En un bello libro reciente, Eduardo Martínez de Pisón describe de forma magistral cómo entendemos hoy los paisajes rurales en Europa y por qué queremos preservarlos, mantenerlos y gestionarlos de otra manera. Al menos, qué significado otorgan hoy a sus paisajes los pueblos más cultos de Europa. «El paisaje rural no es el territorio, afirma el autor. El territorio es el solar, el paisaje rural es el resultado de un proceso histórico. El paisaje rural es el legado de nuestro pasado colectivo. Legados, como lo son las artes, la arquitectura, el pensamiento o la literatura de un país. Los paisajes rurales poseen contenidos culturales propios que llegan a definir la personalidad de un municipio o de una región. Los paisajes rurales son testigos culturales de todo un pueblo. Como consecuencia de ese legado de conjunto, reflejan o contienen, significativas señas de identidad de los pueblos que los habitan y por otro expresan el rostro y la cultura de la generación que tiene la responsabilidad de conservarlos y de entregarlos a la próxima generación.
El paisaje posee significados naturales e históricos. Pero también posee otros que remiten a referencias culturales y sociales, en sus identificaciones, en su personalidad, en sus valores. Es un espacio común de la vida colectiva de un pueblo. Vivido, pensado, habitado, cultivado, construido, cuidado, ¿destruido? (...) Ignorar eso es mutilar el paisaje y la vivencia colectiva tan gravemente como pudiera serlo la tala de un bosque o el derribo de un pueblo (...). Los paisajes rurales son bienes culturales que sintetizan la experiencia vital de una colectividad. Pero son frágiles. Por eso precisan de mucha atención y protección. Atención y gestión culta e inteligente. Mantener vivos muchos territorios rurales precisa de políticas no solo territoriales sino culturales y de patrimonio. La política de protección del paisaje es también una política cultural...» (Martínez de Pisón, 2009).
Una mirada culta e inteligente significa tener capacidad de reconocer lo valores visibles y ocultos, tangibles e intangibles, que tienen unos campos de cultivo mantenidos vivos aunque sus propietarios ya no vivan de ello o un regadío histórico con todo su rico patrimonio hidráulico que tantas generaciones anteriores han contribuido a construir y que hoy tienen valor patrimonial y cultural incalculable. Paisajes de agua, paisajes arbolados, paisajes cultivados... paisajes con alma en definitiva.
Sabemos además que los paisajes culturales son incluso mucho más que el espejo del paso de culturas. Sabemos que el paisaje contribuye de manera determinante a la calidad de vida y al bienestar individual y colectivo de las sociedades. Que paisaje y salud van unidos. Como lo están también ciertas patologías y la pérdida traumática del sentido del lugar y la degradación del paisaje. Lo viene reiterando Joan Nogué desde hace muchos años y lo han corroborado muchos expertos que se han ocupado de esta relevante cuestión desde diferentes visiones (Nogué, 2008a; 2008b).
También sabemos que cuando se habla de paisajes (de todos los paisajes y no solamente de los excepcionales) y de la necesidad de protegerlos y de gestionarlos de otra manera, han de tenerse muy en cuenta indicadores que nada tienen que ver con cuestiones que se pueden reducir a valores numéricos. Han de tenerse muy en cuenta otras consideraciones de tipo cualitativo relacionadas con el entorno vital de las personas, con valores afectivos, estéticos y simbólicos. La tranquilidad es otro indicador fundamental cada vez más tenido en cuenta. Hasta el punto de que ya existen mapas de la tranquilidad en los que se subraya cómo el valor de la tranquilidad ayuda a la economía de un lugar, es bueno para la salud y reduce el estrés de las personas. El trabajo realizado por ejemplo en algunas áreas de Inglaterra, su envidiable esfuerzo por confeccionar sus Tranquility Maps y una extensa red de caminos tranquilos (Quiet Lanes) indica que algunas sociedades aprecian valores intangibles que son esenciales para garantizar su bienestar. Cualquier lector o lectora interesado puede acceder a las guías de caminos tranquilos o a la relación de condados más apreciados de Inglaterra precisamente porque cuentan con niveles de tranquilidad muy altos (Campaign to Protect Rural England , 2006).
