—Ya, bueno… Hasta que se fue todo a la mierda —añadió ella para rematar la historia con ese toque irónico que tanto le gustaba y que yo no llegaba a entender en la mayoría de las ocasiones.
—Sí… Hasta que todo se fue a la mierda —repetí para que ella creyera que captaba su sentido de la ironía aunque no fuese verdad.
—¿Así que esa es tu historia con esa chica? —me preguntó ella muy pensativa, a lo que yo asentí. Parecía casi como si me hubiera estado psicoanalizando desde que empecé a contarle la historia—. Nunca me lo habías contado —agregó tras un rato, dando a entender que se había quedado un poco descolocada.
—Nunca ha sido un asunto relevante en lo que se refiere a nosotros —le respondí algo a la defensiva. Natalie agachó la cabeza y, no sé muy bien cómo, en ese momento pude sentir lo que ella sentía. No era empatía, era… algo diferente, mucho más específico, como si estuviera dentro de su cabeza y pudiera intuir cosas respecto a sus sentimientos. Me sentía como si estuviera en su piel, literalmente, sintiendo vergüenza, enfado y una inmensa tristeza, que eran las sensaciones que pude cap-tar—. Es una historia que, como bien sabes, ocurrió hace unos cuantos años. Aún éramos niños. Y desde entonces he cambiado bastante, en gran parte gracias a ti. Así que hazme el favor y deja de pensar en cosas del pasado y pensemos en las cosas del presente, como en nosotros, en ti y en mí… ¿Te parece bien? —terminé y miré a Natalie, que aún tenía los ojos llorosos mientras seguía sin desviar su mirada de la hoguera. Pero tras unos segundos acabó por asentir en respuesta a mi pregunta y me abrazó durante varios minutos seguidos, como solía hacer cada vez que nos sentábamos juntos frente al fuego por las noches.
—Sería un buen puñetazo, ¿no? —dijo ella intentando esbozar una sonrisa.
—El mejor que he dado nunca —confirmé entre risas. Parecía que Nat había recuperado su sentido del humor, porque se estaba riendo conmigo.
Todo esto me hizo pensar en cómo le afectó la muerte de su familia. A veces podía volverse algo bipolar e insoportablemente inmadura, pero no la culpaba por ello. Después de todo lo que habíamos visto, creía que era algo completamente normal y, aunque la muerte de nuestros padres nos hubiera afectado de manera diferente, la quería.
Después de hablar un rato de cosas triviales y mundanas, me despedí de ella y me dirigí a mi tienda para poder dormir, no sin antes darle un beso en la mejilla. Había recobrado su sentido del humor, pero muchas veces era mejor dejarla a solas con sus pensamientos hasta que se le pasara. Cuando estaba a un par de pasos de mi tienda y me iba agachando para abrir la cremallera del doble fondo, noté que alguien me agarró del abrigo desde atrás. Me imaginé que sería Natalie, pero cuando me giré y vi a Kika me sobresalté bastante.
—Acompáñame, tenemos que hablar —me dijo muy seria, tanto que casi parecía un robot hablando, uno muy imponente. Cuando vio que yo no reaccionaba volvió a agarrarme del antebrazo y fue tirando de mí mientras nos íbamos internando más y más en el bosque, lejos del campamento y de las tiendas. Yo no quise decir nada por el momento, pero cuando pasaron varios minutos y vi que Kika no me soltaba pegué un fuerte tirón y me paré en seco.
—¿Qué es lo que quieres? ¿Y por qué irnos tan lejos para hablar? —pregunté, temiéndome que quisiera hablar de lo sucedido a la salida del instituto aquel día.
—¿Desde cuándo eres licántropo? —me interrogó con su inquebrantable tono de voz militar, firme e increíblemente monótono.
—Me mordieron hace un par de días. ¿Cómo lo has sabido? —pregunté extrañado. Realmente, me esperaba que me hablara de otras cosas, así que me sentí bastante aliviado en ese sentido.
