Enric Sanchis Gómez - Los parados

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El desempleo masivo es un rasgo distintivo de la sociedad española, campeona europea del paro desde hace décadas y sólo en fecha reciente superada por Grecia. Un problema valorado por la opinión pública como el más grave y la primera preocupación personal de los españoles. Sin embargo, poco se sabe de los parados. Este libro contribuye a paliar ese déficit de conocimiento. Basado en 88 entrevistas en profundidad realizadas con la ayuda financiera, logística y humana de la Fundación 1º de Mayo, nos introduce en el mundo del parado, su vida diaria, angustias, esperanzas y frustraciones; sus problemas de salud, relaciones familiares, dificultades económicas y estrategias para no derrumbarse y salir adelante. El libro es también una aproximación a las opiniones y actitudes de los parados frente al sistema político, la democracia, los impuestos, los sindicatos, los inmigrantes.

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El trabajo de campo en que se basa este libro no hubiera sido posible sin la ayuda financiera, logística y humana de la Fundación 1º de Mayo, que me animó a embarcarme en una investigación cualitativa que tenía en mente desde hacía varios años. Empar Aguado, Pere J. Beneyto, Jesús Cruces, Luis de la Fuente, Vicente Esteban, Daniel Garrell, Alejandro Godino, Mario Lekumberri, Alicia Martínez, Amaia Otaegui y Pedro Reyes distrajeron desinteresadamente parte de su tiempo de trabajo para hacer las entrevistas y corregir las transcripciones. Yo mismo hice nueve, pues sigo pensando que ello facilita enormemente el análisis de contenido posterior. Clara Gudín fue la eficaz conexión entre los participantes en el trabajo de campo y el material que iban produciendo, desde que se grabaron las entrevistas hasta que quedaron listas para estudio. De su tratamiento estadístico así como del trabajo con los microdatos de la EPA, que se ha utilizado para discutir algunas cuestiones y contextualizar el análisis cualitativo, se encargaron Carles Simó y Juan Antonio Carbonell. Pere Beneyto, Pere Boix, Miguel Ángel García Calavia, Pere Jódar, Ramiro Reig, Mike Rigby y Francisco Torres tuvieron la generosidad de leer algún borrador y hacerme valiosos comentarios. Gracias a todos ellos y a los parados que se dejaron entrevistar descubriéndonos su intimidad. Algunos de sus testimonios será difícil olvidarlos.

PARO SOCIOLÓGICO

El análisis sociológico de los parados y la necesidad de disponer de un criterio de selección de las personas a entrevistar obligan a reflexionar sobre las definiciones formales de parado contrastándolas con la concepción social o popular. Fruto de esa reflexión es lo que vamos a llamar un concepto sociológico de parado en función del cual se considera también en tal situación –y por tanto susceptibles de ser entrevistados– a determinados colectivos que no son definidos convencionalmente como tales.

¿Qué es un parado? En España, como en el resto de países de la UE, hay dos definiciones formales y dos maneras de medir el paro. La primera (paro estimado) es la que utiliza el Instituto Nacional de Estadística (INE) en la EPA, que se aplica a una muestra representativa de la población. Se basa en las recomendaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) así como en la normativa europea relativa a las Encuestas sobre las Fuerzas de Trabajo, por lo que da resultados homologables a nivel internacional. La segunda (paro registrado) es la que utiliza la Administración laboral en cada país, en nuestro caso el Servicio Público Estatal de Empleo (SEPE, el antiguo INEM); y como cada país define el paro registrado de acuerdo con sus propios criterios administrativos, en este caso no caben las comparaciones internacionales. Definiciones diferentes de un mismo hecho social tienen que dar lugar a resultados diferentes, si coinciden será por casualidad. De hecho, en España el paro estimado, que se conoce cada trimestre, suele ser muy superior al registrado, que se hace público cada mes. Excepcionalmente, desde 2005 durante algún tiempo ocurrió lo contrario [Pérez Infante, 2008]. Además de estas dos definiciones hay otra social o popular, obviamente no sistemática, pero que a los efectos que aquí interesan debe ser tenida en cuenta.

