y los lobos lo sabían.

Cuando la rama estaba en las últimas, los lobos empezaron otra vez a dar vueltas en círculos justo debajo de nosotros, esperando inquietamente la inminente caída. Pero de repente vimos como uno de los animales, el más grande de todos, cayó desplomado en el suelo con una flecha en el cuello, que había impactado justo en su yugular, haciendo que se desangrara a los pocos segundos. Uno tras otro, los lobos empezaron a caer muertos al suelo y al no saber de dónde procedían los proyectiles se acabaron viendo obligados a retirarse, aunque no sin aullarnos una última vez.

Tras unos segundos llenos de confusión e incertidumbre, vimos cómo un par de figuras humanas se bajaron de un salto de los árboles paralelos al nuestro. Llevaban ropas viejas y desgastadas y también tenían unas capuchas que les quedaban tan holgadas que lo único que se podía saber de esas personas era que se trataba de chicas, jóvenes seguramente.

—¡Ya podéis bajar! —gritó una de las dos chicas cuando llegaron al lugar en el que hacía un par de minutos estaban los lobos.

Un segundo más tarde, la rama en la que estábamos sentados se rompió y caímos al suelo. La caída se suponía que sería severa por la altura, pero realmente no nos hicimos ningún daño más allá de un par de cortes y rasguños. Cuando nos pusimos en pie, Natalie y yo nos miramos. Ambos sabíamos que desconfiar de los extraños era una regla esencial para los supervivientes, ya que muchas veces las personas llegaban a ser peores que los muertos, pero supuse que si nos habían ayudado en aquella situación tan comprometida habría sido por algo.

Nos acercamos a las figuras encapuchadas y según recortamos la distancia empezamos a poder distinguir las caras de aquellas chicas, que al parecer serían de nuestra edad, unos diecinueve o veinte años. Supuse que me tuve que quedar con la boca abierta cuando les vi los rostros, porque Natalie me pegó un fuerte codazo para que reaccionara antes de estar frente a ellas.

Ambas eran extremadamente guapas a pesar de sus vestimentas y su olor rancio, propio de todos los supervivientes, ya que no podíamos bañarnos o ducharnos cada mucho tiempo. Me quedé helado al darme cuenta de que yo sabía quiénes eran esas dos chicas…

—¿Kika? ¿Cristina? —pregunté no muy seguro, ya que eran dos personas que no veía desde hacía ya muchos años.

—Hola, Percy —contestó Cristina, que me sonrió tras quitarse la capucha y después, sin previo aviso, me abrazó. Por su parte, la otra chica, Kika, se limitó a asentir con la cabeza mientras volvía a colgarse su arco en la espalda.

—¿De verdad sois vosotras? —dije tremendamente sorprendido y confuso, sin creerme lo que veían mis ojos—. ¿Qué hacéis aquí? —Aún no terminaba de asimilar que nos hubiéramos encontrado ahora, después de tantos años. Cuando nos contaron que llevaban vigilándonos desde hacía un par de días les presenté a Natalie, aunque a mi compañera no le hicieron mucha gracia las dos chicas.

Natalie volvió a mirarme con su famosísima cara de que quería y exigía explicaciones, pero ignoré por el momento eso y me limité a hablar con Cristina de lo contento que estaba de haberlas encontrado vivas. Aunque se me hacía bastante raro haberlas encontrado en la otra punta de Europa.

—Bien, ¿ya hemos terminado? Porque tenemos prisa. Seguidme —nos pidió Kika en un tono muy firme, casi militar. Con ella no me llevaba igual de bien que con Cristina. En el pasado ocurrieron cosas entre ambos y nos separamos.

Nos quedamos muy serios, sin saber qué hacer, pero cuando nos entregaron un par de botas a cada uno, que sacaron de sus mochilas, nos las pusimos y las seguimos sin poner objeciones.

Habían cambiado muchísimo desde la última vez que las vi, incluso su manera de andar. Ahora se movían ágilmente entre los árboles. Eran supervivientes, igual que nosotros, y habían aprendido a adaptarse al mundo.

CAPÍTULO 3

Transformación

PERCY

—Deberíamos acompañarlas, Natalie —le dije a mi amiga o pareja. No sabía exactamente lo que éramos después de lo que había ocurrido el día anterior en el interior de la tienda. Parecía un poco raro que yo dijera algo así a pesar de que siempre fui el más desconfiado de los dos, tanto antes como después del apocalipsis.

—¿Y por qué? —replicó Natalie indignada—. No me fío de ellas aunque nos salvaran. Y tú tampoco deberías aunque las conozcas. Hace años que no ves a ninguna de las dos y podrían no ser lo que parecen. Además, no me hacen gracia —dijo sin pelos en la lengua.

—Son amigas, créeme. Son buena gente y son de fiar, aunque Kika pueda ser un poco seca y borde. Si no confías en ellas, al menos confía en mí cuando te digo que podemos estar con ellas. Las dos fueron muy buenas amigas mías hace unos cuantos años —le respondí a Natalie, que aún seguía disconforme con la situación. Noté que me miraba con recelo y le costó un buen rato aceptarlo, aunque finalmente me tendió una sonrisa muy vaga, pero que a mí me valía, así que me acurruqué a su lado y le di un beso, ante lo que ella me miró y me habló de nuevo.

—¿De verdad me quieres? —me preguntó muy seriamente. Nunca habíamos hablado de los sentimientos del uno por el otro aun cuando solo éramos amigos. Aunque no era un tema que me incomodase en exceso.

—¿Qué? Por supuesto. Parece mentira que necesites preguntarme eso a estas alturas. Después de todo lo que hemos pasado juntos, es como si fuéramos tú y yo contra el mundo —le contesté muy cariñosamente, pero ella me seguía mirando a los ojos y vi que no le convencía demasiado mi respuesta—. De verdad, Natalie, claro que te quiero. Hemos peleado, hemos luchado, hemos gritado y hemos llorado juntos. Y a pesar de eso hasta nos lo hemos llegado a pasar bien. ¿Cómo no te iba a querer?

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