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Esta lista no lo incluye todo, pero sirve para mostrarnos que la palabra santo es aplicada a toda clase de cosas además de Dios. En cada caso es usada para expresar algo más que una cualidad moral o ética. Las cosas santas son cosas separadas del resto, que han sido apartadas de lo común, consagradas al Señor para su servicio.
Las cosas en esta lista no son santas en sí mismas. Para llegar a ser santas, primero tuvieron que ser consagradas o santificadas por Dios. Sólo Dios es santo en sí mismo y sólo El puede santificar algo más. Sólo Dios puede con su toque, hacer que lo común se convierta en algo especial, diferente y separado.
Note cómo el Antiguo Testamento considera las cosas que han sido santificadas. Todo lo que es santo posee un carácter peculiar; ha sido separado de un uso común y no puede ser tocado, no puede ser comido, no puede ser usado para asuntos comunes.
¿Dónde entra la pureza en esto? Estamos tan acostumbrados a igualar la santidad con la pureza o con la perfección ética, que en cuanto la palabra santidad aparece, la asociamos con la pureza. Cuando las cosas son hechas santas, cuando son consagradas, ellas son separadas para ser puras y tienen que ser usadas de tal forma. Ellas tienen que reflejar pureza, tanto como simple separación. Pues, la pureza no es excluida de la idea de ser santo, sino que está contenida en dicho concepto. Mas el punto que debemos recordar es que la idea de lo santo no es completa con la mera idea de la pureza. La santidad incluye pureza pero es mucho más que eso. Es pureza y trascendencia. Es por ende una pureza trascendente.
Cuando usamos la palabra santo para describir a Dios, enfrentamos otro problema. Con frecuencia describimos a Dios compilando una lista de cualidades o características que llamamos atributos. Decimos que Dios es espíritu, que lo conoce todo, que es amoroso, justo, misericordioso, un Dios de gracia, etcétera. La tendencia es agregar la idea de santo a esta larga lista de atributos como sólo uno más. Pero cuando la palabra santo es aplicada a Dios, no significa sólo un atributo. Al contrario, Dios es llamado santo en un sentido general. La palabra es usada como un sinónimo de su deidad, es decir, santo se refiere a todo lo que Dios es. Esa palabra nos recuerda que todo en El es santo: su santo amor, su santa justicia, su santa misericordia, su santa ciencia, su Santo Espíritu.
Hemos visto que el término santo se refiere a la trascendencia de Dios, por la cual El está por encima y más allá del mundo. Hemos visto también que Dios puede acercarse y consagrar cosas terrenales y hacerlas santas. Su toque, repentinamente, convierte lo común en especial. Con esto confirmamos que nada en este mundo es santo en sí mismo. Sólo Dios puede hacer algo santo. Sólo Dios puede consagrar. Cuando nosotros llamamos santo a algo que no es santo, cometemos el pecado de idolatría. Le damos a las cosas comunes el respeto, la admiración, el homenaje y la adoración que sólo a Dios pertenecen. Adorar a las criaturas antes que al Creador es la esencia de la idolatría.
La fabricación de ídolos siempre ha sido un lucrativo negocio. Algunos ídolos son hechos de madera, otros de piedra, y otros de metales preciosos. Los fabricantes de ídolos adquieren los mejores materiales y luego realizan su obra trabajando largas horas para formar sus imágenes. Cuando terminan, barren el piso de sus talleres y ordenan sus herramientas. Después se arrodillan, y comienzan a hablarle al ídolo que recién fabricaron. Imagine hablarle a un pedazo mudo de madera o piedra. Es imposible que estas cosas escuchen lo que se les dice. No pueden responder, ni ayudar. Son sordas, mudas e impotentes. Pero la gente aún les atribuye santidad y poder, y les adora.
Algunos idólatras han sido un poco más sofisticados y en lugar de adorar imágenes de piedra o altares paganos, han adorado el sol, la luna o bien a alguna idea abstracta. Pero el sol también es creado; y no hay nada trascendente y santo acerca de la luna. Estas cosas son parte de la naturaleza; todas son creadas. Pueden ser impresionantes, pero no están por encima ni van más allá de ser cosas creadas; por ende, no son santas.
Adorar un ídolo envuelve llamar a algo santo cuando no lo es. Recuerden que sólo Dios puede consagrar. (Cuando un ministro “consagra” un matrimonio o el pan de la Cena del Señor, se entiende que él sólo está proclamando una realidad que Dios ya ha consagrado. Esto es un uso autorizado de la consagración humana.) Cuando un ser humano trata de consagrar lo que Dios nunca ha consagrado, esto no es un acto de consagración genuina sino un acto de profanación, de idolatría.
A principios del siglo veinte un académico alemán llamado Rudolf Otto hizo un inusual e interesante estudio de lo santo. Otto intentó estudiar lo santo de una forma científica. El examinó cómo la gente de diferentes culturas y naciones se comporta cuando encuentran algo que consideran santo, y exploró los sentimientos que la gente guarda ante estos artilugios. El primer descubrimiento importante que Otto hizo fue que es difícil para la gente describir lo santo. Otto notó que aunque se podían decir ciertas cosas acerca de lo santo, siempre quedaba algún elemento que no podía ser explicado. No era que este elemento fuese irracional, sino más bien, que era supra-racional; esto es, mas allá de los límites de nuestra mente. Había algo superior acerca de la experiencia humana con lo santo, algo que no podía ser expresado con palabras. Esto es a lo que Otto le llamó un especie de plus. El plus es esa parte de la experiencia santa donde la gente no encuentra palabras para expresar dicho concepto. Es el elemento espiritual que desafía toda descripción adecuada.
Posteriormente, acuñó un término para lo santo. El le llamó el misterium tremendum que traducido significa el “misterio tremendo.” Otto lo describió así:
Este sentimiento puede venir a veces arrasando como una suave ola que invade la mente con un apacible disposición de profunda adoración. Esto puede convertirse en una actitud del alma más fija y permanente, que se prolonga conmovedoramente vibrante y emocionante, hasta que se disipa regresando al alma a su estado “profano,” no religioso de la experiencia cotidiana. Puede estallar en una repentina erupción de las profundidades del alma con espasmos y convulsiones, o guiar hacia alguna extraña excitación, un intoxicado frenesí, una transportación o un éxtasis. Tiene sus formas histéricas y demoníacas, y puede descender hasta casi un estado de terror y convulsiones. Tiene manifestaciones iniciales bárbaramente crudas para luego convertirse en algo hermoso, puro y glorioso. Puede ser la silenciosa y temblorosa humildad de la criatura en la presencia de – ¿quién o qué? La presencia de aquello que es un misterio inexpresable y más allá de toda cosa creada.
Otto habló del tremendum por causa del temor que lo santo provoca en nosotros. Lo santo nos llena con una especia de pavor. Nosotros usamos expresiones como “se me congeló la sangre” o “mi carne se estremeció.” Pensemos en uno de los cantos espirituales de los negros titulado: “¿Estabas allí cuando crucificaron a mi Señor?”. El coro de este himno dice, “A veces esto me hace temblar… temblar… temblar.”
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