Usualmente tenemos sentimientos mezclados acerca de lo santo. Hay un sentido en el cual, a la vez que somos atraídos por ello, también lo repudiamos. Algo nos atrae y al mismo tiempo queremos alejarnos. Pareciera que no podemos decidir qué escoger. Parte de nosotros anhela lo santo y otra parte lo desprecia. No podemos vivir ni con, ni sin ello.
Nuestra actitud hacia lo santo es similar a nuestra postura para con las historias de fantasmas y las películas de horror. Los niños ruegan a sus padres que les cuenten historias de fantasmas hasta que se asustan tanto que les imploran que paren. No me gusta ver películas de miedo con mi esposa. A ella le gusta verlas hasta que las vea – o, debería decir, hasta que no las vea. Nos pasa lo mismo cada vez. Primero me sujeta el brazo y clava las uñas en mi carne. El único alivio que tengo es cuando ella me suelta el brazo para cubrirse los ojos con sus dos manos. Lo próximo que sucede, es que ella se levanta y camina hacia la parte posterior del cine, donde puede pararse contra la pared. Allí, ella está segura que nada va a saltar desde atrás para agarrarla. Luego, se va del cine y busca refugio en el vestíbulo, y por si esto fuera poco, me dice que le encanta ir a ver ese tipo de películas. (Debe haber alguna explicación teológica de esto en alguna parte.)
Tal vez, el ejemplo más claro de este extraño fenómeno de los sentimientos mezclados que la gente tiene hacia lo santo viene del mundo de la radio. Antes de la venida de la televisión, los programas de radio eran el cenit del entretenimiento en el hogar. Diariamente, un sinnúmero de narraciones nos tenían al filo de asiento. Por la tarde, los programas solían ser de acción y aventura como El Llanero Solitario, Superman y otros.
Los programas de terror, comenzaban con el horroroso sonido del rechinar de una puerta abriéndose. Era como el ruido de unas uñas rayando un pizarrón. Esto evocaba en mi mente la imagen de un viejo y mohoso baúl que estaba siendo abierto. Con el sonido de la rechinante puerta se oía una sonora voz cuyo anuncio decía, “¡ INNER SANCTUM !”.
¿Qué hay de atemorizante en las palabras inner sactum ? ¿Qué significan? Inner sanctum significa “dentro de lo santo.” Nada es más pavoroso para nosotros, más terrible para la mente que ser traído adentro de lo santo. Aquí comenzamos a temblar a medida que somos introducidos a la presencia del misterium tremendum .
El misterioso carácter de un Dios santo es expresado en la palabra latina augustus . Les causó problemas a los primeros cristianos atribuir este título al César. Para ellos, ninguna persona era digna del título augusto . Sólo Dios podía ser llamado con propiedad el augusto. Ser augusto es inspirar asombro, o ser asombroso. En el sentido más elevado, sólo Dios es asombroso.
En el estudio de Otto sobre la experiencia humana de lo santo, él descubrió que las más claras sensaciones que los humanos tienen cuando experimentan lo santo es un sobrecogedor y abrumador sentimiento de ser criaturas. Es decir, cuando somos conscientes de la presencia de Dios, notamos más que somos criaturas. Cuando nos encontramos con el Absoluto, sabemos de inmediato que nosotros no somos absolutos. Cuando nos hallamos con el Infinito, nos hacemos agudamente conscientes de que nosotros somos finitos. Cuando vislumbramos al Eterno, sabemos que somos temporales. Encontrarse con Dios es un poderoso estudio de contrastes. Nuestro contraste con el “Otro” es sobrecogedor. El profeta Jeremías se quejó con Dios: “Me sedujiste oh Jehová, y fui seducido, más fuerte fuiste que yo y me venciste” (Jeremías 20:7).
Aquí suena como si Jeremías estuviese afligido por un ataque de tartamudez. Normalmente la Biblia es breve en sus expresiones y economiza el lenguaje. Jeremías rompe esta regla tomando tiempo para expresar lo obvio. El dice, “Me sedujiste, y fui seducido.” La última frase es un desperdicio de palabras. Por supuesto, Jeremías fue seducido. Si Dios lo sedujo, ¿cómo podía no sentirse seducido? Si Dios lo sobrecogió, ¿cómo podía no estar sobrecogido? Tal vez Jeremías sólo quería asegurarse que Dios entendía su queja. Tal vez estaba usando el método hebreo de repetición para indicar énfasis. Jeremías fue seducido y sobrecogido. El se sentía impotente y desamparado ante el absoluto poder de Dios. En ese momento Jeremías estaba supremamente consciente de su condición de criatura.
No siempre es placentero que se nos recuerde que somos criaturas. Las palabras originales de la tentación de Satanás son difíciles de olvidar, “seréis como dioses” (Génesis 3:5). Esta horrible mentira de Satanás es una mentira que nos encantaría creer. Si pudiéramos ser como dioses, seríamos inmortales, infalibles e irresistibles. Tendríamos una cantidad de poderes que no tenemos ni podemos tener. La muerte nos atemoriza con frecuencia. Cuando vemos a alguien morir, recordamos que somos mortales y que algún día nosotros moriremos. Es un pensamiento que tratamos de quitar de nuestras mentes, y nos sentimos incómodos cuando la muerte de alguien se entromete en nuestras vidas, anunciándonos lo que tendremos que enfrentar inevitablemente. La muerte nos recuerda que somos criaturas. Pero tan temible como es la muerte, no es nada comparada con enfrentar a un Dios santo. Cuando nos encontramos con El, toda nuestra condición de criaturas se avanlanza sobre nosotros y desintegra el mito de que somos semi-dioses, deidades inferiores que tratarán de vivir por siempre.
Como criaturas mortales, estamos expuestos a toda clase de temores. Somos gente ansiosa dada a las fobias. Algunos le temen a los gatos, otros a las serpientes, otros a los lugares congestionados o bien a las alturas. Estas fobias se apoderan de nosotros y perturban nuestra paz interna. Hay una clase especial de fobia que todos sufrimos. Se llama xenofobia. Xenofobia es un temor (a veces un odio) hacia los extraños o los extranjeros (tratándose de personas), o bien hacia algo que sea extraño o extranjero. Dios es el máximo objeto de nuestra xenofobia. El es el más grande extraño, el mayor extranjero, dado que El es santo y nosotros no.
Le tememos a Dios porque El es santo. Pero nuestro temor no es el temor sano que la Biblia nos motiva a tener. Nuestro temor es un temor servil, un temor nacido del pavor. Dios es demasiado grande para nosotros, demasiado asombroso, y para colmo, nos hace difíciles demandas. El es el Misterioso, un Extraño que amenaza nuestra seguridad. En su presencia, tememos y temblamos y el hallarnos en su sentencia, puede ser nuestro más grande trauma.
Aplicando la Santidad de Dios a Nuestras Vidas
Mientras reflexiona en lo que ha aprendido y redescubierto acerca de la santidad de Dios, responda estas preguntas. Use un diario para registrar sus respuestas acerca de la santidad de Dios, o discútalas con un amigo.
1. ¿En qué maneras es Dios un terrible misterio para usted?
2. El misterio de Dios ¿lo consuela o lo atemoriza?
3. ¿Qué aprende usted acerca de sí mismo al comprender el misterio de la santidad de Dios?
4. Durante la siguiente semana, ¿cómo adorará usted a Dios por el misterio de su santidad?
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