Enric Sanchis Gómez - Los parados

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El desempleo masivo es un rasgo distintivo de la sociedad española, campeona europea del paro desde hace décadas y sólo en fecha reciente superada por Grecia. Un problema valorado por la opinión pública como el más grave y la primera preocupación personal de los españoles. Sin embargo, poco se sabe de los parados. Este libro contribuye a paliar ese déficit de conocimiento. Basado en 88 entrevistas en profundidad realizadas con la ayuda financiera, logística y humana de la Fundación 1º de Mayo, nos introduce en el mundo del parado, su vida diaria, angustias, esperanzas y frustraciones; sus problemas de salud, relaciones familiares, dificultades económicas y estrategias para no derrumbarse y salir adelante. El libro es también una aproximación a las opiniones y actitudes de los parados frente al sistema político, la democracia, los impuestos, los sindicatos, los inmigrantes.

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Cincuenta manifiestan buscar «cualquier tipo de empleo», mientras que 34 utilizan algún criterio discriminante:

De momento estoy siendo selectiva, no me apetece ir a lo que sea, porque entiendo que no sería justa conmigo misma; llevo muchos años…, creo que puedo ofrecer mucho en mi perfil y voy a intentar que sea en ese perfil, en el de la documentación y la archivística o en el de la educación. […] Llevo muchos años currando y formándome en esos campos […]. Aunque sé que la situación aboca a que termine buscando de cajera de supermercado, de momento me niego a eso. [PRM-3]

Las exigencias al respecto están directamente relacionadas con la cualificación e inversamente con la duración del desempleo, si bien el desasosiego por encontrar ya un empleo cualquiera puede comenzar pronto. 51 estarían dispuestos a cambiar de domicilio y 61 a dormir fuera de casa algunos días a la semana si el empleo que se les ofreciese lo requiriera. Los 24 y 12 que respectivamente dicen lo contrario suelen remitir a complicaciones familiares o al sobrecoste que ello supondría, no compensado por los ingresos esperados.

Salario de reserva, ventajas del paro y significado del trabajo

«Aprovechándose del paro a veces algunas empresas ofrecen empleos en condiciones abusivas. A su entender, ¿por menos de qué cantidad de dinero no debería un trabajador aceptar un empleo?» Es así como introdujimos en la entrevista lo que el análisis económico llama salario de reserva: aquella cantidad por debajo de la cual un individuo, por las razones que sean, no está dispuesto a aceptar un empleo. Los economistas ortodoxos vinculan el salario de reserva a prestaciones por desempleo demasiado generosas, inducidas por la presión sindical, que provocarían paro voluntario y conducirían al parado hacia la trampa del desempleo de larga duración, del que después le será más difícil salir.

Otra manera de enfocar la cuestión, inspirada en el pensamiento económico de Alfred Marshall, sostiene que «el mercado de trabajo no puede entenderse sin tener en cuenta que los participantes, en ambos lados, tienen ideas muy claras de lo que es justo e injusto» [Solow, 1992: 23]. Esto lo dice un economista, no un moralista. Si no se respeta cierto límite por debajo del cual el trabajador sabe que tiene derecho a rechazar un empleo y el empleador que no lo tiene a ofrecerlo, el mercado no funciona. Desde este punto de vista el salario de reserva sería la consecuencia lógica de unas normas sociales derivadas de esas ideas que impiden el desbocamiento de una competencia hobbesiana por el empleo disponible que acaba perjudicando sobre todo a los vendedores de fuerza de trabajo, pero a la larga también a los compradores. Los dispositivos de protección por desempleo también guardan cierta relación con esas normas, que explican por qué los salarios no suelen bajar en proporción cuando el paro alcanza un nivel significativo. Lo que está ocurriendo a este respecto en España con motivo de la crisis puede interpretarse como un intento de impugnar tales normas, sobre las que se ha construido un sistema de relaciones laborales más orientado a la negociación que al conflicto, sustituyéndolas por otras más ajustadas a los intereses a corto plazo de las empresas. Más aún, todas las reformas laborales llevadas a cabo desde los años ochenta apuntan en la misma dirección [Fundación 1º de Mayo, 2012]. ¿Qué entienden nuestros parados por salario justo o digno, es desproporcionado su punto de vista respecto al salario de reserva, tienen expectativas desmesuradas en cuanto al empleo que consideran merecerse?

