Isabel Montes - Gold Beach

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Elisabeth ha guardado su gran secreto en un baúl cerrado bajo llave durante años. Cuando su hijo Philip lo encuentra y empieza a leer el diario que su madre lleva años escribiendo a escondidas, descubre atónito un pasado que derrumba los pilares sobre los que se ha sostenido su vida. Con tan solo catorce años, Philip sentirá el deber moral de vengar el honor de su madre, sin ser consciente de que el camino que va a iniciar no sólo le llevará a conocer a su verdadero padre sino también a descubrir un mundo de maldad y muerte perpetrado por intereses y desamores. Una anciana que pasa sus horas sentada en un banco en la estación de tren será su ayuda más inestimable.
Adéntrate en esta historia que te hará viajar por Gran Bretaña, desde los albores de la II Guerra Mundial hasta principios de los años setenta, y donde descubrirás como las jugadas del destino y las falsas apariencias pueden cambiar el curso de tu vida en un abrir y cerrar de ojos.

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Me puse las zapatillas y corrí escaleras abajo hacia la puerta de entrada con mi madre tras de mí. Durante los años que estuvo casada con mi padre se había convertido en una magnífica enfermera. Nadie curaba las heridas tan bien en todo Moffat como lo hacía ella.

—¡Geena! ¿Qué ocurre? —preguntó mi madre mientras la cogía por los brazos para tratar de calmarla.

—¡Por favor ayúdame! —gritó desesperadamente con los ojos inundados de lágrimas. ¡A mi hija se le ha caído una olla de agua hirviendo encima!

Al oír aquello mi madre emitió un angustiado ¡Dios mío! mientras corría hacia el interior de casa en busca de su botiquín. Betty no dejaba de dar vueltas alrededor de ella como si estuviese tratando de encontrar la forma de ayudar. La voz de Geena solo repetía una y otra vez “mi niña” con unos lamentos desgarradores que me hicieron temblar al pensar en el dolor que estaría sufriendo Isobel. Se tapaba los ojos con las manos como si no quisiera que la viera llorar. Me acerqué a ella sin saber qué decir para consolarla pero sobre todo para abrazarla fuertemente ya que parecía que de un momento a otro se desplomaría en el suelo. Geena se aferró a mí con fuerza, presa de los nervios y la desesperación. Cuando mi madre salió de casa, literalmente la arrancó de mis brazos y empezaron a correr hacia la valla de la entrada de casa para coger el coche. Geena se dejaba llevar. Yo me quedé en la puerta sin saber qué hacer hasta que las vi desaparecer por el camino hacia el pueblo. Betty se sentó junto a mí y levantó su mano para acariciar la mía mientras emitía unos gemidos de tristeza. Por aquel entonces Isobel y yo no éramos grandes amigos. Íbamos a la misma clase pero apenas hablaba con ella, sin embargo sentía que no me podía quedar de brazos cruzados sin hacer nada. Tenía que vestirme, coger la bicicleta y dirigirme a su casa por si mi madre necesitaba ayuda. Con catorce años ya era lo suficientemente mayor para aprender a curar heridas. Pero cuando llegué a mi habitación para cambiarme de ropa, me acordé del baúl. Por un instante pensé que lo más importante en ese momento era ayudar a Isobel pero luego recapacité sobre si esta era la oportunidad que había estado esperando durante tanto tiempo. Finalmente decidí subir a la buhardilla para comprobar si el baúl estaba cerrado con el candado o si, por el contrario, estaría abierto. Betty me siguió. Subí las escaleras despacio como si fuera consciente de que estaba cometiendo un grave error, pero seguí adelante con paso firme. Cuando llegué junto al baúl y vi que estaba sin candado cerré los ojos asustado. Betty empezó a ladrar suavemente mientras avanzaba y retrocedía como si me quisiera decir que nos fuéramos de allí. Me agaché para ponerme a su altura y le empecé a rascar detrás de las orejas.

—Tienes que ayudarme, Betty. Necesito ver lo que mi madre guarda en este baúl pero ella no se tiene que enterar, así que avísame cuando ella regrese, ¿lo entiendes?

Betty se dirigió a la ventana, se incorporó sobre sus patas y se apoyó en el marco. Me miró y movió su cola con energía como si me estuviese diciendo que estaba preparada. Yo le dije: “buena chica” y caminé despacio hacia el baúl. Cuando estuve frente a él supe que iba a traicionar la confianza de mi madre, pero aunque mi comportamiento me avergonzaba, decidí seguir adelante. Durante unos segundos pensé que si ella no había querido compartir conmigo lo que guardaba en su interior, tenía que ser por algún motivo, o a lo mejor era cierto que solo guardaba ropa antigua y habían sido mis propias fantasías las que me hicieron creer que allí dentro encontraría algún secreto inconfesable. Mis pensamientos luchaban separados en dos bandos, unos a favor de abrirlo y otros en contra. ¿De qué manera podía contentar a las dos partes y encontrar un poco de calma? La solución se me ocurrió de repente. Antes de abrirlo me hice la promesa de que encontrase lo que encontrase, nunca le desvelaría a mi madre que lo había abierto, así su secreto siempre quedaría a salvo.

