Pablo Cea Ochoa - Los hijos del caos

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Los hijos del caos: краткое содержание, описание и аннотация

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El mundo se ha ido a la mierda. La sociedad, tal y como la conocíamos, ha dejado de existir y hay un nuevo orden en el mundo, un orden que consiste básicamente en la mismísima falta de orden. El caos más absoluto se ha ceñido sobre la tierra y esta se ha plagado de monstruos medio-muertos y de todo tipo de criaturas grotescas y peligrosas, comandadas únicamente por ocho gigantes llamados Titánides, que ansían acabar con todos los humanos supervivientes al apocalipsis para ser los nuevos amos del mundo. Antes, si alguien le hubiese hablado de monstruos, gigantes o del fin del mundo, Percy se hubiese reído a carcajadas, pero desde que él y su amiga Natalie descubrieron que son semidioses, hijos directos de los antiguos y olvidados dioses olímpicos, han vivido escondiéndose y huyendo de todo lo relacionado con lo divino; sin embargo, las circunstancias les obligarán a aceptar sus papeles en toda esa historia, y se meterán de lleno en una guerra brutal y sin cuartel en la que se disputará el destino del mundo y de la humanidad.

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Al escuchar ese último comentario me descoloqué un poco y relajé mi postura, porque sabía perfectamente a lo que Natalie se había referido. Entonces Kika aprovechó ese momento para arrebatarme la espada con mucho ímpetu y tras eso nos quedamos en silencio. El viejo nos miró a cada uno de nosotros de arriba abajo, muy detenidamente y con ojo crítico, lo cual me incomodó bastante.

—Sois especiales. Lo sabéis, ¿no? —señaló el hombre entusiasmado cuando terminó de analizarnos, a nosotros y a nuestro físico.

—¿Especiales? ¿En qué sentido? —preguntó Kika, aunque yo ya me estaba oliendo por dónde irían los tiros tan solo con fijarme en la cara de Natalie. Yo ya había dejado claro en cientos de ocasiones que no quería tener absolutamente nada que ver con las cosas de las que nos iba a hablar el viejo, pero igualmente seguí escuchándole. Quería oír lo que tuviera que decirnos.

—Sois especiales en todos los sentidos —respondió él muy pausadamente y deslizó su mano derecha hacia el interior de su túnica para sacar algo de allí. —Al ver como movió la mano yo me puse muy tenso y Kika agarró con fuerza el desgastado mango de su espada. Cuando el viejo se fijó en nuestras reacciones se rio y volvió a hablar—. No es sano que tengáis tanta desconfianza en un pobre anciano —afirmó irónicamente—. Es más, debería desconfiar yo más de un licántropo que se encuentra en medio del bosque con tres chicas jóvenes —siguió diciendo mientras me miraba al soltar esa insinuación tan horrible.

—¿Qué? espeté mientras me aproximaba al hombre de forma amenazante, sacando pecho y con los brazos hacia atrás. Pero él ni se inmutó. Siguió hablando de una forma tranquila y sosegada.

—Bien, si todos estamos de acuerdo en que puedo hablar —empezó a decir mientras se levantaba—, observad el pasado.

Sacó un montón de polvo negro de su túnica y lo arrojó a la hoguera. Al instante una nube de humo negro, mezclada con brasas y tierra, empezó a salir de la hoguera y a rodearnos hasta dejarnos sin visión.

Cuando la nube se disipó por completo, nos encontramos en otro lugar muy diferente. Estábamos justo en medio de lo que parecía ser una pradera, bajo un cielo azul claro y sin nubes. Y no tardamos mucho en percatarnos de que cerca de nosotros estaba teniendo lugar una pequeña batalla entre lo que parecían ser varios chicos y chicas de nuestra edad y una horda enorme de inferis.

—Esta fue la más importante y la única vez que se creó la Resistencia de Semidioses —explicó el viejo como si estuviera narrando una historia para niños. Kika y Cristina estaban alucinando; no entendían lo que había ocurrido o por qué estábamos en ese sitio. Supuse que esa era la primera vez que habían visto a alguien hacer magia o algún hechizo.

De repente notamos cómo el suelo empezó a temblar bajo nuestros pies y cómo se iba resquebrajando poco a poco. Los chavales dejaron de pelear contra los inferis por un momento, ya que varios de los muertos cayeron en las grietas que se habían abierto en el suelo, acompañados por un par de aquellos adolescentes.

Un fuerte destello de luz blanca apareció y desapareció en medio de la pradera y cientos de metros de hierba quedaron abrasados y calcinados. Entonces una figura gigantesca y bastante parecida a un humanoide apareció en el campo de batalla. Natalie y yo nos miramos durante un par de segundos y nos quedamos helados al ver la silueta del gigante.