Las definiciones formales no pueden ser ambiguas, pero como se sabe una cosa es la realidad social en toda su complejidad y otra los conceptos que elaboran los científicos sociales para estudiarla e intentar comprenderla, que siempre la simplifican. Lo que aquí se sostiene es que el rigor conceptual se ha conseguido a costa de excluir del desempleo a un número relevante de personas catalogadas como ocupadas o inactivas que a nuestro entender deberían ser redefinidas como paradas. Si entre lo que podríamos llamar el paro «realmente existente» y el que estima la EPA o registra el INEM hay diferencias, éstas van en el sentido de que contabilizan menos (no más) parados que «los que hay». Contrariamente a lo que con demasiada frecuencia se afirma en el debate político, el defecto de nuestras estadísticas no es que cuenten como parados a quienes no lo son, sino que no consideran como tales a personas que en términos sociológicos pueden ser definidas como paradas. Como los detalles técnicos de los dos dispositivos de medición del paro, sus características y los cambios que han experimentado a lo largo del tiempo ya han sido analizados comparativa y exhaustivamente [Pérez Infante, 2006], en lo que sigue nos centraremos en las cuestiones conceptuales que desde nuestro punto de vista nos parecen más discutibles.

El paro estimado

Según el INE [2008], dejando de lado ciertas precisiones técnicas, parado es toda persona de 16 a 74 años que en el momento de entrevistarla cumple las tres condiciones siguientes: 1) Estar sin trabajo, es decir, no haber llevado a cabo ninguna actividad remunerada por cuenta propia o ajena durante la semana anterior; quien lo haya hecho al menos durante una hora es un ocupado. 2) Estar buscando activamente trabajo, es decir, haber tomado medidas concretas para encontrar un trabajo por cuenta ajena o haber hecho gestiones para establecerse por cuenta propia durante el mes precedente. 3) Estar disponible para trabajar, es decir, en condiciones de comenzar a hacerlo en un plazo de dos semanas a partir de la fecha de la entrevista. Quien no cumpla alguna de estas tres condiciones solo puede ser o un ocupado –una persona que a lo largo de la semana hizo algo a cambio de una remuneración al menos durante una hora, por ejemplo vender pañuelos en un semáforo, reponer las existencias de una gran superficie comercial durante la noche del domingo al lunes– o un inactivo, una persona que está fuera del mercado de trabajo, que no está en paro aunque no trabaje (por ejemplo un estudiante, un ama de casa). De acuerdo con esta definición, quien haya perdido su empleo, perciba la prestación contributiva correspondiente y, por la razón que sea, no haya buscado otro durante las cuatro semanas anteriores, no estará incluido en el paro estimado.

Tiempo de trabajo, paro y subempleo

El primer problema de esta definición se refiere al tiempo de trabajo semanal requerido para clasificar a una persona como ocupada. En la EPA hasta 1987 se distinguía entre ocupados en sentido estricto y marginales (aquellos que sólo trabajaban hasta un tercio de la jornada normal). Desde entonces, con motivo de la entrada en la UE y la pretensión de EUROSTAT de ir homogeneizando las estadísticas nacionales, la distinción desaparece y se aplica el criterio mínimo de una hora, que es muy poco restrictivo. Este criterio fue adoptado por la OIT cuando la situación normal en los países industrializados era el empleo estable a tiempo completo y la preocupación principal era medir el paro en tanto que situación extrema de falta absoluta de trabajo. Dadas las transformaciones que ha conocido el mercado de trabajo durante las últimas décadas, entendemos que dicho criterio debe ser revisado. Por otra parte, implícitamente se consideraba que la familia típica estaba constituida por individuos que desempeñaban roles sociales perfectamente definidos: preactivos (jóvenes estudiantes y sólo estudiantes), postactivos (jubilados y sólo jubilados), amas de casa (inactivas dedicadas a sus labores y sólo a sus labores) y cabezas de familia activos de los que dependían económicamente todos los demás (hombres adultos ocupados a tiempo completo o intentando serlo). Este tipo de familia, que se ha dado en llamar fordista , nunca estuvo tan extendido como en algún momento se ha creído [Carnoy, 2001], pero en todo caso entra en crisis cuando a mediados de los años setenta llega a su fin la época del pleno empleo, la educación postobligatoria y aun superior queda al alcance de las clases populares (con lo que la entrada en el mercado de trabajo se atrasa y complejiza), las mujeres adultas pretenden acceder al trabajo remunerado [Young, 2002] y los hombres maduros son expulsados del empleo mucho antes de la edad de jubilación. Con la eclosión del paro masivo, los perfiles de aquellos roles se difuminan y comienzan a florecer figuras híbridas, al tiempo que se desarrolla una franja intermedia entre quienes están ocupados a tiempo completo y quienes están absolutamente en paro: los subempleados –con sus dificultades de medición y sus correspondientes implicaciones en la estimación del desempleo [Bell y Blanchflower, 2013]–, que desde principios del siglo en curso comienzan a ser contemplados en las encuestas.

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