Los fíats de Dios no están limitados así. El puede crear por la pura fuerza de su divino mandato. Puede traer algo de la nada y vida de la muerte. Puede hacer estas cosas por el sonido de su voz.
El primer sonido que se escuchó en el universo fue la voz de Dios ordenando “¡Sea!” En realidad, es inapropiado decir que este fue el primer sonido “en” el universo porque hasta que el sonido fue hecho no había universo. Dios le habló al vacío. Podríamos decir que esto era una especie de proclamación primigenia dirigida hacia el obscuro vacío.
El mandamiento de Dios creó sus propias moléculas para transportar las ondas sonoras de la voz de Dios lejos en el espacio. Pero las ondas sonoras se tardarían mucho. El sonido de este mandato imperativo excedió la velocidad de la luz. Tan pronto como las palabras salieron de la boca del Creador, las cosas comenzaron a suceder. Cuando su voz resonó las estrellas aparecieron emanando una luz indescriptible entonada con el sonido de los ángeles. La fuerza de la energía divina se esparció en el cielo como un caleidoscopio de colores brotando de la paleta de un poderoso artista. Los cometas cruzaron el cielo con brillantes colas como los fuegos artificiales que celebran la independencia. El acto de la creación fue el primer evento en la historia. Fue también el más asombroso. El Supremo Arquitecto observó su complejo bosquejo y pronunció sus mandatos para que los límites del mundo se establecieran. Cuando El habló, los mares fueron encerrados en sus límites, y las nubes se llenaron con rocío.
El amarró las Pléyades y ciñó el cinturón del Orión. Luego habló de nuevo y la tierra comenzó a llenarse de orquídeas floreciendo en su plenitud. Las flores brotaron como la primavera en Mississippi. Los tonos lavanda de los ciruelos danzaban con los brillos de las azaleas y la flor de olivo.
Dios habló una vez más y las aguas se llenaron de seres vivientes. El caracol se ocultó bajo la sombra de la mantarraya, mientras que el pez espada rompió la superficie del agua para pasearse sobre las olas con su cola. De nuevo El habló y el rugido del león y el balido de las ovejas se escuchó. Los animales de cuatro patas, las arañas de ocho y los insectos alados aparecieron.
Y Dios dijo, “Esto es bueno.”
Entonces Dios se inclinó hacia la tierra y cuidadosamente le dio forma a una pieza de barro. La levantó delicadamente hacia sus labios y sopló sobre ella. El barro comenzó a moverse. Comenzó a pensar, comenzó a sentir, comenzó a adorar. Estaba vivo y estampado con la imagen de su Creador.
Consideren la resurrección de Lázaro de entre los muertos. ¿Cómo lo hizo Jesús? El no entró a la tumba donde yacía el cadáver putrefacto de Lázaro; no tuvo que administrar resucitación boca a boca. El se paró frente a la tumba, a la distancia, y gritó en alta voz, “¡Lázaro, ven fuera!” La sangre comenzó a fluir en las venas de Lázaro y sus ondas cerebrales a pulsar. En una explosión de vida, Lázaro abandonó su tumba y caminó hacia afuera. Este es el fíat creador. El poder del imperativo divino.
Algunos teóricos modernos creen que el mundo fue creado por la nada. Note la diferencia entre decir que el mundo fue creado de la nada y decir que fue creado por la nada. Según esta opinión moderna, el conejo sale del sombrero sin conejo, sin sombrero y sin mago. Esta opinión moderna es más milagrosa que el punto de vista bíblico pues sugiere que la nada creó algo. Y más aún, sostiene que la nada lo creó todo – ¡Ciertamente una hazaña!
Seguramente en esta era científica no puede haber gente seria reclamando que el universo fue creado por la nada. ¿O acaso la hay? Pues, sí, y en grandes números. Por supuesto, ellos no suelen decirlo de la manera que yo lo digo y probablemente se irritarán conmigo por expresar sus puntos de vista de esta forma. Sin duda protestarán de que yo ofrezco una caricatura distorsionada de su sofisticada posición. Muy bien, ellos no dicen que el universo fue creado por la nada; ellos dicen que el universo fue creado por la casualidad.
