Mi opinión es que en todas las profesiones se haría necesaria una capacitación que incluyera la intervención de las emociones y la importancia del vínculo con los clientes, ya que son factores intervinientes fundamentales se trate del área que se trate.
Pero en el caso de los psicoterapeutas, su trabajo implica un contacto permanente con las emociones de sus pacientes; es parte de los objetivos psicoterapéuticos, desde distintos enfoques, contribuir a que las personas se conecten con lo que sienten, sepan cómo nombrarlo, aprendan a expresarlo, no transformen sus emociones en síntomas, y aprendan a significar sus emociones, a ubicarlas donde realmente están.Y ¿cómo se puede ayudar a alguien a hacer eso, si uno mismo no lo hace? ¿Cómo psicólogos recién egresados van a poder sostener un trabajo en una organización donde tienen que atender varias horas seguidas a pacientes drogadictos, casos de violencia intrafamiliar, abusos sexuales, o intentos de suicidio, si no es desarrollando exitosas maniobras sobreadaptativas? ¿Y cuáles son los efectos de dichos procesos sobre sus personas y sus pacientes?
No deja de sorprenderme cada vez que, en grupos de supervisión o en cursos de formación, frente a role playings en torno a casos clínicos, los terapeutas no saben contestar a la pregunta “¿qué sientes cuando…?”. Recibo excelentes hipótesis acerca del diagnóstico de los pacientes y muy buenas estrategias terapéuticas, pero cuando se trata de identificar en ellos mismos qué les pasa con esa situación familiar, con ese paciente asustado o rabioso, con alguien que les está manifestando su falta de deseo de vivir, no pueden contestar salvo con un “no sé”.
Este es uno de los efectos del entrenamiento en la disociación mal entendida: desempeñan roles sin que la persona esté incluida en estos. Y con eso se pierde un recurso insustituible, porque lo que sienten los terapeutas en su trabajo no es algo desconectado de lo que está sucediendo en esa relación, en ese momento.
Recuerdo, por ejemplo, haber visto en una supervisión clínica a un terapeuta que en una sesión con un paciente le comenzó un fuerte dolor de cabeza y que eso hizo que estuviera un poco “ausente”, esperando el momento en que terminase la sesión para tomarse una aspirina. Luego, relatando el material del paciente, se pone en evidencia lo que hace esta persona con sus dolores; cuán contenida y autocontrolada está; cómo queda dominado por el portarse adecuadamente y cómo esa conducta lo hace sentir “distante”, ausente de sus relaciones. Para el terapeuta se hizo evidente que él estaba en una postura parecida a la de su paciente y que eso había tenido que ver con el dolor de cabeza que le apareció.
Pudimos trabajar, entonces, cómo hubiera sido incluir su dolor de cabeza en la sesión sin hacer el esfuerzo por que llegue el final para tomarse una aspirina. Fue interesante comprobar qué emociones contenidas se expresaban a través del dolor de cabeza y enriquecer de esta manera el abanico de recursos del terapeuta para que pudiese trabajar no disociadamente.
Desde la óptica que me acompaña hoy, la persona del terapeuta es un recipiente donde confluyen:
•la propia biografía;
•las similitudes con las vicisitudes de la vida de sus pacientes;
•los sentimientos y vivencias en el trabajo;
•los valores, ideas, y creencias que pueden colisionar con las de sus pacientes;
•los mandatos recibidos en su formación;
•las contradicciones entre su capacitación específica y las posibilidades de aplicación del conocimiento;
•las características de su personalidad y de su estilo de trabajo;
•los conocimientos teórico-técnicos;
•la ética personal;
•las presiones de las instituciones a las que pertenece;
•sus necesidades versus las de sus pacientes;
•el ritmo de trabajo y/o la carga laboral;
•la espiritualidad.
Tomando en cuenta estas y otras variables, considero de suma importancia el formar a las nuevas generaciones de terapeutas dejándoles en claro, y en palabras de Michael Mahoney (2005: 285), que:
La psicoterapia es un reto difícil y complejo tanto para el terapeuta como para el cliente. El terapeuta cambia, al menos en la misma medida que el cliente, durante el proceso psicoterapéutico.
Muchos terapeutas soportan el peso de unas expectativas que dicen que deben/debemos ser extraordinariamente felices, iluminados o sabios para ser profesionales legítimos.
El cuidado propio, la compasión por uno mismo, [son esenciales] para el bienestar personal y para las responsabilidades profesionales de los psicoterapeutas. La terapia personal y la práctica espiritual pueden ser recursos inestimables para nuestra evolución.
A lo que yo agregaría: que los psicólogos probablemente van a tener que enfrentar la directa o indirecta desvalorización de su profesión, por considerársela por debajo de la Medicina, no solamente en las instituciones, sino en el imaginario social circulante que afecta su autoestima. Que van a tener que pasar por exclusiones o discriminaciones en instituciones o pagos de derechos de piso mayores que las de los profesionales médicos. Que, con frecuencia, van a tener que aprender a aclarar que su trabajo se diferencia de “conversaciones de amigos”. Que en reuniones sociales van a tener que aprender a decir con humor “solo trabajo en mi consultorio” frente a pedidos de consejos inadecuados. Que sus personas son la herramienta por excelencia de su trabajo y que, por lo tanto, escucharse, saber interpretar señales que sienten durante las sesiones y poder incluir datos de su propia experiencia de vida o del momento de la sesión, lejos de ser una peligrosa “confesión contratransferencial”, son recursos altamente útiles para el proceso psicoterapéutico, cuando se aprende a usarlos . Que pueden aprender con qué tipo de pacientes van a estar más cómodos, o más expuestos, o más asustados, y con qué manera o estilo de intervención se sienten más a gusto, menos disfrazados. Que ojalá puedan tener una organización horaria que respete los momentos del día en que se sienten más lúcidos o más cansados, o que sepan distribuir de una manera equilibrada en su horario a aquellos pacientes más demandantes con otros que lo sean menos.Y, finalmente, que el lugar en el que trabajen (en la medida en que puedan elegirlo) se acerque lo más posible a lo que cada uno considere de su gusto y confort, ya que pasarán allí muchas horas de su vida.
Prepararse teniendo en cuenta estas proposiciones los va a encontrar mejor capacitados para la zambullida en este mundo fascinante, estimulante, creativo, misterioso y al mismo tiempo amenazante, frustrante y exigente como lo es la relación entre seres humanos en funciones distintas, circunstancialmente hablando.
2.5 DIFICULTADES ADICIONALES DE LOS TIEMPOS PRESENTES
La misma óptica que hace prevalecer la racionalidad y la palabra por sobre la emocionalidad y los afectos es la que comenzó a enfatizar la importancia de las técnicas en psicoterapia. Manuales y más manuales, escritos y difundidos durante la formación de muchísimos terapeutas jóvenes, fueron presentando a la psicoterapia como si fuese un servicio de “reparaciones de vehículos”: chapa y pintura.
El contexto en que se empezó a desarrollar la atención médica y psicológica, a través de las instituciones de salud previsional, significa un golpe de timón fundamental para el retroceso tanto en la atención de las personas como para el autocuidado de los profesionales. La humanidad presente en toda relación terapéutica se fue invisibilizando y dejó de ser priorizada en medio de atenciones de 25 minutos para “resolver” problemas específicos y breves, que hicieran rentable, además, el negocio de las instituciones de salud.Así, los resultados actuales sobre los factores intervinientes en los buenos resultados de una psicoterapia, paradójicamente, son ignorados por aquellos que subvencionan muchas de estas investigaciones.
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