1 ...7 8 9 11 12 13 ...33 —¿Diez mil? —repitió Kika asombrada—. Bien, entonces lo haremos. Mañana emprenderemos la búsqueda de esos tales semidioses —afirmó la hija de Zeus, que parecía haberlo asimilado todo extrañamente rápido, igual que Cristina, que también aceptó encantada la proposición de Hércules sin saber dónde se metían ni lo que se les vendría encima al tomar esa decisión.
Entonces yo miré a Natalie y al ver la expresión de su cara supe que se estaba planteando seriamente aceptar la petición. Cruzamos miradas y yo negué con la cabeza, tratando de convencerla, ya que ambos nos hicimos una promesa muy seria poco después de que murieran nuestras familias a manos de los titánides. Esperaba con toda mi fe que rechazara la oferta y devolviera el frasco con ese líquido tan raro. Pero no fue así.
—¡Y yo! Yo también iré —aseguró Natalie decidida.
Yo la miré sorprendido, ya que la promesa que nos hicimos constaba de dos partes: una, que nunca nos separaríamos, pasara lo que pasara; y segundo, que no nos meteríamos en este tipo de asuntos de dioses y monstruos. Así que ahora todos me miraban a mí impacientes. Yo no quería aceptar, pero si Natalie iba yo también. No podía alejarme de ella.
—Está bien —concedí resoplando y todos se alegraron de escuchar esas palabras. Todos, menos yo. Sabía que me acabaría arrepintiendo de tomar esa decisión.
—¡Bien! ¡Muy bien! —gritó Hércules eufórico y acto seguido volvió a meter sus huesudas manos en su túnica para sacar un mapa enorme, que tuvo que extender en el suelo, cerca de la hoguera, para que pudiéramos verlo bien.
Era un mapa de todo el mundo y, según él, los semidioses de nuestra generación estábamos todos en Europa aunque algunos de ellos no fueran europeos. Hércules dijo que, si el oráculo del Olimpo no se equivocaba, había una chica china, un chico sudafricano y otro sudamericano, pero el resto estábamos todos en Europa: Inglaterra, Noruega, España, Francia y, obviamente, Grecia.
—¿Y tenemos que encontrarlos a todos? —preguntó Natalie confusa. Eso era algo que también me preocupó en un principio, cuando vi el mapa del mundo. Si tuviéramos que viajar por el mundo para reunir a todos esos semidioses tardaríamos muchos años en lograrlo.
—Si así fuera moriríamos todos antes de terminar de reunirlos. No, a ellos también se les han enviado emisarios. Todos acabarán por acudir a la reunión en el punto acordado, donde varios de vosotros os criasteis y pasasteis gran parte de vuestras vidas. Justo aquí —dijo el viejo señalando con el dedo un punto en el centro de España.
—¿Y qué lugar es ese? —quiso saber Cristina, que era de nacionalidad francesa, aunque sabía hablar varios idiomas con muchísima fluidez. A ella también la conocí en los mismos campamentos que a Kika. Es más, en la foto que tenía con Kika montando a caballo ella aparecía con nosotros. Siempre fue su mejor amiga dentro del campamento, aparte de mí. Y en aquella época había muchas cosas que me indicaban que ellas dos ya se conocían desde hacía mucho tiempo, pero ninguna de las dos habló nunca de ese tema con nadie.
—Yo sé dónde está eso. Estuve allí una vez —anunció Kika mirándome de reojo y haciendo referencia a aquel día en el que le partí la nariz a su ligue.
—Sesenya… —tercié yo, que empecé a ir encajando las piezas del puzle que tanto tiempo llevaba desarmado dentro de mi cabeza. Parecía como si toda mi vida hubiera sido una sucesión de coincidencias enormes que me habían llevado hasta este preciso momento, obligado a aceptar una misión que me llevaría al lugar en el que había pasado toda mi infancia y mi adolescencia.