—¿Gerges? —alcanzó a decir Natalie, aún intentando recuperarse del shock. Cristina y Kika no entendían nada de lo que estaba ocurriendo. Estaban flipando.

—¿El emperador persa? ¿El de la película esa tan famosa de los griegos? —preguntó Cristina inocentemente.

—No exactamente. Sí, es el mismo nombre, pero este Gerges es el líder de los titánides —puntualizó el anciano antes que yo, justo cuando varias luces centelleantes aparecieron y desaparecieron al lado de la figura del gigante. Unos segundos después había casi una decena de gigantes más, a cada cual más grande y deforme, aunque ninguno era tan grande como su hermano mayor—. Aro, Percival, Rock, Saum, Al, Reus y Zahg. Sí, ocho titánides había hace mil años y ocho sigue habiendo hoy en día. Observad —dijo el viejo sin poder ocultar su entusiasmo. Parecía divertirse al ver esa pequeña batalla.

Los semidioses que quedaban volvieron al combate y cargaron contra los ocho titánides y sus hordas de inferis. A pesar de la corta edad de los jóvenes griegos, plantaron cara a los gigantes y se lo pusieron difícil para matarlos.

—¿Quién vence? —preguntó Kika impaciente, ya que el combate empezó a alargarse, tras unos cuantos minutos viendo a los chicos matando inferis y correteando entre los pies de los titánides.

—Solamente seguid mirando… —respondió el viejo.

Los niños habían conseguido dejar fuera de combate a varios de los gigantes a pesar de no ser lo suficientemente fuertes como para matarlos. Pero cuando parecía que la balanza de la batalla se decantaba por el lado de los semidioses Gerges se agachó y, con toda la tranquilidad del mundo, tocó el suelo con la palma de su mano y este volvió a temblar, pero con aún más fuerza.

Muy próximas a los adolescentes comenzaron a brotar docenas de raíces que se movían violentamente, como si fueran los tentáculos de un pulpo, y tras unos segundos consiguieron inmovilizar a todos los semidioses que aún seguían con vida.

Gerges sonrió y se paseó por delante de sus enemigos, luciendo su extremadamente musculado y escamoso cuerpo repleto de tatuajes dorados. Se rio un buen rato de ellos y de su triste intento de derrotarlo solos y sin ayuda. Pero cuando pasó frente a un niño, el más joven de todos, este consiguió sacar su brazo de entre las raíces y hundió la hoja de una pequeña espada curva en el gemelo del titánide. Al contacto con la hoja de la espada, al gigante se le empezó a ennegrecer la piel de toda la pierna progresivamente. Gerges gritó y su grito retumbó e hizo temblar las piedras y los cadáveres del suelo. Cuando se alejó del niño, rápidamente se sacó la espada del gemelo y la arrojó todo lo lejos que pudo. La lanzó con tanta fuerza que la vimos desaparecer en el cielo sin saber dónde cayó.

—Te arrepentirás de eso —le advirtió con su voz grave y profunda—. Pero antes deja que te muestre cómo mueren todos tus amigos —dijo mientras alzaba su mano abierta.

Cuando cerró su puño, las raíces que inmovilizaban a los semidioses se movieron para estrangularlos, no sin antes partirles todos y cada uno de los huesos de sus cuerpos, y no pararon hasta que se dejaron de escuchar gritos. Entonces fue cuando desaparecieron, dejando a la vista los cadáveres de los chicos, totalmente aplastados y destrozados.

Todos habían muerto. Todos, excepto una chica algo mayor que los demás, de unos veinticuatro o veinticinco años, la cual se arrastraba por el suelo, dejando un rastro de sangre tras de sí, ya que tenía ambas piernas partidas y aplastadas. Era una imagen bastante dura y desagradable de ver. Pero enseguida Gerges se percató de que había quedado una superviviente y se acercó para atraparla con una de sus enormes manos mientras ella gritaba y agonizaba. Cuando la puso frente a frente con su cara, la chica consiguió reunir las fuerzas y el valor suficientes como para escupirle en un ojo.

—Una pena —lamentó el gigante, limpiándose el escupitajo del ojo con la mano que tenía libre. Cuando terminó puso a la chica frente al niño, que aún seguía atrapado en las raíces, y con ambas manos comenzó a doblar el cuerpo de la joven como si de plastilina se tratara—. Demasiado valiente —terminó de decir.

—¡No! ¡Sarah! —gritaba el niño una y otra vez mientras desde el cielo, que se había cubierto de nubes negras, se empezaron a escuchar truenos. Cuando Gerges terminó con ella dejó caer su cadáver destrozado al suelo para que estuviera al alcance de la vista del niño, el cual seguía pataleando y gritando el nombre de su amiga sin parar.

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