R. C. Sproul - La Santidad de Dios
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Si yo le preguntara a un grupo de cristianos cuál es la principal prioridad de su iglesia, sé que tendría una amplia variedad de respuestas. Algunos me dirían evangelismo, otros acción social y otros nutrición espiritual. Pero aún estoy esperando a alguien hablar de cuáles fueron las prioridades de Jesús.
¿Cuál es la primera petición del “Padre Nuestro”? Jesús dijo, “Vosotros pues oraréis así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos…’” (Mateo 6:9). La primera línea de la oración no es una petición. Es una forma personal de acercamiento. La oración continúa: “Santificado sea tu nombre, venga tu reino” (Mateo. 6:9-10). Con frecuencia confundimos las palabras “Santificado sea tu nombre” con la parte del acercamiento como si las palabras fuesen “Santificado es tu nombre.” Si ése fuera el caso, las palabras serían meramente una designación de alabanza a Dios. Pero no es así como Jesús lo dijo. El lo expresó como la primera petición. Nosotros deberíamos de orar que el nombre de Dios sea santificado. Que Dios sea considerado santo.
Hay una especie de secuencia dentro de la oración. El reino de Dios nunca vendrá donde su nombre no sea considerado santo. Su voluntad no se hace en la tierra como en el cielo, si aquí su nombre es profanado. En el cielo el nombre de Dios es santo. Es pronunciado por los ángeles con un susurro sagrado. El cielo es un lugar donde la reverencia por Dios es total. Es necio buscar el reino donde Dios no es reverenciado.
La manera en que entendemos la persona y el carácter de Dios el Padre afecta cada aspecto de nuestras vidas. Afecta más de lo que nosotros normalmente llamamos el aspecto “religioso” de nuestras vidas. Si Dios es el Creador del universo entero, entonces El es el Señor de todo el universo. Ninguna parte del mundo se escapa de su señorío. Esto significa que ninguna parte de mi vida debe estar fuera de su señorío. Su carácter santo tiene algo que decir acerca de la economía, la política, los deportes, el romance – todo en lo cual estamos involucrados. No podemos escaparnos de Dios. No hay lugar que nos pueda esconder de El. El no sólo penetra cada aspecto de nuestras vidas, pero penetra en su majestuosa santidad. Por eso tenemos que buscar entender qué es la santidad. No nos atrevamos a evadir este tema. No puede haber adoración y crecimiento espiritual ni verdadera obediencia sin ello. Esto define nuestra meta como cristianos. Dios ha declarado, “Sed santos porque yo soy santo” (Levítico 11:44).
Para alcanzar esa meta, tenemos que entender qué es la santidad.
Aplicando la Santidad de Dios
a Nuestras Vidas
Mientras usted reflexiona sobre lo que ha aprendido y descubierto sobre la santidad de Dios, responda estas preguntas. Use una libreta para registrar sus respuestas a la santidad de Dios o discútalas con un amigo.
1. Cuando usted piensa en Dios como santo, ¿qué viene a su mente?
2. Describa alguna ocasión en la que usted haya sido sobrecogido por la santidad de Dios.
3. ¿Le atrae la santidad de Dios?
4. ¿Qué significa para usted ser santo durante la próxima semana?
Isaías 6:6-8
1 En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.
2 Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban.
3 Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.
4 Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo.
5 Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.
6 Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas;
7 y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado.
8 Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.
El profeta del antiguo testamento era un hombre solitario. Era un individualista señalado por Dios para una penosa tarea, como una especie de fiscal designado por el Supremo Juez del cielo y tierra, un vocero para demandar a aquellos que habían pecado en su contra.
El profeta no era filósofo que escribía para promover discusiones, ni era un libretista que componía dramas para entretener a la gente. El era mensajero, un heraldo del rey del cielo. Con sus anuncios venían las palabras “Así dice el Señor”
La historia de los profetas se lee como un libro de mártires y suena como un reporte de las víctimas de la Tercera División en la Segunda Guerra Mundial. El promedio de su vida era como el de un teniente del ejército en combate.
Cuando se dice de Jesús que fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebrantos” (Isaías 53.3), se le hace partícipe de una gran cantidad de hombres a quienes Dios destinó para tal sufrimiento. El azote al profeta era la soledad; a menudo su casa era una cueva y usualmente el desierto era su lugar de reunión con Dios. Algunas veces, su vestuario era la desnudez y su corbata un cayado. Sus canciones eran compuestas con lágrimas.
De esa clase de hombre era Isaías ben-Amoz.
En la lista de los héroes del Antiguo Testamento, Isaías sobresale en un destacamento estelar. El fue profeta de profetas, un líder de líderes, un “profeta mayor” por el gran tamaño del libro que lleva su nombre.
Como profeta, era inusual. La mayoría de los profetas eran de origen humilde: campesinos, pastores, labradores, mas Isaías era de la nobleza. El era un reconocido hombre de estado que tenía acceso a la corte real de sus días. Se relacionaba con príncipes y reyes. Dios lo usó a él para hablarle a varios monarcas de Judá, incluyendo a Uzías, Jotán, Acaz y Ezequías.
Lo que destacaba al profeta de Israel de todos los otros hombres eran los sagrados auspicios de su llamado. Su llamado no fue de hombres. El no podía solicitar este trabajo, tuvo que ser seleccionado – escogido directa e inmediatamente por Dios. Y el llamado fue soberano; no se podía ser rechazar (Jeremías trató de rechazar este llamado, pero se le recordó inmediatamente que él había sido consagrado para esto desde el vientre de su madre. Luego, cuando buscó renunciar, Dios rehusó aceptar su renuncia). El trabajo de profeta era de por vida; no se podía renunciar o jubilar.
El registro del llamado de Isaías quizás sea el más dramático de todos los registrados en el Antiguo Testamento. Se nos dice que sucedió en el año en que el rey Uzías murió.
El rey Uzías murió en el siglo ocho AC. Su reinado fue muy importante en la historia judía y fue uno de los mejores reyes que gobernó Judá. No fue un David, pero tampoco fue señalado por la corrupción que caracterizó a los reyes del norte, tales como Acab. Uzías ascendió al trono cuando tenía dieciséis años y reinó en Jerusalén por cincuenta y dos años. ¡Fíjense, cincuenta y dos años! En los pasados cincuenta y dos años, Estados Unidos ha presenciado la administración de Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo. Pero mucha gente en Jerusalén vivió su vida entera bajo el reinado del rey Uzías.
La Biblia nos dice que Uzías comenzó su reino piadosamente haciendo “lo que era recto ante los ojos de Jehová” (2 Crónicas. 26:4). El buscó a Dios y fue bendecido. Venció a los filisteos y a otras naciones en batalla, edificó torres en Jerusalén y fortaleció sus murallas, abrió grandes pozos en el desierto y estimuló un gran crecimiento en la agricultura nacional. También restauró el poder militar de Judá hasta un nivel casi tan alto como en los días de David. La mayoría de su vida Uzías fue conocido como un rey grande y amado.
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