Enric Sanchis Gómez - Los parados

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El desempleo masivo es un rasgo distintivo de la sociedad española, campeona europea del paro desde hace décadas y sólo en fecha reciente superada por Grecia. Un problema valorado por la opinión pública como el más grave y la primera preocupación personal de los españoles. Sin embargo, poco se sabe de los parados. Este libro contribuye a paliar ese déficit de conocimiento. Basado en 88 entrevistas en profundidad realizadas con la ayuda financiera, logística y humana de la Fundación 1º de Mayo, nos introduce en el mundo del parado, su vida diaria, angustias, esperanzas y frustraciones; sus problemas de salud, relaciones familiares, dificultades económicas y estrategias para no derrumbarse y salir adelante. El libro es también una aproximación a las opiniones y actitudes de los parados frente al sistema político, la democracia, los impuestos, los sindicatos, los inmigrantes.

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En la medida en que quien no tenga trabajo se aleje de este estereotipo comenzarán a aparecer las sospechas sobre su verdadera condición; sospechas que se trasladarán inmediatamente a la discusión sobre las auténticas causas del paro y los remedios más efectivos para hacerle frente. Forzando un tanto los términos podríamos decir que lo que estimula la discusión es la confrontación entre dos representaciones extremas del paro que son un trasunto de las que ha tenido tradicionalmente la pobreza: algo que sufren algunas personas que necesitan nuestra ayuda para superarlo o paliar sus consecuencias (el parado como víctima ); o bien, situación que de alguna manera se han buscado algunos individuos, en la que están instalados más o menos cómodamente, de la que pueden salir en cuanto se lo propongan, y que en todo caso no son merecedores de nuestra ayuda (el parado como culpable ). Fenómenos como el llamado desempleo paradójico [D’Iribarne, 1990], es decir, la coexistencia de paro entre autóctonos y la necesidad de recurrir a la inmigración en algunos sectores de actividad, no hacen sino reforzar la sospecha de que el verdadero problema de muchos parados es que en realidad no quieren trabajar.

En términos lógicamente mucho más sofisticados, esta dialéctica víctimas-culpables que atraviesa las representaciones sociales del paro está también presente en la controversia científica acerca de la manera más adecuada de proteger a los parados, esto es, sin estimular las conductas inadecuadas [Suárez, 2006]. Desde el punto de vista económico el objeto de análisis suele ser la relación entre el nivel y duración de las prestaciones por desempleo y el del paro. En general se acepta que el dispositivo de protección alarga moderadamente la permanencia en el paro, permitiendo que el parado sea más selectivo en su búsqueda de empleo. Difícilmente podría ser de otra manera. Ahora bien, de ahí a acabar sugiriendo que el recorte de prestaciones sea un procedimiento eficaz para evitar sus reales o supuestos efectos perversos y reducir significativamente el paro, hay un paso demasiado largo que muchos estudiosos del tema nunca han dado. Unos señalan que el desempleo estructural masivo (el que no tiene nada que ver con la conducta de los parados) nunca se reducirá por esta vía; otros afirman que una eventual caída del paro de larga duración puede verse acompañada de un aumento del paro recurrente generado por la peor calidad del empleo conseguido, mostrándose muy prudentes a la hora de proponer políticas [Sanchis, 2003; Krueger y Mueller, 2010]. Pero el hecho es que todas estas cautelas tienden a desaparecer en el camino que va del debate científico al político, donde no son pocas las intervenciones que magnifican una imagen del parado como aprovechado que al final cala en la opinión pública. Así, mientras la ciudadanía suele oponerse en bloque a los recortes en sanidad, educación o pensiones, ante las políticas de mercado de trabajo tiende a mostrarse dubitativa. Conscientes de ello, desde los años ochenta en las sociedades postindustriales los Gobiernos han sido más proclives a complicar la vida de los parados endureciendo los requisitos de acceso y permanencia en los dispositivos de protección que a tocar otras instituciones del Estado de bienestar, pues sospechan que el coste político es menor. A veces, antes de proceder preparan a la opinión pública mediante campañas que enfatizan los abusos de algunos parados [Del Pino y Ramos, 2013]. En consecuencia, la maniobra de descargar el coste social del paro sobre quienes lo sufren queda legitimada ante la ciudadanía.

A falta de evidencia empírica, quizá no sea descabellado suponer que la imagen tradicional del parado en la sociedad española es más coherente con la de víctima que con la de culpable, aunque el tema de la economía sumergida tiende a empañarla. El peso de la cultura católica frente a la protestante (más propensa a identificar conductas individuales inadecuadas), el recuerdo de las migraciones masivas de los años sesenta huyendo del hambre y del desempleo, y aun de la Gran Depresión de los treinta, aquí mezclado con las convulsiones de la Segunda República y la Guerra Civil, pueden haber contribuido a definir socialmente al parado como una persona (en particular un cabeza de familia) víctima de las circunstancias que necesita imperiosamente trabajo (o ayuda mientras lo busca) para poder salir adelante. Ahora bien, el cliché que asocia fuertemente el paro a la pobreza absoluta, a la condición obrera y, por ende, al conflicto social, cuando se contrasta con la realidad del desempleo a partir de los años ochenta, puede estar contribuyendo asimismo a que gane credibilidad la imagen del parado como pícaro que se las sabe todas para vivir a costa de los demás, una imagen no por minoritaria menos presente en nuestra tradición.

