Pablo Cea Ochoa - Los hijos del caos

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El mundo se ha ido a la mierda. La sociedad, tal y como la conocíamos, ha dejado de existir y hay un nuevo orden en el mundo, un orden que consiste básicamente en la mismísima falta de orden. El caos más absoluto se ha ceñido sobre la tierra y esta se ha plagado de monstruos medio-muertos y de todo tipo de criaturas grotescas y peligrosas, comandadas únicamente por ocho gigantes llamados Titánides, que ansían acabar con todos los humanos supervivientes al apocalipsis para ser los nuevos amos del mundo. Antes, si alguien le hubiese hablado de monstruos, gigantes o del fin del mundo, Percy se hubiese reído a carcajadas, pero desde que él y su amiga Natalie descubrieron que son semidioses, hijos directos de los antiguos y olvidados dioses olímpicos, han vivido escondiéndose y huyendo de todo lo relacionado con lo divino; sin embargo, las circunstancias les obligarán a aceptar sus papeles en toda esa historia, y se meterán de lleno en una guerra brutal y sin cuartel en la que se disputará el destino del mundo y de la humanidad.

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A Gerges parecía divertirle la situación. Se lo pasaba bien viendo el sufrimiento del niño, pero cuando se hubo aburrido de escucharle gritar alzó de nuevo su mano y cerró el puño. Nuevamente las raíces empezaron a moverse como si fueran boas, ejerciendo una presión tal sobre el cuerpo del adolescente que en cuestión de pocos segundos ya no se escuchaba ningún grito. Cuando vimos que Gerges dejó atrás los cuerpos de sus enemigos y que se alejaba caminando junto con el resto de sus hermanos, aquella nube de polvo negro y brasas comenzó a envolvernos de nuevo mientras veíamos cómo las raíces desaparecían y dejaban el cadáver del niño en el suelo.

Unos instantes después volvíamos a estar todos frente a la hoguera, que ya estaba casi apagada.

—¿Qué ha sido todo eso? —preguntó Cristina, que aún estaba intentando asimilar lo que acababa de presenciar.

—¿Cómo coño has hecho eso? Percy, Natalie, ¿por qué no decís nada sobre esto? —nos interrogó Kika con impaciencia. Se sentía incómoda al no entender nada.

—Esto es a lo que os enfrentáis. Y os lo he enseñado para poder concienciaros de que esos monstruos realmente existen y que son un mal muy real. Tras esos acontecimientos los dioses consiguieron encerrarlos en el Tártaro, pero se han vuelto a escapar y esta vez no pueden contenerlos los dioses en persona. Necesitan que seáis vosotros quienes les plantéis cara —aseguró el viejo.

—¿Dioses? ¿Titánides? ¿De qué va todo esto? ¿Que nosotros qué? —seguía preguntando Kika incesantemente. Entonces mi mirada y la del anciano se cruzaron y supe que había llegado la hora de aceptar mi papel en esta historia de manera definitiva aunque no me hiciera ninguna gracia tener esa responsabilidad.

—Esto va de que sois especiales, porque los cuatro sois semidioses, frutos de la unión entre un dios y un humano, y va de que ahora mismo solo vosotros podéis derrotar a los titánides —explicó el viejo algo cansado. Cuando le miramos todos con caras extrañas siguió hablando—. Sí, en efecto, tal y como lo escucháis: semidioses. Es más, tú seguramente te llames Kika, hija de Zeus —dijo el anciano, animado y con mucha ilusión, dirigiéndose a Kika. En ese momento el premio para la mejor cara de asombro seguramente hubiera sido para mí y no para Kika—. Y, por lo tanto, debes empuñar esta espada. —El hombre extrajo de su túnica una reluciente espada que parecía estar bañada en oro y se la entregó con sumo cuidado a Kika, la cual seguía sin creerse todo lo que estaba pasando.

—Este hombre está delirando, y mucho. Mira, no sé qué tipo de droga nos habrás dado para que veamos eso, pero… —afirmó Cristina, que se levantó del tocón en el que estaba sentada y empezó a dar vueltas, consternada e incrédula, sin apartar la vista del extraño viejo, el cual ahora la miraba a ella sonriente.

