Gianni Vattimo - Poesía y ontología

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He aquí un libro que posee dos virtudes: la primera, el hecho de tratar en profundidad las particulares cuestiones heideggerianas acerca del arte; la segunda, el abrirnos la posibilidad de apreciar la trayectoria de su autor, Gianni Vattimo, una de las figuras más destacadas y a la vez más polémicas de la llamada posmodernidad. Poesía y ontología es un libro heideggeriano, de modo que Heidegger está presente en todas sus páginas, explícitamente en la primera parte y más implícitamente (aunque el capítulo VII está totalmente dedicado a él) en la segunda. Esta introducción quiere abordar el sentido de esa omnipresencia. Pero además, y a pesar de que Poesía y ontología pertenece a un período anterior al pensamiento débil propugnado por Vattimo, busca identificar las claves que en su interior ya lo anuncian.

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De nuevo puede considerarse aquí a Hegel como el que ha realizado el mayor intento de integración de la historia del arte en la estética (como, por lo demás, de la historia de la filosofía en la filosofía), aunque siempre desde el punto de vista de una dialéctica que implicaba la conciencia global de la totalidad, el punto de vista de lo absoluto.

El peligro implícito en este modo de plantear las cosas, sin embargo, más que el de un retorno a Hegel parece ser el de una confusión general que invalide de un golpe todo el trabajo realizado por la estética de nuestro siglo –y sobre todo por la italiana, liberada del actualismo y su furia unificadora– para conseguir distinciones precisas, diferenciando rigurosamente el nivel del discurso filosófico sobre el arte del discurso crítico, del técnico, etc. Ahora, sin querer descuidar del todo la importancia de estas distinciones, se trata ante todo de poner de manifiesto, junto a ellas, la exigencia de una consideración integral del fenómeno del arte. 21También es estética de pleno derecho, desde este punto de vista, una lectura filosófica de la obra de un poeta: donde por lectura filosófica se puede entender tanto la enucleación de la visión de la condición humana presente en esa obra como el estudio de cómo en ella se modela y se modifica, concretamente, el significado mismo del término y del concepto de poesía. Estética es, en suma, desde el punto de vista ontológico, todo aquello que concierne al significado del fenómeno del arte, desde la descripción «trascendental» de la experiencia estética hasta la definición del significado que tiene, para la época del ser, una determinada obra de arte.

Tal y como sucede cuando se intenta hacer valer una exigencia, puede ocurrir que en esta formulación haya todavía mucha desmesura e imprecisión. El problema, sin embargo, es claro: recuperar una posibilidad de lectura integral del hecho artístico, quizá poniendo provisionalmente entre paréntesis la necesidad de las distinciones, a fin de liquidar definitivamente un concepto de filosofía como descripción pura (y pura descripción) de estructuras de la experiencia, en la que la exigencia de la fundamentación es satisfecha de manera puramente tautológica.

Hasta este momento, no obstante, lo que se ha puesto de manifiesto es solamente la necesidad de considerar de modo integral el acontecimiento del arte como tal, rehusándose aislar de él un aspecto considerado permanente y esencial y, en cuanto tal, asignado a la reflexión filosófica. Pero esa consideración integral del fenómeno del arte sería aún una descripción pura y simple de estructuras, por más que consideradas en su acontecer, si no comprendiese un segundo momento, aquel en el que el Wesen no sólo es visto en su acontecer, sino también en su apertura al ser. 22

Si la auténtica exigencia presente en la mentalidad metafísica de la fundamentación es la de la apertura a la relación con lo radical e irreductiblemente otro, una ontología del arte consistirá, al fin y al cabo, en evidenciar, a todos los niveles de la descripción a que antes se aludía, las grietas a través de las cuales el acontecimiento del ser se deja ver, precisamente, como acontecimiento del ser. En este sentido, la ontología del arte ejerce sobre los «sistemas» estéticos una función de puesta en crisis de su carácter cerrado y sistemático. Sin embargo, no sólo sobre los sistemas estéticos, sino también, y por eso decía que a todos los niveles, sobre los modos de lectura crítica de las obras, por ejemplo. El carácter ontológico del acontecimiento del ser no se revela de manera privilegiada en el nivel de lo que la tradición ha entendido por discurso filosófico. Antes bien, en esta perspectiva, discurso filosófico se da siempre y sólo allí donde, tanto si se trata de la descripción, que hemos llamado «trascendental», de cierto campo y tipo de experiencia, como del discurso mucho más particular sobre una obra determinada, se deja aparecer la característica apertura a la ulterioridad que es propia del acontecimiento del ser. Por eso, en rigor, una ontología del arte puede hacerse tanto en el seno del discurso filosófico general como en el seno de la reflexión sobre una obra singular: considerar que el lugar de la ontología sea la filosofía en el sentido histórico del término implica quizá una visión todavía jerarquizada del ente y, paralelamente, de las ciencias, parecida a la aristotélica. La ontología no es la «filosofía primera» o ciencia primera en el sentido jerárquico. Es la pregunta sobre qué tiene que ver con el ser, cómo revela la apertura al ser, un determinado ente o una región del ente; la pregunta sobre su esencia, en el sentido eventual del término.

