—Tranquilo, no es para tanto. No soy ni la primera ni la última mujer que viaja sola. Y estás hablando de la cultura de nuestra abuela, no lo olvides.
—Pero una cosa es que una dulce ancianita te cocine un par de platos regionales y te relate cuentos sobre el desierto con camellos y hombres con turbantes azules como protagonistas, y otra muy distinta es que, de pronto, te sumerjas en esas calles laberínticas donde todo, absolutamente todo, será una novedad. Además, los marroquís se comportan de un modo completamente distinto, no sé si me entiendes.
—¿Qué son los camellos? —preguntó Noah.
—¡Eso! ¿Qué son los camellos? —se sumó Liam.
—Son animales muy grandes que tienen una joroba en la que almacenan grasa para poder aguantar muchos días sin agua o comida en el desierto, que es donde viven —les explicó Sarah a sus hijos. Después de disculparse con el resto de los comensales y de hacerles una breve indicación a los pequeños, se levantaron de la mesa. La joven los guio hasta el sofá de la sala de estar, donde continuó respondiendo a sus preguntas mientras Emily y Justin proseguían con su conversación.
—Ay, Justin, deja ya de preocuparte, no soy una niña. De todos modos, para que no te angusties, te aseguro que he tomado todas las precauciones necesarias para evitar contratiempos o malos momentos durante el viaje.
—Sigue sin convencerme la idea… —masculló él, reacio.
Justin nunca había admitido la parte marroquí de su herencia. Adoraba a su abuela, sin embargo, había interpretado sus historias como relatos de fantasía. Y más tarde, durante su adolescencia, había dejado de mantener conversaciones profundas con ella.
—Emy, cuando vayas a Tetuán, recuerda visitar a tu tía Fadila, que te estará esperando —acotó Cristina.
—Claro, mamá, iré a verla cuando pase por allí.
—No lo entiendo, Emy. Podrías quedarte en casa de la tía Fadila y que tanto ella como su familia te enseñen el país, pero prefieres rechazar su oferta y hacerlo sola —arremetió su hermano.
Emily respiró hondo para no perder la paciencia. Los argumentos que Justin esgrimía en persona ya los había sacado a relucir en varias conversaciones telefónicas que habían tenido durante el último mes.
—Ya hemos hablado sobre esto, Justin, y espero que respetes mi decisión. No voy a hacer turismo, busco algo más. Sé que tú nunca has sentido la necesidad de conocer tus raíces, pero yo sí. Esto no quiere decir que vaya a adoptar la religión musulmana o su cultura, solo quiero conocerla mejor. Necesito vivir la experiencia, la conexión, sin influencia de nadie; necesito que sea a mi ritmo. Quedarme en casa de la tía Fadila y depender de ellos hasta para ir al zoco, que es lo que tú pretendes, me limitaría. Necesito sentir la libertad de decidir mis horarios, mis propios deseos.
—Lo siento, Emy, no quiero que te enfades; pero no puedes culparme por preocuparme por ti —terció él.
—No, no puedo culparte, aunque sí puedo pedirte que respetes mis decisiones y que confíes en mi criterio —señaló ella—. Además, me voy a Marruecos, no a Afganistán.
—¡Si fueras a Afganistán estaríamos teniendo otra conversación! —enfatizó él, poniéndose pálido solo de pensar en esa posibilidad.
—Justin, por favor... —demandó Emily.
—Lo intentaré —masculló, y esbozó una mueca, claro indicio de que no estaba convencido de que los argumentos de su hermana fueran acertados.
—¿Os apetece un té? —sugirió Cristina con la intención de distender los ánimos y que sus hijos dejaran de discutir. La vida la había acostumbrado a esos episodios en los que Justin se tomaba demasiado en serio el papel de hermano mayor y adoptaba una actitud acorde a la de un padre sobreprotector, incluso más que el mismísimo John. Y Emy nunca había sido una chica sumisa. Si había algo que valoraba, y mucho, era su libertad e independencia. Los hermanos se querían con locura, Cristina no tenía ninguna duda, aunque eso no impedía que sus intercambios de opinión se volvieran interminables.