No lo parece. Pudieron codificarse sesenta y cinco respuestas, y lo primero que sugieren es debilidad en la propia posición, moderación, realismo si se prefiere. En no pocos casos hubo que aclarar que se estaba hablando de un empleo normal, de esos de ocho horas al día, lo que demuestra la familiaridad con el trabajo precario. Una licenciada de 27 años que vive con sus padres considera que por menos de tres euros y medio la hora no debería trabajar nadie: «Claro. Es que cualquier trabajo que tú hagas, aunque sea una tontería, requiere una responsabilidad o un esfuerzo físico o mental que tiene que estar recompensado. Tú no puedes trabajar por mucho menos. Encima, cuando tú pones tu salud, tu esfuerzo y todo, no… Es que es lo básico, comer, vestirte, tener un techo» (AGA-6). Muchos comenzaron advirtiendo que «depende» (de si hay expectativas de mejora, de estabilidad, de aprender, de las circunstancias familiares). Respuestas de este tenor en las que tiende a equipararse el salario digno con el mínimo legal no son raras:

Es que se ven las cosas que se ven y yo ya no sé. Evidentemente, como mínimo el salario mínimo interprofesional. Pero es que estoy viendo…, en esta última entrevista que tuve.., éramos una veintena de personas, te estoy hablando de esta empresa de gas y electricidad y todo eso, para el departamento comercial y tal. Es que no ofrecían ningún tipo de sueldo, era exclusivamente comisión; y la gente aceptaba, gente mayor, joven, gente de todo tipo. Pero yo desde luego qué menos que el salario mínimo interprofesional, eso lo mínimo. [PRM-5]

La respuesta más frecuente es 800 euros, cantidad que se superó en veinte casos. Veamos el de una mujer de 28 años, licenciada, que sigue viviendo en casa de sus padres:

En general yo creo que menos de 1.000 euros no debería cobrar una persona en un país como España. Ahora, tal y como están las cosas… ¿800? [En mi caso concreto] , aunque tuviera que seguir viviendo con mis padres y no me pudiera independizar, yo por 700 euros trabajo. Es que por 600, es que estoy desesperada, es que yo creo que hasta por 600, o por 500, ahora que lo pienso. […] Es que mis amigos y yo estamos así. O cuando te preguntan: «¿Expectativas salariales?» Es que no sabes cómo decirle: no, es que no tengo, expectativas no tengo. [ESV-7]

Los más exigentes son cuatro, tres de ellos con estudios universitarios: 1) Hombre, 51 años, titulado en la antigua FP-2, mando intermedio de la construcción, casi dos años en paro, no percibe prestación ni subsidio; su compañera trabaja como autónoma, sin hijos a cargo; hace chapuzas cuando puede, fija su salario de reserva en 1.500 euros (PRM-1). 2) Hombre, 27, ingeniero técnico, 16 meses buscando su primer empleo, vive con sus padres sin apreturas (padre prejubilado). No habla en sentido estricto de salario de reserva; distingue entre el salario mínimo que debería cobrar un trabajador cualquiera a cambio de ocho horas de jornada (900 euros) y lo que cree que está ganando ahora una persona de sus características (unos 1.300 euros) (AMM-2). 3) Mujer, 45, separada, dos hijos a cargo, pagando hipoteca, más de tres años en paro, sin prestación ni subsidio; considera que con menos de 1.300 euros no llegaría a fin de mes (AOM-7). La cuarta ya la conocemos, es la que se teme que acabará buscando de cajera de supermercado: « Te digo lo mismo que con lo del tipo de empleo que busco […] soy más exigente. Yo tenía un buen sueldo en mi anterior empresa. Yo ahora por menos de, a lo mejor, 1.300-1.400 euros, entiendo que no aceptaría un empleo ». Tiene 44 años, tres hijos y está casada con un trabajador social ocupado estable; lleva once meses en paro, percibe prestación y busca empleo con intensidad.

En el extremo contrario, algún joven llegó a hacer consideraciones del tipo «que me den lo quieran, a ver si así consigo colocarme de una vez y demostrar que me merezco más». Y no debe pasarse por alto el hecho de que en no pocos casos el entrevistado tenía muy clara la diferencia entre el salario digno y lo que no iba a tener más remedio que aceptar, porque en el paro no se suele estar cómodo.

De hecho, cuarenta y ocho niegan absolutamente que estar en paro pueda tener alguna ventaja o ser vivido como una oportunidad. Los treinta y cuatro que opinan de otra manera suelen referirse a la posibilidad de mejorar la formación, pero siempre bajo la condición de estar cubierto por la prestación. Es el caso de un arquitecto técnico a punto de cumplir los treinta años que ha aprovechado los dieciséis meses que lleva en paro para hacer un master e intentar establecerse por su cuenta:

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