En un primer momento, la descripción del fenómeno del arte, que se puede hacer a distintos niveles y utilizando las más variadas contribuciones especiales, comprendidas las de las ciencias «positivas» aplicadas a tales fenómenos, debe tener una función preparatoria; o mejor, suministra el material sobre el cual el pensamiento ontológico se ejerce.

En definitiva, si se tratase sólo de alcanzar una mayor claridad y una visión unitaria acerca de lo que nos cabe experimentar (fundamentación como indicación de las condiciones de posibilidad de la experiencia; puesta en evidencia de las estructuras como forma de apropiarse totalmente de la experiencia y gozarla del modo más integral), la función de la filosofía se reduciría a cultivar y satisfacer una especie de refinado narcisismo del espíritu, que tiende a poseerse mejor, a disfrutar más de sí, a desplegarse totalmente.

Si no debe ser eso, sino satisfacción de la exigencia que se impone, también en el ámbito de la metafísica, de encontrar realmente lo otro en donde hallar, así, «fundamentación», *la filosofía debe ser una descripción de la experiencia que tiene como objetivo los puntos de discontinuidad de ésta, aquellas grietas o aperturas a través de las cuales se manifiesta algo que no es el ente ni se reduce al ente, y por lo cual el ente es verdaderamente «posibilitado». 23

Para una investigación de este tipo, el arte, indagado tanto en sus estructuras «trascendentales», en las poéticas, los programas y los métodos críticos, como en los contenidos mismos, significados o resultados de las obras, ofrece un campo vastísimo e incluso parece, quizá más que otros aspectos de la experiencia humana, no sólo permitir sino requerir explícitamente una interpretación ontológica que, contra toda ilusoria clausura sistemática de ella, evidencie las aperturas hacia la ulterioridad. **En cuanto que tal ulterioridad no será nunca alcanzable plenamente, permanece en la filosofía una cierta naturaleza apofática o «nostálgica»; consideradas así, las situaciones humanas se revelan ciertamente como vías de aproximación al ser. El arte es una de estas vías de aproximación, e incumbe a la estética ontológica ponerlo de manifiesto.

1.Para una interpretación más documentada y detallada del pensamiento de Heidegger me permito remitir a mi volumen Essere, storia e linguaggio, Torino, 1963. Sobre la base de esta interpretación se comprenderán más claramente las tesis sostenidas en el presente volumen.

2.El carácter epocal del ser es teorizado por Heidegger en el ensayo Der Spruch des Anaximandrus, contenido en Holzwege, Frankfurt, 1950, especialmente pp. 311 y ss. [Trad. cast. Sendas perdidas, Ed. Losada, Buenos Aires, 1960 (3ª ed.); trad. de José Rovira Armengol].

3.En esta iluminación del horizonte en el que las cosas vienen al ser, el hombre tiene una función central; esta función se expresa con el término Dasein (serahí) que Heidegger usa en Sein und Zeit (1927) para señalar filosóficamente al hombre; y es repetida y aclarada en las interpretaciones que del Da del serahí Heidegger realiza en Brief über den Humanismus (1946; véase la edición de Frankfurt, 1949, reimpresa más veces). Es en el hombre y a través del hombre como se instituyen las «épocas» del ser, las aperturas históricas en las que los entes aparecen. [Trad. cast. de las obras de Heidegger citadas: El ser y el tiempo, Ed. FCE, México, 1980 (3ª reimpresión de la 2ª edición), trad. de José Gaos; Carta sobre el humanismo, Ed. del 80, Buenos Aires, 1981, trad. anónimo].

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