Pablo Cea Ochoa - Los hijos del caos

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El mundo se ha ido a la mierda. La sociedad, tal y como la conocíamos, ha dejado de existir y hay un nuevo orden en el mundo, un orden que consiste básicamente en la mismísima falta de orden. El caos más absoluto se ha ceñido sobre la tierra y esta se ha plagado de monstruos medio-muertos y de todo tipo de criaturas grotescas y peligrosas, comandadas únicamente por ocho gigantes llamados Titánides, que ansían acabar con todos los humanos supervivientes al apocalipsis para ser los nuevos amos del mundo. Antes, si alguien le hubiese hablado de monstruos, gigantes o del fin del mundo, Percy se hubiese reído a carcajadas, pero desde que él y su amiga Natalie descubrieron que son semidioses, hijos directos de los antiguos y olvidados dioses olímpicos, han vivido escondiéndose y huyendo de todo lo relacionado con lo divino; sin embargo, las circunstancias les obligarán a aceptar sus papeles en toda esa historia, y se meterán de lleno en una guerra brutal y sin cuartel en la que se disputará el destino del mundo y de la humanidad.

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Ella me seguía mirando fijamente con sus penetrantes ojos marrones, en los que vi el reflejo de los míos, amarillos y relucientes. Seguía sin acostumbrarme del todo a verme así y cuando pasaron unos segundos vi que a Natalie le empezó a caer una lágrima lentamente, deslizándose por su mejilla. Al ver eso me senté y me puse frente a frente con ella. Con mi pulgar le limpié esa lágrima y le seguí hablando.

—¿Nat, qué te pasa? —Aún se me hacía raro verla llorar de esa forma cuando casi nunca la había visto hacerlo. Ella agachó la cabeza y no respondió a la pregunta—. Venga, vamos, cuéntame. ¿Qué te ocurre? —insistí.

—No lo sé. Es que hemos pasado ya mucho tiempo estando solos y nos las hemos sabido arreglar. Es solo que no quiero que las cosas cambien —reconoció ella.

—¿Lo dices por ellas? —pregunté mientras movía mi cabeza en dirección a la tienda de Kika y Cristina, que la habían montado al lado de la nuestra—. Tengo mis historias con cada una de ellas, pero ninguna de esas historias es como la nuestra —le expliqué para intentar calmarla y que no viera el cambio de estar solos a estar con ellas como algo malo.

—¡Cambio de guardia! —nos gritó Cristina desde fuera, así que Natalie cogió su arco y su carcaj y salió sin decir nada.

Yo comprendía (o al menos creía comprender) lo que le ocurría, pero no llegaba a entender a qué venía tanta desconfianza hacia mí. Después de todo, yo era quien había estado con ella siempre, el que la había ayudado y la había apoyado en todo momento.

Tras un par de minutos pensando, resoplé y me puse las botas y mi abrigo de pieles, me revisé la herida del muslo y vi que ya estaba completamente curada. Algo extrañado, salí de la tienda para hablar con ella.

Fuera hacía bastante frío, aunque yo no lo sentía, pero sí notaba cómo se me dormían algunas partes del cuerpo que no estaban bien abrigadas. Ya era de noche y las únicas luces que quedaban encendidas eran la de la luna, decreciente, la cual al mirarla me provocaba un buen mareo; la de los farolillos de la entrada de nuestra tienda, que pronto se acabarían quedando sin aceite; las linternas de la tienda de Kika y Cristina y, por último, la luz que aportaba la hoguera.

Cuando me acerqué vi que Natalie estaba sentada, tratando de avivar las llamas para que el fuego no se apagara mientras se cubría el cuerpo con una manta de pieles sacada de nuestra tienda. Poco a poco me aproximé a ella, que estaba algo más calmada, así que cogí uno de nuestros farolillos y me senté a su lado para quedarnos varios minutos contemplando las llamas sin hablar ni decir nada.

—Te voy a contar una de esas historias. Si quieres escucharla, claro —le propuse a Natalie tras un buen rato.

—¿Y si no quiero escucharla? —me replicó ella irónica. Yo la miré muy serio y me dejó continuar, ya que hablar de mi pasado no me gustaba.

