Enric Sanchis Gómez - Los parados

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El desempleo masivo es un rasgo distintivo de la sociedad española, campeona europea del paro desde hace décadas y sólo en fecha reciente superada por Grecia. Un problema valorado por la opinión pública como el más grave y la primera preocupación personal de los españoles. Sin embargo, poco se sabe de los parados. Este libro contribuye a paliar ese déficit de conocimiento. Basado en 88 entrevistas en profundidad realizadas con la ayuda financiera, logística y humana de la Fundación 1º de Mayo, nos introduce en el mundo del parado, su vida diaria, angustias, esperanzas y frustraciones; sus problemas de salud, relaciones familiares, dificultades económicas y estrategias para no derrumbarse y salir adelante. El libro es también una aproximación a las opiniones y actitudes de los parados frente al sistema político, la democracia, los impuestos, los sindicatos, los inmigrantes.

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Pablo recuerda perfectamente que lleva tres años y tres meses fuera de la empresa, en la que entró veintisiete años antes como oficial de segunda de verificación, y desarrolló una carrera laboral de la que se siente orgulloso. Su último puesto de trabajo como agente de métodos en el departamento de calidad era envidiable en muchos sentidos, pero la presión ambiental de los últimos tiempos le indujo a aceptar el plan de bajas incentivadas. «Se ha organizado la vida para poder, en sus palabras, sentirse útil, pensar al final de la jornada diaria que lo que ha hecho ha valido para algo. Y así prepara cursos de calidad total que ofrece, gratuitamente, a estudiantes de Formación Profesional. Pero, sobre todo, ha reorganizado la relación y la distribución del tiempo diario, de acuerdo con su mujer, para evitar los problemas que sabe que le han acontecido a otros, que han pasado a disponer de todo el tiempo del mundo para no hacer nada».

Se siente muy dolido con la empresa y sigue sin explicarse cómo pudo ser que les trataran de forma tan arbitraria. Pablo ha tenido que aceptar «ser un trabajador que no trabaja», pero no soporta que ahora, cuando le preguntan por su profesión, tenga que decir «parado»; está deseando llegar a la jubilación para salir de esa situación en la que, como trabajador, se siente tan a disgusto. A Roberto los días se le hacen largos. Hace ya más de tres años que dejó el empleo, pero sigue oyendo el sonido de los autobuses que llevan los trabajadores a la fábrica. Son las cinco y media de la mañana y muchos días se levanta («porque ya ni duermo ni dejo dormir a la mujer») y se pone a leer el periódico o una novela del oeste. Le gustaría encontrar alguna cosa para entretenerse, dos o tres días a la semana, pero si no hay para la juventud cómo les van a dar trabajo a ellos. De sus compañeros tiene informaciones contradictorias: algunos lo están pasando «como dios», otros «lo han pasado muy mal». Sospecha que quienes peor lo han pasado han sido los mandos intermedios o superiores, acostumbrados a mandar y que creían que la empresa era suya.

Todos estos hombres, incluso Isaías, volverían a la empresa si les dieran la oportunidad, pero en las condiciones en que la dejaron, no en las actuales, que según les cuentan son mucho peores. Sólo a Roberto no le importaría volver «como si fuese nuevo», a ver si es verdad lo que dicen de que allí se está muy mal, porque a él nunca le ha asustado el trabajo duro. No debe pasar desapercibido que, a pesar de tener la misma edad y el perfil sociolaboral típico de la vieja clase obrera industrial, cada uno de ellos experimenta el paro de forma diferente.

Una cosa es estar ocupado estadísticamente y otra tener un empleo. Para que una actividad laboral sea conceptualizada socialmente como empleo es necesario que se haga bajo ciertas condiciones mínimas. El concepto de empleo remite al mismo tiempo a una actividad laboral y a las normas bajo las cuales se desarrolla, de manera que empleo no es cualquier actividad remunerada sino sólo aquella que se lleva a cabo con arreglo a ciertas normas sociales [Prieto, 1999: 12]. A lo largo del siglo XX, pero sobre todo tras la amarga experiencia que supuso la Gran Depresión, en todas las sociedades industrializadas el Estado intervino en las relaciones laborales afirmando el carácter público del contrato de trabajo, legitimando la negociación colectiva y reforzando la posición de los trabajadores en el conflicto industrial. El resultado fue el asentamiento de un concepto altamente normativizado de empleo que conoció su máximo desarrollo durante la época fordista, y que se materializó en lo que ha dado en llamarse el empleo estándar .