—A pesar de mi avanzada edad, yo no deliro, hija de Poseidón — le respondió rápidamente y también sacó de su túnica una especie de tridente no muy largo, pero sí extremadamente pesado (o eso parecía), que tenía un zafiro incrustado en el medio. Se lo entregó a Cristina, la cual aún seguía incrédula con todo lo que estaba ocurriendo—. Es más, creo que estoy muy bien para la edad que tengo, ¿no es así? —dijo mirándonos a Natalie y a mí. Los dos ya sabíamos perfectamente lo que se nos venía encima, pero desde hacía tiempo éramos conscientes de que ese momento acabaría llegando tarde o temprano—. Natalie, la hija de Artemisa. A ti te hago entrega de este pequeño frasco, cuyo líquido puede curar, sanar e incluso cerrar cualquier herida, aunque sea mortal. Empléalo bien y con sabiduría, porque lo necesitarás —le sugirió al entregarle un frasco de cristal rojo, dentro del cual ondeaba un líquido azul muy espeso. Natalie no dijo nada. Se guardó el frasco en su abrigo para después encogerse de hombros y mirar al suelo. Con esa historia, ver de nuevo a Gerges y ahora esto, ese hombre estaba reabriendo heridas que ya estaban casi cerradas dentro de la mente de Natalie. Y eso no podía traerle nada bueno, ni a ella ni a nadie—. Y cómo no… —agregó mirándome a mí—. Resulta irónico que el hijo de Hades sea licántropo, ya que fue tu padre el que creó esa maldición hace algo más de un par de milenios por encargo de su propio hermano, Zeus. Pero igualmente quiere que tengas estas espadas, sus espadas, las cuales, empuñadas por un hijo de Hades, pueden llegar a matar cualquier cosa. Trátalas con cautela —me dijo en un tono desconfiado mientras sacaba un par de espadas más de su túnica y me las entregaba un poco a regañadientes. Eran pequeñas, pero su forma denotaba que estaban hechas para ser utilizadas con un estilo de combate bastante agresivo. Su diseño me recordaba un poco a la espada que aquel niño le clavó en la pierna a Gerges en la visión.

—¿Y se puede saber quién eres tú? —le pregunté fríamente cuando terminé de examinar las espadas, las cuales tenían sus hojas hechas con un material que no había visto nunca en mi vida.

—Soy un enviado de los dioses y tengo muchos nombres, pero por el momento podéis llamarme Hércules. También soy hijo de Zeus, pero pertenezco a otra generación de semidioses, una mucho más antigua que la vuestra —explicó mirando de reojo a Kika.

Todos nos miramos algo incómodos, pero emocionados en cierto modo por el hecho de tener aquellos objetos de tanto poder en nuestras manos. A Kika y a Cristina se las veía extrañamente tranquilas y emocionadas con todo aquel tema. Pero antes de hacerme algún tipo de ilusiones caí rápidamente en la cuenta de que los dioses no regalaban nada sin esperar algo a cambio.

—¿Y por qué los dioses han querido que nos entregues estos objetos exactamente? Nunca dan nada gratis —pregunté intentando camuflar mi tono insolente todo lo que pude, que no era mucho.

—Ya me advirtieron de lo insolentes y desagradecidos que seríais —respondió Hércules ofendido por mi insinuación—. Aunque he de admitir que no eres tonto, hijo de Hades —reconoció con una sonrisa pícara en el rostro—. Mucho me temo que estoy aquí para comunicaros que los dioses os quieren encomendar una tarea. Y es mi deber acompañar a los que aceptéis el encargo.

—Y supongo que es una tarea sencilla, ¿no? —ironicé nuevamente y noté cómo Natalie me pisó con fuerza en el pie para hacerme entender que debía cortarme un poco a la hora de hablar.

—La tarea consiste en reuniros con los demás semidioses restantes de vuestra generación, junto con sus actuales séquitos, y convencerles para luchar juntos contra los titánides, como hermanos que sois, para poder restablecer el orden en el mundo, acabar con este caos y así poder volver a empezar —detalló haciendo caso omiso a mi comentario.

—Aunque quisiéramos hacerlo, ¿por qué iban a escucharnos? — pregunté con menos insolencia en mi tono de voz. En cualquier caso, yo no tenía ninguna intención de aceptar esa tarea suicida. Aunque me dieran las armas más bonitas del mundo, me seguiría negando a hacerles caso a los dioses.

—Lo harán porque vosotros tres —dijo señalándonos a Kika, a Cristina y a mí— sois los hijos de los tres dioses más importantes. No sabemos si ellos aceptarán la tarea o si ya lo han hecho, pero lo que es seguro es que os escucharán. Siempre y cuando les habléis con respeto —aclaró mirándome de reojo y con desdén—. Además, según el oráculo del Olimpo, si consiguierais aliaros con ellos contaríais con un ejército de casi diez mil hombres y mujeres dispuestos a morir con tal de acabar con los inferis y sus creadores —terminó de decir, pero a mí todo me sonaba a cuento chino. Ya había tenido el trato suficiente con los dioses como para saber que nada de lo que dijeran sería verdad al cien por cien. Y a mí nunca me gustaron las medias tintas

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