Obras como la que ahora publica la Universitat de València están impregnadas de esa forma de entender el paisaje y la función de muchos espacios rurales hoy. Se inscribe en lo mejor de tradición académica de estudios sobre historia del paisaje que ahora se impulsan en muchas universidades y centros de investigación europeos. Es mucho más que un libro sobre la Huerta. Sugiera una mirada culta, ofrece un diagnóstico sólido, hace una denuncia severa y propone alternativas.
Muchos ciudadanos europeos participamos de la idea de que el futuro del territorio y de los paisajes culturales depende en gran parte de la existencia de una vigorosa sociedad civil que sea capaz de mirar con respeto, con sensibilidad y con cultura, con civilidad en definitiva, hacia atrás y hacia delante. Sabiendo que el territorio y el paisaje no son patrimonio exclusivo de nadie, que no somos los únicos, tampoco los primeros ni los últimos. Que no somos el centro de la Naturaleza. Los pueblos más cultos de Europa han sido capaces de mirar hacia su historia colectiva con respeto. También han sido capaces de conservar sus paisajes porque son parte de esa historia colectiva. Han preferido conservarlos y mantenerlos vivos antes que abandonarlos. Nosotros debemos ser capaces de hacer lo propio. Sabiendo que las funciones de muchos de esos territorios, además de producir alimentos, será la de ofrecer otras funciones ecológicas, culturales y reparadoras de gran utilidad para la colectividad.
Bibliografía
BERGER, J. (2006): Puerca tierra , Madrid, Alfaguara.
CAMPAIGN TO PROTECT RURAL ENGLAND: CPRE’s guide to Quiet Lanes , septiembre de 2006.
—: Campaigning for the beauty, tranquility and diversity of the countryside , Octubre, 2006.
COMITÉ ECONÓMICO Y SOCIAL EUROPEO (2005): Dictamen del Comité Económico y Social Europeo sobre la agricultura periurbana .
MARTÍNEZ DE PISÓN, E. (2009): Miradas sobre el paisaje , Madrid, Biblioteca Nueva, Colección Paisaje y Teoría.
NOGUÉ, J. (Ed.) (2008a): Paisatge i salut , Observatori del Paisatge de Catalunya, Sèrie reflexions.
— (2008b): Entre paisajes , Barcelona, Àmbit.
1 Condición histórica y
significado cultural de
los paisajes hidráulicos
históricos
Thomas F. Glick
Boston University
I
La conservación de los paisajes históricos, en particular aquellos que implican sistemas de gestión o distribución complejos, me ha interesado desde hace casi dos décadas. A modo de conclusión anticipada: es inherentemente difícil conseguir que las élites gubernamentales de las ciudades conciban los paisajes históricamente importantes como artefactos humanos. Aunque la huerta rodea la ciudad, la mayoría de los habitantes de las urbes posee escasos conocimientos acerca de su contribución a la vida urbana. En consecuencia, la huerta ha sido progresivamente destruida debido a la invasión de la urbanización incontrolada.
A pesar de que la huerta entendida como forma específica de paisaje agrícola es común para los valencianos, existen únicamente siete huertas históricas en Europa. Las siete se encuentran amenazadas por una combinación de desarrollo urbano y contaminación del agua. Una de ellas, la huerta de Palermo, prácticamente ha desaparecido. Aunque la reciente expansión de la irrigación en el Este de España, facilitada por los trasvases, puede haber incrementado el área total de cultivos de huerta, las nuevas huertas comportan un uso de la tierra radicalmente diferente. Las huertas periurbanas históricas abastecían a las ciudades de productos frescos y harina molida de cultivo local e importada, y constituían cinturones verdes naturales que incidían de manera positiva en la sensibilidad estética de la ciudad (la barraca es un buen ejemplo), al tiempo que refrescaban la atmósfera urbana llenándola de oxígeno. Además, el carácter artesano de la sociedad urbana se veía acrecentado por la integración de los hortelanos en el tejido social. Las nuevas huertas, en cambio, se construyen lejos de las ciudades, son creadas por las agroindustrias y se orientan al monocultivo comercial y a la exportación. En ellas no vive ningún hortelano, en sucesión ininterrumpida a través de generaciones, como en el caso de las alquerías que se conservan en Valencia.
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