En la España postindustrial el paro ha dejado de ser algo que ocurre sólo a los trabajadores manuales. Hoy en día son muy pocas las categorías ocupacionales a salvo del desempleo, si bien la probabilidad de experimentarlo no es la misma en cada caso. A pesar de que la pobreza severa se ha desarrollado con fuerza durante la crisis de estos años, cuyo coste social es enorme, la gran mayoría de los parados no caen en ella, y el coste político del paro de momento sigue siendo relativamente bajo (desafección). Al menos es mucho menor que el que se pagaba antes de la Gran Depresión de los años treinta, cuando el primer problema interno de todo Gobierno era mantener el orden público frente a una clase obrera cada vez más fuerte y organizada siempre a punto de la insurrección. Todo ello hace que la ciudadanía contemple el paro masivo con mucha preocupación pero también algo de escepticismo. Quienes sostienen –a veces inspirándose en las reflexiones poco meditadas de algunos científicos sociales en los medios de comunicación a propósito de la economía sumergida– que si hubiera tanto paro como el que señalan las estadísticas el tejido social reventaría, olvidan que los dispositivos de protección del desempleo (insuficientes pero de un coste cercano a los 30.000 millones de euros anuales desde que comenzó la crisis), y las redes solidarias de unas unidades familiares mucho más solventes que no hace tanto tiempo (cierto que con dificultades crecientes), están impidiendo que en gran número de casos el desempleo conduzca a una privación insoportable de recursos económicos. Además, como veremos en su momento, la percepción de que en realidad hay mucho falso parado y un fraude significativo a los dispositivos de protección del desempleo es errónea. Vincular mentalmente desempleo y pobreza no deja de tener su lógica, pero en realidad es una operación tan cuestionable como la de emparejar ocupación con riqueza. En la España de hoy la relación entre paro y pobreza es cuando menos ambigua [Carabaña y Salido, 2010; Gutiérrez y García Espejo, 2010]. En cambio, España es uno de los países de la UE con un nivel más alto de trabajadores ocupados bajo el umbral de la pobreza, colectivo que no ha dejado de crecer desde que estalló la crisis [Aragón y otros, 2012]. No se pretende con esto minusvalorar la gravedad del problema del paro, pero sí evitar confundirlo con otros con los que estuvo fuertemente asociado en otro tiempo. Paro y miseria ya no son sinónimos

El paro sociológico

Como ya se ha dicho, la investigación de la que deriva este libro pretende comprender qué significa estar en paro y qué consecuencias tiene para las personas que lo experimentan. Por tanto hay que partir de una definición de parado que permita identificar a los interlocutores adecuados. Esa definición no tiene por qué ser mejor que otras y no se postula como más próxima al paro «real», entre otras razones porque tal paro no existe. Mejor dicho, hay tantos «paros reales» como definiciones demos del mismo. Tan real es el paro estimado como el registrado, el popular o nuestro paro sociológico. La única forma de no quedar enredado en este tipo de polémicas es comenzar explicitando cuál es el problema que preocupa, formular las correspondientes hipótesis interpretativas y, a partir de ahí, establecer las categorías teóricas y operativas que van a utilizarse para abordarlo [Reyneri, 1996: 39-40]. Pues bien, a los efectos que aquí interesan ni el concepto de paro registrado ni el de estimado nos sirven, porque dejan fuera a demasiada gente. No contemplan a personas a las que cualquier ciudadano, utilizando algunos de los elementos con que se construye la definición social de parado, identificaría como tales a pesar de que no estén disponibles en dos semanas, a pesar de que no hayan buscado durante las cuatro semanas anteriores, de que no estén inscritas en la oficina de empleo, aun a pesar de que estén infraocupadas. Personas que aspiran a tener un empleo «de verdad», de esos que permiten obtener unos ingresos por encima del umbral de pobreza y cotizar a la Seguridad Social; personas que no conciben su futuro al margen de un empleo de ese tipo. En consecuencia, sostenemos que hay dos tipos de paro sociológico formalmente oculto: el constituido por todos los inactivos desanimados y el constituido por una parte de los subempleados clasificados estadísticamente como ocupados. A estos dos tipos se les puede agregar un tercero que estaría formado por una parte de los jóvenes que vamos a llamar nininis , jóvenes que ni estudian ni trabajan ni buscan empleo y que son clasificados estadísticamente como inactivos.

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