—Bien, pues… era un día oscuro, más o menos como estos últimos días. Soplaba en la calle un viento huracanado. Incluso los árboles más sólidos y fuertes daban la impresión de poder partirse en dos en cualquier momento. Ese día me quedé solo en casa después de haber estado durante todo el verano de campamento. Mis padres se solían ir de vacaciones con el resto de mis hermanos y a mí me mandaban a esa especie de campamentos militares para chicos problemáticos, en los que nos obligaban a madrugar, levantándonos a las cinco de la mañana, y nos daban bazofia para comer. Había acabado el campamento y volví en autobús a casa. Vi que mis padres y hermanos aún no habían llegado de sus vacaciones. No me dejaron ni una nota ni nada, así que fui a tumbarme en el colchón de mis padres, que comparado con el mío, roto y deshilachado, era el cielo. Y ahí, tumbado, me puse a pensar en todas las experiencias que había vivido ese último verano —narré para empezar y vi que Natalie me estaba mirando muy fijamente. Había conseguido captar su atención.

—¿Siempre hablas tan dramáticamente cuando hablas de tu pasado? Venga, sigue. No te pares ahora —me respondió cuando dejé de hablar por un momento para coger aire.

—Me puse a pensar y la experiencia que más me había marcado con diferencia había sido pasar esos meses junto a una chica llamada Kika. Desde el primer año que nos encontramos en esos campamentos nos llevamos bien e íbamos juntos a casi todos lados: a las actividades, a las comidas… Incluso llegamos a dormir juntos sin que nadie lo supiera. Éramos como uña y carne y, aunque los monitores trataran de separarnos porque éramos unos trastos, nosotros siempre encontrábamos la manera de pasar tiempo juntos. Lo que más nos gustaba era desesperar a los responsables del campamento. Nos pasamos así esos tres meses y los veranos de los dos años anteriores. No sé, supongo que de pasar todo ese tiempo juntos acabé por quererla como algo más que una amiga —expliqué intentando no trabarme, ya que cada vez que había tratado de hablar de ello con alguien nunca pude acabar la historia. Natalie asintió con la cabeza sin dejar de mirarme ni un solo segundo, como si supiera cómo iba a terminar la historia. Pero seguía interesada en escucharme—. Kika era una chica bastante tímida, por lo que hacer amigos o hablar de tener algo juntos eran cosas que estaban del todo descartadas. Y, bueno, pues ese día en casa me puse a pensar en todo aquello que pudimos haber dicho al otro y que al final no hicimos. Lo único que tenía de ella era una foto montando a caballo y una dirección de correo electrónico, desde la que me mandaba un par de correos a la semana preguntándome cómo me iba y contándome un poco sus continuos viajes por el mundo, aunque nunca me llegó a contar nada acerca de sus padres o del sitio en el que vivía. Pero poco a poco pasaron las semanas y los dos correos semanales se convirtieron en uno. Y más tarde, en ninguno. Llevábamos ya un mes sin hablarnos y sin saber nada uno del otro cuando un día, nada más salir del instituto, la vi. Durante unos breves instantes me emocioné muchísimo al ver su cara entre la multitud, pero enseguida me di cuenta de que no estaba allí por mí. Cuando llegué hasta ella vi que estaba besando a un chico, que resultó ser otro de los que fueron al campamento ese último año. En ese momento no lo pensé, así que me acerqué corriendo hacia ellos y aparté al chaval con un empujón. Kika me miró atónita y el chico me respondió con otro empujón, por lo que, presa de la ira, le di un puñetazo en la cara con el que creo que le partí la nariz, si no lo recuerdo mal. Después de ese incidente me expulsaron del instituto dos semanas y los padres del chico me pusieron una denuncia por agresión, que acabé pagando con servicios a la comunidad durante esas dos semanas, recogiendo la basura del pueblo. Y eso por no hablar de que el castigo en casa fue monumental. Pero no me arrepentí ni un solo segundo de lo que había hecho. Tras lo sucedido aquel día, nadie volvió a ver a Kika por el pueblo ni en ninguna parte, tampoco en la ciudad. Nadie supo nada de ella, ni de dónde era, ni dónde vivía, ni nada acerca de su familia; y yo lo único que tenía era esa maldita dirección de correo, pero, a pesar de que le envié muchos mensajes, nunca más volví a recibir uno suyo. Aún puedo recordar cómo me gritaba mientras le limpiaba la nariz de sangre al otro chaval de mi instituto. Con él tampoco volví a hablar hasta lo que pasó hace unos meses en ese campo de Praga. Le encontré entre la multitud e intenté ayudarle, como a todos, pero llegué demasiado tarde. Y unos segundos después aparecisteis tú y tus padres. Creo que el resto ya te lo sabes… y, bueno, supongo que es por lo que pasó aquel día por lo que ahora Kika no me dirige la palabra. Pero bueno, ya sabes cómo sigue esa historia. Unos meses después de aquello te conocí a ti y todo empezó a ir mejor —terminé de contar la historia muy forzosamente.

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