R. C. Sproul - La Santidad de Dios

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¿Cómo te afecta a ti la santidad de Dios?"Cada cristiano que se ocupa en serio de su crecimiento espiritual necesita leer este libro. Fue sumamente provechoso para mí".-Jerry Bridges"Quizás sea muy temprano para calificar el libro La Santidad de Dios por R. C. Sproul como una de las obras clásicas teológicas de nuestros tiempos, pero si todavía no ha alcanzado este reconocimiento, lo logrará muy pronto".-James Montgomery Boice

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Sin embargo, la historia de Uzías terminó tristemente. Sus últimos días fueron como los de los trágicos héroes de Shakespeare. Su carrera se deterioró por el pecado del orgullo después de haber adquirido gran riqueza y poder. El se sintió Dios; entró al templo con insolencia y arrogancia, reclamando para sí los derechos que Dios había dado solamente a los sacerdotes. Cuando ellos trataron de detenerlo en su acto sacrílego, Uzías se enfureció. Mientras les gritaba furiosamente, apareció lepra en su frente. La Biblia dice de él: “Y habitó leproso en una casa apartada… excluido de la casa de Jehová” (2 Crónicas 26:21). Cuando Uzías murió, a pesar de la vergüenza de sus últimos años, la nación lo lloró. Aparentemente Isaías fue al templo buscando consolación en este tiempo de angustia personal y nacional. Pero él encontró más de lo que esperaba porque: “En el año en que murió el rey Uzías, vi yo al Señor sentado en un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo” (Isaías 6:1).

El rey había muerto. Pero cuando Isaías entró al templo vio a otro rey, el Rey Supremo, el que se sienta eternamente en el trono de Judá, él vio al Señor.

En el hebreo hay dos palabras distintas que se traducen Señor. Una es “Adonai”, que significa “el Soberano.” Este no es el nombre de Dios sino un título, el título supremo dado a Dios en el Antiguo Testamento. La otra palabra es “Jehová”, el nombre sagrado de Dios, con el cual El se reveló a Moisés en la salsa ardiendo. Este es su nombre inefable, el nombre santo que los israelitas se guardaban de profanar. Normalmente ocurre sólo en forma de sus cuatro consonantes – YHWH. Por lo tanto se le conoce como el sagrado tetragrama , las cuatro letras inefables.

Vemos este contraste en las palabras usadas en el Salmo 8:1, “¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!” Lo que el judío estaba diciendo era, “¡Oh Jehová, nuestro Adonai, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra.” O se podría decir así, “¡Oh Jehová nuestro Soberano, cuán glorioso…” En el Salmo 110 leemos, “Jehová dijo a mi Señor: siéntate a mi diestra” (Salmo 110:1). Aquí el salmista está diciendo, “Dios le dijo a mi Soberano: ‘Siéntate a mi mano derecha.’”

Jehová es el nombre de Dios; Adonai es su título. Cuando hablamos de algún presidente mencionamos su nombre y su título. “Presidente” es el título más alto en nuestros países; de igual forma, “Soberano” era el más alto en Israel. El título “Adonai” estaba reservado para Dios. Este fue el título que se le dio a Dios en el Nuevo Testamento. Cuando Cristo es llamado Señor en el nuevo testamento, se le confiere el equivalente Adonai del antiguo testamento. Jesús es llamado el Rey de reyes y Señor de señores, un título reservado sólo para Dios el Padre, el Supremo Soberano de cielo y tierra.

Estos diferentes usos de las palabras “Jehová” y “Adonai” indican el cuidado con que la gente se refería a la naturaleza santa de Dios. En cierta forma, es igual con mi uso de letra mayúscula para referirme a Dios. Puesto que Dios es inefablemente santo, yo no soy capaz de referirme a El como “él,” aunque quizás a algunos de mis lectores les irrite lo que perciben como un uso anticuado de las letras mayúsculas. Para mí es un gesto de respeto y de asombro hacia un Dios santo.