Este tipo de empleo, que era la aspiración en absoluto utópica de los trabajadores de las economías industriales y la situación de hecho de la gran mayoría de ellos, consistía en un puesto de trabajo a tiempo completo en el que se trabajaba para un empleador claramente identificado durante la mayor parte de la vida activa a cambio de salarios reales crecientes. La remuneración de un trabajo de este tipo permitía mantener una unidad familiar en la que la esposa se dedicaba exclusivamente al trabajo doméstico mientras se alcanzaban niveles de consumo cada vez más altos y los hijos podían permanecer más tiempo en el sistema educativo. Sobre la base de ese empleo estándar se fue construyendo un Estado de bienestar que pretendía garantizar el acceso del trabajador y su familia a una gama de derechos sociales con los que se quería protegerlos de todos los avatares de la vida desde la cuna hasta la tumba. El empleo estándar entra en regresión a principios de los años ochenta y comienza a ser sustituido por todo tipo de ocupaciones atípicas (el empleo precario) alternadas por periodos más o menos breves de desempleo. La frontera que separaba con nitidez empleo estándar y paro absoluto es sustituida por una zona gris atestada de posiciones sociales laboralmente ambiguas que obligan a reconsiderar las definiciones formales de ocupado y parado. Frente al paro experimentado como un accidente inesperado tras años de empleo estable, aparece un paro recurrente, vivido con naturalidad, porque es un acontecimiento con el que se cuenta desde el momento mismo en que se firma un contrato de trabajo. La cuestión de fondo es si, a la hora de buscar parados para entrevistar, debemos contemplar también a quien se define como tal aunque estadística o administrativamente no lo sea. Por las razones que se discuten en el primer capítulo del libro, hemos considerado que sí.

A la luz de cuanto se viene diciendo, una tipología básica del paro respetuosa con la diversidad de situaciones debe partir del sexo y la edad como determinantes de experiencias vitales diferenciadas y ser sensible a otras variables que la complejizan. Frente al paro de inserción (y el trabajo precario) que afecta a los jóvenes en busca de un empleo estable, está el paro de exclusión que afecta a personas maduras en perfectas condiciones psicofísicas pero laboralmente amortizadas. Entre los jóvenes, particularmente en el caso de España, no puede dejar de distinguirse en función de la trayectoria educativa. En cambio, dentro de los adultos y maduros consideramos que tiene más interés operar con la variable tipo de empleo perdido distinguiendo entre obreros y empleados, lo que remite a la condición de clase. Conjeturamos que este factor puede actuar de la misma manera que el nivel de estudios entre los jóvenes. Por obreros se entiende trabajadores manuales de cualquier cualificación y trabajadores no manuales no cualificados (la nueva clase obrera postindustrial). Por empleados, trabajadores no manuales cualificados. Los primeros son los parados de siempre; los segundos, como los jóvenes, un nuevo tipo característico de la sociedad postindustrial: el paro de clase media, menos visible socialmente que el anterior. Los maduros comenzarán a plantearse el abandono definitivo del mercado de trabajo, con más o menos angustia en función de su situación económica y la edad. Los adultos, acostumbrados a cambiar de empleo para mejorar, acabarán aceptando un trabajo menos cualificado y más precario que el que perdieron. Algunas mujeres (cada vez menos) se redefinirán como amas de casa en exclusiva a la espera de tiempos mejores. Unos pocos hombres (pero cada vez más) se descubrirán asumiendo deportivamente gran parte del trabajo doméstico. El factor nacionalidad complica ulteriormente la tipología.

Intentar seleccionar cien parados (objetivo inicialmente previsto) que cumpliesen todos estos criterios de acuerdo con el peso que cada uno de los tipos tiene sobre el conjunto de la población desempleada es poco menos que imposible. Por tanto, lo que hemos hecho en la práctica ha sido establecer tres cuotas de edad (jóvenes, adultos y maduros) equilibradas por sexos, relativamente ajustadas a la composición por edades del paro en la EPA. Entendemos por jóvenes los que tienen de 18 a 29 años, adultos de 30 a 50 y maduros los de más de 50 años. Cierto que estos límites son discutibles, pero en el caso de España no es difícil defender tal opción. A partir de los 50 las dificultades de reengancharse al empleo aumentan considerablemente, mientras que, por otra parte, cada vez es más frecuente permanecer en el domicilio familiar hasta los 30. De hecho, la edad media de emancipación está aproximadamente en los 29 años [Ballesteros y otros, 2012]. Además, cabe pensar que a los 16 y 17 años el significado que puede tener el paro como experiencia vital es todavía poco relevante. Dentro de los jóvenes hemos procurado contactar tanto a universitarios como a personas con bajo nivel de estudios; dentro de los adultos y maduros tanto a obreros como a empleados. Parados inmigrantes sólo hemos entrevistado a seis. La tabla 1 muestra las entrevistas hechas efectivamente y, entre paréntesis, las que en un principio queríamos hacer.

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