CAPÍTULO 5
El paso de las montañas
PERCY
La mañana del día siguiente era muy oscura, como todas las demás, pero a pesar del mal tiempo todo se encontraba tranquilo, sin tormentas previsibles. Me preguntaba a dónde habían ido a parar las nubes negras que había visto en la mañana anterior, ya que en ningún momento llovió a lo largo del día.
—Vamos, pongámonos en marcha antes de que se ponga a llover. No me gustaría caminar estando calada hasta los huesos —dijo Kika mientras terminaba de desmontar su tienda con la ayuda de Cristina y de Hércules, que les sujetaba las bolsas de utensilios para supervivencia, en las que seguramente llevarían lo mismo que Natalie y que yo: cuerdas, potabilizadores de agua, algunos arneses y bastones para andar, aparte de algún mechero o utensilios para hacer fuego.
—En marcha pues —añadió Hércules, que había optado por sentarse un momento antes de salir en el tocón cortado más próximo a los restos de la hoguera que hicimos la noche anterior.
Tardamos más de diez minutos en recogerlo todo y en ponernos en marcha. Aunque ninguno sabíamos exactamente dónde estábamos, por los paisajes y carreteras yo llevaba tiempo creyendo que sería una zona del norte de Europa, tal vez al sur de Alemania, pero me era imposible saberlo sin ver una ciudad o carteles y sin disponer de GPS, los cuales dejaron de funcionar a las pocas semanas del estallido. Pero dónde estuviéramos realmente era algo indiferente porque, después de todo, sería Hércules el que nos guiaría y nos haría llegar a Sesenya en pocas semanas. Aunque si realmente estábamos en Alemania no sabía cómo pensaba llevarnos hasta el centro España en solo unas semanas y a pie.
Al pensar en eso me di cuenta de lo lejos que habíamos llegado Natalie y yo con tal de escondernos y de huir de los inferis y también pensé en la increíble y extraña coincidencia de habernos encontrado a Kika y a Cristina y que, además, yo las conociera y que ellas también fueran como nosotros. Era demasiada casualidad, incluso para los dioses que, según Hércules, se pusieron de acuerdo para que varios de sus hijos se conocieran por si ocurría una catástrofe como la que acabó ocurriendo a pesar de que varios nos conociéramos.
En torno al mediodía paramos unos minutos a descansar para comer. Natalie hablaba con Cristina de algún tema relacionado con los idiomas, ya que la había escuchado hablar en lo que creí que era polaco con Kika. Mientras, esta última hablaba con Hércules sobre su padre, ya que en cierto modo ellos dos serían como hermanastros.
Yo, entre tanto, me bebí el caldo que había preparado Natalie improvisadamente con un poco de la carne del cervatillo del otro día y después me puse a limpiar y afilar las espadas que me había entregado Hércules. Aunque intentaba no empuñarlas durante demasiado tiempo, ya que una sensación muy siniestra y que no me gustaba nada invadía mi cuerpo cuando lo hacía.
—Deberíamos continuar hacia las montañas que se ven en el horizonte. Será un camino largo y agotador, sobre todo para mí, pero una vez allí encontraremos refugio para dormir y pasar la noche —propuso Hércules mientras caminaba apoyando levemente su peso sobre un bastón de madera muy grueso.
Aquellas eran unas montañas muy altas, con subidas empinadas y rocosas, y yo juraría que nunca las había visto antes a pesar de que llevábamos un par de semanas moviéndonos por esos bosques y sus alrededores.
Tras varias horas de caminata llegamos exhaustos a los pies de las montañas y vimos que no había ningún camino de ascenso que pudiéramos tomar para subir.
—Tendremos que escalarlas. Rodeándolas tardaríamos demasiado tiempo y el tiempo es esencial, así que os espero en la cima —dijo Hércules desde detrás de nosotros, ya que era el más lento y siempre caminaba siendo el último.
Pero cuando nos giramos para contestarle este había desaparecido como por arte de magia. Nos miramos entre nosotros y finalmente optamos por intentar escalar hasta llegar a la cima, aunque a ninguno le hacía gracia, en especial a Natalie, a la que desde siempre le habían dado pánico a las alturas. Era un miedo que seguía conservando desde que era pequeña.
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