—Creo que nos vendría bien a todos —secundó John con actitud seria. Las discusiones le disgustaban sobremanera, sobre todo si eran entre miembros de su familia. Con una ceja en alto y el resto de su rostro impertérrito, se dirigió a sus hijos con contundencia, aunque sin levantar la voz—: A ver si cambiamos de tema.
Los jóvenes adultos, que en ese instante se sintieron como adolescentes ante la reprimenda, asintieron con la cabeza.
—Es hora de que los niños se vayan a dormir —anunció Sarah. Los pequeños, tumbados en el sofá, se frotaban los ojitos con los puños y bostezaban. No solían quedarse despiertos hasta tan tarde.
Justin y John se levantaron para cargar a los niños en brazos.
—¿Los ponemos en la habitación de siempre? —le preguntó Justin a su hermana de forma calmada.
—Sí, pero tengo que preparar las camas; de haber sabido que veníais, las hubiese hecho antes —indicó Emily. La siguieron a través del pasillo y los hizo pasar a una habitación grande, con buena ventilación y bien iluminada que reservaba para las visitas. A los pequeños les encantaba ese dormitorio porque había pintado un arcoíris en una pared.
Emily volvió al comedor a recoger la mesa. Su madre ya había empezado a hacerlo, así que acabaron en pocos minutos. Mientras Cristina lavaba los platos, ella puso agua a hervir y buscó un par de tazas.
—He traído un regalo para mi hermana Fadila. No pesa mucho… —garantizó Cristina. Parecía inquieta. Se secó las manos en un paño de cocina y permaneció con la cadera apoyada en el mármol de la encimera.
—Por supuesto que se lo llevaré, mamá; no hay problema —le aseguró. La observó con detenimiento, con los párpados entornados. Su madre evitó mirarla y se pasó los dedos por el pelo, que llevaba corto y teñido de castaño claro con reflejos dorados para ocultar las canas que, a sus sesenta y ocho años, le habían arrebatado su color natural. Emily la estudió con detenimiento: la angustia resaltaba las finas arrugas que tenía alrededor de los ojos y a ambos lados de la boca—. Pero te preocupa algo más, ¿verdad?
Cristina suspiró.
—¿Tendrás cuidado? —le preguntó en vez de responder. Alzó la cabeza para mirarla—. Aunque solo lo haya dicho Justin, todos nos preocupamos por lo mismo —declaró.
—Sabes que sí, mamá —reafirmó. Después, deteniendo sus movimientos antes de colocar las hebras de té en la tetera, expuso su duda—: ¿Qué os pasa a todos con este viaje? No es la primera vez que me voy sola. ¡De hecho, llevo haciéndolo desde los veinte años! He viajado a Francia, a Canadá, a la Patagonia argentina…
—Lo sé, cariño —Cristina se sentó en la mesa de la cocina y suspiró—. Tienes que entendernos: lo desconocido asusta. He visto vídeos en internet y…
—¿¡Vídeos en internet!? —clamó Emily, incrédula. Negó con la cabeza. Su madre parecía dispuesta a no callarse ahora que se había animado a exponer sus preocupaciones.
—¡Sí, Emy, y te aseguro que es un caos! ¡Los mercadillos de Londres son un juego de niños comparados con los zocos de Marruecos! Dicen que los comerciantes son demasiado insistentes, incluso acosadores a veces. Y lo que es peor, si entras a una tienda, ¡ciertos vendedores acostumbran a bajar las persianas metálicas! ¡Dios me libre si alguno hace eso y quiere propasarse contigo, hija!
—Me sorprende que pienses así. Dices que lo desconocido asusta, pero para ti esa cultura no debería ser desconocida, ¡tu sangre es mitad marroquí! ¿O es que renegarás de tu herencia como hace Justin?
—No reniego de nada, Emy, pero tampoco me identifico con ella, ¿qué quieres que te diga? Tus abuelos sufrieron mucho para poder estar juntos… —se llevó un puño a la boca para no ceder ante la angustia que le recorría el cuerpo cada vez que recordaba el pasado de sus padres. Bajando la voz, añadió—: El Islam no permite que una mujer musulmana se case con un hombre de otra religión, y ya sabes que tu abuelo Ricardo era católico…
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