Cuando Isaías vino al templo, había una crisis de soberanía en la nación. Uzías había muerto pero los ojos de Isaías fueron abiertos para ver al verdadero Rey de la nación. El vio a Dios sentado sobre el trono como el soberano.

Las Escrituras nos advierten que ninguna persona puede ver el rostro de Dios y vivir. Recordemos la petición de Moisés cuando ascendió al monte santo de Dios. El había sido testigo de asombrosos milagros, había escuchado la voz de Dios hablándole desde la zarza ardiendo, había visto el río Nilo convertido en sangre, había probado el maná del cielo y había visto la nube y la columna de fuego. También había visto los carros del Faraón inundados por las olas del mar Rojo. Pero todavía no estaba satisfecho; quería ver más. El anhelaba la excelsitud espiritual. El pidió al Señor en ese momento, “Déjame ver tu rostro, muéstrame tu gloria.” Pero se le negó la petición:

Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. Dijo más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá. Y dijo aún Jehová: He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña; y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro. (Éxodo 33:19-23)

Luego, Dios le permitió a Moisés que viera su espalda, pero no su rostro. Cuando Moisés regresó del monte, su rostro resplandecía. La gente se aterrorizó y se alejaron de él con horror. El rostro de Moisés era demasiado para poder mirarlo. Así que Moisés se puso un velo sobre su rostro para que la gente pudiera acercársele. Esta experiencia de terror se manifestó en el rostro de un hombre que estuvo tan cerca de Dios que ahora reflejaba Su gloria, y sólo el reflejo de la gloria de la espalda de Dios, no de la de su rostro. Si la gente temía ver la gloria que se reflejaba de la espalda de Dios, ¿cómo podría mirarse directamente su santo rostro?

Pero la meta final del cristiano es poder ver lo que se le negó a Moisés, queremos mirarlo cara a cara, queremos solazarnos en la gloria radiante de su rostro. Todo judío lo esperaba, basado en la amada bendición de Israel:

“Jehová te bendiga y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro y ponga en ti paz.” (Números 6:24-26)

Esta esperanza, cristalizada en esta bendición, se convirtió en una promesa para los cristianos. Juan dice: “Ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando El se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal como El es. Aquí tenemos su promesa: Nosotros le veremos tal como El es. Los teólogos llaman a esta expectativa futura la Visión Beatífica. Veremos a Dios tal como El es . Esto significa que algún día veremos a Dios cara a cara. No veremos el reflejo de su gloria desde una zarza ardiente o en la columna de fuego. Le veremos tal como El es, en su pureza y en su esencia divina.

Ahora es imposible que nosotros veamos a Dios en su esencia divina. Antes tenemos que ser purificados. Cuando Jesús enseñó las bienaventuranzas, prometió esto a un grupo selecto: “Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mat. 5:8). En este mundo, ninguno de nosotros es puro de corazón y esa impureza nos impide ver a Dios. El problema no radica en nuestros ojos, sino en nuestro corazón. Hasta que nos encontremos purificados y totalmente santificados en el cielo, seremos capaces de verlo cara a cara

Por encima de El había serafines; cada uno tenía seis alas, con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. (Isaías 6:2)

Los serafines no son seres humanos pecadores con corazones impuros. Pero siendo seres angélicos son criaturas, y a pesar de su elevada posición como participantes de los ejércitos celestiales, tienen que cubrir sus ojos para no ver directamente el rostro de Dios. Es terrible y maravilloso cómo fueron hechos, dotados por su Creador con un par de alas especiales para cubrir sus rostros en su majestuosa presencia. Estos serafines tienen además un segundo par de alas con el cual cubren sus pies. Esto no es una especie de zapatos angélicos para proteger la planta de sus pies o facilitarles su caminar en el templo celestial. La razón para esto es similar a la de la experiencia de Moisés con la zarza ardiente:

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