Me arrodillé frente al baúl. El candado estaba en el suelo junto a la llave. Aquello era lo mejor que me podía haber ocurrido. Levanté la tapa y con la respiración contenida miré en su interior. Sobre el fondo del baúl solo encontré tres cosas: unos zapatos de claqué negros y relucientes, un vestido azul de manga corta doblado perfectamente y unos calcetines blancos. Me senté sobre los pies con la boca abierta como si me hubiesen echado un cubo de agua fría por encima. Seguramente debía de tener cara de tonto. Cuando reaccioné, cerré la boca y fruncí los labios. Estaba decepcionado. ¿De quién era aquella ropa? Que yo supiera, mi madre nunca había bailado claqué. Cuando recordé todos los años en los que había intentado abrir aquel baúl me eché a reír. ¿Cómo había podido dudar de mi madre? Así que era verdad lo que me había dicho. Aún con la sonrisa en los labios apoyé mis manos en el fondo del baúl para incorporarme cuando inesperadamente cedió. Levanté mis manos rápidamente al pensar que lo había roto, pero pronto descubrí que solo era un falso fondo. Me volví a agachar para extraer con sumo cuidado aquella madera. La dejé en el suelo junto con el vestido y los zapatos y miré el interior.

Todo estaba perfectamente colocado. Numerados y ordenados uno junto a otro guardaba doce cuadernos negros de tapas gruesas como el que tenía para anotar sus recetas. Junto a ellos encontré unas fotografías, una nota escrita a mano y cinco cartas metidas en sus correspondientes sobres y atadas todas ellas con un lazo rosa. Cogí la nota y la leí detenidamente.

“Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción” Samuel Johnson. Te quiere, Daddy.

La devolví a su sitio y cogí la primera foto para verla más de cerca. En ella aparecían dos parejas abrazadas entre sí en un parque. Todos sonreían menos una de las mujeres. Aquellas personas eran unos completos desconocidos para mí. La devolví a su sitio y cogí unas fotos que estaban envueltas en un papel de color rosa muy desgastado. La primera era la de un joven soldado que sonreía y lucía unos hoyuelos idénticos a los míos. En la parte de atrás había escrito una frase: “Sueña con el primer amanecer que podremos ver juntos sin tener que separarnos nunca más”. Birmingham, 21 de mayo de 1944.

La segunda fotografía fue un gran descubrimiento. Aquella joven que lucía un vestido idéntico al que tenía junto a mí era mi madre. Miré el reverso y pude leer lo siguiente: “ El día que esta foto te hable, yo dejaré de quererte”. Birmingham, 2 de mayo de 1944.

Cómo había cambiado mi madre en esos quince años. No cabía duda de que la vida había hecho mella en su rostro. Volví a mirar las fotos y las fechas. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Quién era aquel hombre? ¿Su primer novio? Si allí dentro había querido encontrar respuestas, lo único que conseguí fueron más preguntas.

Con la foto aún en la mano, traté de recordar la convivencia de mis padres. Aunque solo tenía cinco años cuando mi padre murió, aún guardaba en mi memoria momentos de nuestras vidas. Yo era feliz, éramos una familia feliz, o al menos eso fue lo que yo creía. ¿El motivo por el que mi madre le pedía perdón cuando mi padre murió era por el hombre de la foto? Me negaba a creer que ella quisiera a otro hombre en ese momento. Mi padre no se merecía tal cosa. La volví a dejar en su sitio con rabia e indignación. Mi mala interpretación de los hechos me hizo odiar a mi madre en ese momento. Cerré el baúl de un golpe como si quisiera romperlo. Betty se asustó pero siguió atenta a su cometido. Apreté mis puños cerrados junto a mi cara porque no quería llorar pero las lágrimas ya seguían su propio curso. Empecé a bajar por las escaleras para alejarme de allí pero de repente me paré en seco. ¿Por qué guardaba los libros de sus recetas bajo llave? ¿No sería más lógico que los tuviera en la cocina? Betty me miró extrañada pero siguió mis pasos sin rechistar. Cuando vio que volvía a abrir el baúl, retomó su posición de guardia. Miré los cuadernos con la mandíbula apretada preso de los nervios y de la incertidumbre. No sabía cuál coger primero, pero como estaban numerados decidí empezar por el principio. Al abrirlo, encontré en la primera página una fecha: 5 de marzo de 1944, seguido de una perfecta caligrafía. “Brenda me ha dicho su nombre, se llama Elwyn… Allí no había recetas de cocina. Pasé unas cuantas páginas más: me ha dicho que mañana marcha hacia el sur para unirse al ejército”… Mi corazón se aceleró sin control. Aquello que tenía entre mis manos era el diario de mi madre.

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