—No hace falta ser un genio para darse cuenta. Digamos que se ve a simple vista —aclaró ella poniendo especial énfasis en las últimas palabras mientras abría sus ojos muy extravagantemente. Puso una cara bastante inquietante.
—Bien, vale. ¿Y qué te importa eso? Y más a ti —le respondí con cierto rencor en mi tono de voz. Aún me seguía olvidando de que ahora mis ojos eran amarillos y que se veían a la legua. Ya me iría acostumbrando a ello.
—Por preguntar… —Y ahí fue cuando se le empezó a quebrar la voz y ese tono militar desapareció por completo para ser sustituido por uno mucho más suave—. Sé que nunca te pedí perdón por lo que hice contigo —reconoció con la intención de inspirar algo de lástima con esa voz tan aparentemente rota.
—¿Por qué? ¿Por usarme como tu marioneta ese último verano en el campamento o por hacerme ilusiones para después enrollarte con otro tío? Tranquila, ya lo tengo superado, pero no creo que quiera perdonarte. Si os he dicho de formar grupo entre los cuatro es por pura supervivencia —le espeté todo lo duramente que pude.
—Mira, entiendo que tengas un poco de rencor por aquello, pero si me dejas intentar explicarte lo que pasó podría… —intentó decir, pero yo la corté para que no pudiera tratar de excusarse.
—¿Un poco de rencor? ¡Ya te di la oportunidad de excusarte! ¡Te mandé cientos de correos electrónicos y no me respondiste a ninguno! ¡Fuiste la primera persona a la que de verdad quise y me traicionaste! Tener un poco de rencor no es ni la mitad de cómo estoy —le grité presa de mi repentino enfado, que aumentaba más y más con cada palabra que salía de su boca. Ella se asustó por mi reacción, algo totalmente entendible. Supuse que tener a un licántropo enfrente y estar rozando el límite de su paciencia era una situación algo incómoda y no solo para ella. Para mí también.
—Lo sé, hice muchas cosas de las que me arrepiento mucho, pero admite que tu reacción al enterarte fue un poquito desproporcionada, ¿no crees? —me replicó alzando el tono y sacando un poco de pecho, dándome a entender que lo que había ocurrido no era para tanto. Pero a mí fue algo que me marcó y me tocó bastante.
—¿Un poquito qué? —grité rabioso y noté como una especie de cosquilleo en la punta de los dedos de las manos y en los pies, acompañado también por un calor que provenía de mi estómago, junto con un dolor tremendo y atroz en mis encías, dentro de mi boca.
En ese instante me di cuenta de que había desencadenado una especie de transformación al ver cómo mis brazos empezaron a cubrirse de pelo y mis uñas se volvían garras. El enfado y el dolor físico hacían una muy mala combinación, así que empecé a golpear árboles y rocas, todo lo que me encontrara y con lo que pudiera desahogarme; pero, lejos de lograr calmarme, lo único que conseguí fue agravar mi enfado aún más.
—¿Qué haces? ¡Para! —me pedía Kika gritando mientras trataba de salir corriendo en dirección a las tiendas. Yo la miré y solo por un instante lo vi todo borroso y desenfocado. Un segundo después escuché a Kika gritar. Cuando pude volver a ver nítidamente me encontraba encima de una chica totalmente inmovilizada y aterrada. La chica tenía tanto miedo que era incapaz de gritar. Solo sollozaba mientras cerraba sus ojos con fuerza—. Por favor… —me suplicaba entre lágrimas, pero realmente no la entendía cuando hablaba. Supe lo que me había dicho por la manera en la que movió sus labios para decirlo. En mi interior pensaba que debería parar, pero cuanto más me resistía a hacerle daño más fuerza hacía contra ella—. Percy, por favor, tú no eres así —dijo mientras sollozaba. Me di cuenta de que intentaba alcanzar disimuladamente el mango de la espada que llevaba envainada en su cinturón, pero le fue inútil intentarlo.
Yo grité, intentando controlar mis acciones, pero de mi boca solo salió un rugido y cuando terminé de rugir dejé abierta mi boca mientras miraba fijamente a su cuello.
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