Pero la casualidad no es algo objetivo. No tiene peso, medida, ni poder. Es meramente una palabra que usamos para describir posibilidades matemáticas. No puede hacer nada y no lo hace porque es nada. Decir que el universo fue creado por la casualidad es decir que vino de la nada.
Esto es una locura intelectual. ¿Cuáles son las probabilidades de que el universo fuese creado por casualidad?
San Agustín entendió que el mundo no podía ser creado por la casualidad. El sabía que se requería algo o alguien con poder – el mismísimo poder de la creación – para que el trabajo fuese hecho. El sabía que algo no podía venir de la nada. Entendió que en algún lugar, de alguna manera, algo o alguien tenía que tener el poder de ser por sí mismo. De lo contrario, hoy no existiría nada.
La Biblia dice, “En el principio Dios.” El Dios que nosotros adoramos siempre ha estado allí. Sólo El puede crear seres porque sólo El tiene el poder de ser. El no es “nada.” El no es casualidad. El es puro Ser. El es aquel que tiene el poder de ser todo por sí mismo . El es el único eterno. El único que tiene poder sobre la muerte. Sólo El puede ordenar que los mundos existan por su fíat, por el poder de su mandato. Tal poder es abrumador y asombroso. Es merecedor de respeto y de humilde adoración.
Las palabras de Agustín – que Dios creó el mundo de la nada por el puro poder de su voz – fueron las que me condujeron hacia la capilla aquella medianoche.
Yo sé lo que significa ser convertido. Sé lo que es ser nacido de nuevo. También entiendo que una persona nace de nuevo sólo una vez. Cuando el Espíritu Santo activa en nuestras almas la nueva vida en Cristo, El no detiene su obra. El continúa trabajando en nosotros para cambiarnos.
Mi experiencia en el salón de clases reflexionando sobre la creación del mundo, fue como nacer de nuevo una segunda vez. Fue como convertirme no meramente a Dios el Hijo, sino al Dios el Padre. Repentinamente sentí pasión por conocer a Dios el Padre. Quería conocerlo a El en su majestad, en su poder y en su majestuosa santidad.
Mi “conversión” a Dios el Padre no sucedió sin sus respectivas dificultades. Aunque fui profundamente impresionado por la noción de un Dios que creó un universo entero de la nada, me sentía confundido por el hecho de que vivimos en un mundo lleno de lamentos, un mundo plagado de maldad. Mi próxima pregunta fue ¿Cómo pudo un Dios bueno y santo crear un mundo que ahora se encuentra en este caos? Mientras estudiaba el Antiguo Testamento también me perturbaban las historias sobre Dios ordenando la muerte de mujeres y niños, de Dios matando instantáneamente a Uza por tocar el arca, y algunos otros relatos que parecían revelar un lado brutal del carácter de Dios.
El concepto, la idea central que yo seguía encontrando en la Escritura, era que Dios es santo. Esa palabra me era extraña. No estaba seguro de su significado. Yo hice de esta idea un asunto de diligente y persistente investigación. Aún hoy estoy absorto con el tema de la santidad de Dios. Estoy convencido de que es una de las ideas más importantes con las cuales un cristiano debe lidiar. Es básica para nuestro entendimiento de Dios y del cristianismo.
La idea de la santidad es tan central a la enseñanza bíblica que se dice de Dios que “Santo es su nombre” (Lucas 1:49). Su nombre es santo porque El es santo. El no siempre es tratado con reverencia santa. Su nombre es pisoteado con la suciedad de este mundo. Se usa como una palabra para maldecir y una plataforma para la obscenidad. El poco respeto que este mundo tiene por Dios, es vívidamente evidenciado por la manera en que el mundo usa su nombre. No hay honra, no hay reverencia ni hay asombro delante de El.
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