De repente la cúpula de agua pasó a convertirse en una esfera y empezó a levitar en el aire, cada vez más alto, dejando atrás a los inferis que quedaban y acercándonos a la muralla. A pesar de estar rodeados de agua y aguantando difícilmente la respiración, notamos cómo los disparos volvían a escucharse. Pero esta vez los soldados no disparaban contra los inferis, sino contra nosotros.
Por suerte, al estar rodeados de agua ni las flechas ni las balas nos alcanzaban. Poco a poco vimos borrosamente cómo la esfera de agua flotante en la que estábamos metidos sobrevolaba la muralla. Teníamos pensado aterrizar suavemente en el suelo, pero nos estábamos quedando ya sin oxígeno en los pulmones y Cristina, sin fuerzas para controlar tal masa de agua, así que descendimos, aterrizando sobre una caseta de madera, ya al otro lado de la muralla.
Caímos desde una altura considerable y al impactar en el suelo la caseta de madera se hizo añicos y toda el agua que nos rodeaba se desparramó, tirando al suelo y llevándose por delante a varios soldados que ya nos estaban esperando, apuntándonos con sus rifles y arcos. Casi nos quedamos sin aire, estando al límite de desmayarnos, pero por suerte el agua se expandió rápidamente y conseguimos respirar antes de que ninguno de nosotros llegara a ahogarse.
Una vez que recobramos el aliento y pudimos respirar con normalidad tratamos de levantarnos, lo cual se nos hizo bastante difícil por el peso de nuestra ropa, las armaduras y las capas, que pesaban más de lo normal al estar mojadas. No obstante conseguimos levantarnos y una vez en pie nos aseguramos de que todos estábamos bien. Entonces fue cuando miramos a nuestro alrededor.
Vimos miles de tiendas de campaña que ocupaban todo nuestro lado izquierdo, en el que no había apenas edificaciones. A nuestro lado derecho había numerosas casas tipo chalet y muchas estaban intactas y aparentemente abandonadas. Cuando miramos al frente observamos asombrados cómo una calle muy ancha separaba las tiendas de los chalets y muy al final, a lo lejos, se podía distinguir un castillo tremendo, el cual siempre había estado allí. Ese castillo era de la época feudal y siempre había sido el sitio más atractivo y visitado de Sesenya.
—¡Quietos! ¡No os mováis! —nos gritó un soldado, situado a nuestro lado, que estaba apuntándonos con un rifle y llevaba equipamiento militar bastante avanzado.
—¡Las manos a la cabeza! —ordenó otro soldado, el cual llevaba una cota de malla, un chaleco de tela negra y un arco con una flecha cargada en él.
Nosotros levantamos lentamente los brazos y nos pusimos de rodillas muy despacio. No había sido la entrada triunfal ni la bienvenida que esperábamos, pero seguro que podríamos hablar con alguien para aclararlo todo.
Los soldados gritaban todos a la vez y eso hacía que me fuera imposible entender a ninguno de ellos. Iba a girarme hacia un lado para preguntarle a Hércules sobre si se le ocurría alguna idea, pero al voltear la cabeza vi que tanto el viejo como las chicas estaban tirados en el suelo sin moverse.
Me quedé un par de segundos confundido, pero cuando volví a mirar al frente un soldado enorme se me puso delante y me asestó un fortísimo golpe en la cabeza con la culata de su arma. Instantáneamente, yo también caí de golpe al embarrado y mojado suelo junto a los demás.
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