Isabel Montes - Gold Beach

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Elisabeth ha guardado su gran secreto en un baúl cerrado bajo llave durante años. Cuando su hijo Philip lo encuentra y empieza a leer el diario que su madre lleva años escribiendo a escondidas, descubre atónito un pasado que derrumba los pilares sobre los que se ha sostenido su vida. Con tan solo catorce años, Philip sentirá el deber moral de vengar el honor de su madre, sin ser consciente de que el camino que va a iniciar no sólo le llevará a conocer a su verdadero padre sino también a descubrir un mundo de maldad y muerte perpetrado por intereses y desamores. Una anciana que pasa sus horas sentada en un banco en la estación de tren será su ayuda más inestimable.
Adéntrate en esta historia que te hará viajar por Gran Bretaña, desde los albores de la II Guerra Mundial hasta principios de los años setenta, y donde descubrirás como las jugadas del destino y las falsas apariencias pueden cambiar el curso de tu vida en un abrir y cerrar de ojos.

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Y el tercer día, cuando me despedí de él.

Dos días antes de su muerte, mi madre me hizo entrar en el dormitorio para darle las buenas noches. Su lenta y pesada respiración era una agonía constante. Recuerdo perfectamente la palidez de su rostro y lo envejecido que estaba. La perenne sonrisa que se dibujaba en sus labios no consiguió esconder su tristeza y dolor. Me abrazó y me colmó de besos con las pocas fuerzas que le quedaban. Literalmente se estaba despidiendo de mí. Aunque le costaba hablar, sacó fuerzas de donde no las tenía para decirme cuatro cosas que quedaron grabadas en mi mente para siempre.

—¿Estás malito, papá? —le pregunté preocupado.

—No, solo estoy un poco resfriado, por eso tengo que descansar. Pero antes de que me duerma necesito que me prometas una cosa.

—Lo que quieras papá —le dije mientras me acercaba a su lado como si fuera a decirme un secreto al oído.

—Prométeme que cuidarás de tu madre y que pase lo que pase siempre harás lo que sea necesario para que sea feliz.

A mi tierna edad era casi imposible que entendiera a qué se refería, pero aquellas palabras me hicieron sentir otra vez mayor, así que se lo prometí sin dudar y sin ser consciente de que acababa de asumir la primera misión de mi vida.

—Te lo prometo, papá —le dije mientras trazaba con el pulgar una cruz sobre mi corazón y sellaba mi promesa con un beso en mi dedo tal y como él me había enseñado.

—Buen chico. Y una última cosa, hijo mío. Prométeme que no olvidarás nunca lo mucho que te quiero y lo feliz que me has hecho.

Yo se lo prometí sin entender a qué venía todo aquello. Mi madre me abrazó y necesitó unos momentos para recomponer su voz encogida por el llanto.

—Yo me encargaré de que no te olvide nunca, John. Anda, Philip, dale un beso de buenas noches a papá.

Cuando me acerqué a él para besarle vi unas discretas lágrimas que caían por su rostro. Le besé y al salir de la habitación me despedí con la mano.

La noche que mi padre murió, mi madre me había acostado temprano pero sus lamentos no me dejaron conciliar el sueño. Me levanté de la cama y caminé descalzo hacia la habitación donde ellos se encontraban. Al llegar, me quedé agazapado bajo el dintel de la puerta. La muerte era para mí algo desconocido hasta ese momento, así que cuando vi a mi padre tumbado en la cama con los ojos cerrados pensé que simplemente dormía. Mi madre estaba de rodillas en el suelo junto a él. Lo tenía cogido de la mano y su cara descansaba junto a su pecho. Entre sollozos no dejaba de repetir sin descanso: “perdóname”. Años más tarde entendería a qué se refería. El pecho de mi padre se levantaba en un ronquido agónico como si fuese a dar su último suspiro de un momento a otro. De repente abrió los ojos y giró la cabeza hacia donde yo estaba como si se le hubiese caído hacia ese lado. Yo me asusté pero cuando vi como me sonreía, me tranquilicé. El pecho de mi padre descendió lentamente y ya nunca más volvió a elevarse.

Meses antes de su muerte, mi padre había convertido nuestra casa en una casa de huéspedes o Bed & Breakfast , como se empezó a llamar después de la guerra, pero tendrían que pasar seis meses desde su fallecimiento para que mi madre tuviera el negocio a punto para abrir las puertas. A primeros del mes de agosto nuestra vida cambió de la noche al día. Los primeros inquilinos empezaron a aparecer como si estuviesen esperando en la puerta para entrar, y yo pisé por primera vez las aulas del colegio. Allí fue donde conocí a Isobel. Aunque tenía unas ganas tremendas de que llegara el primer día de clase, porque mi madre me había dicho que allí era donde me enseñarían a convertirme en un hombre, cuando vi que ella se quedaba en la puerta y yo iba de la mano de una desconocida, mi desesperación me llevó a gritar como un niño aterrado. No sé quién lloraba más, si ella o yo. Como mi profesora la conocía, le permitió a mi madre unos minutos más para que nos volviéramos a despedir. Ella me abrazó y con sus dulces palabras consiguió calmarme. “Recuerda lo que le prometiste a papá, me dijo, tienes que estudiar y convertirte en un hombre para cuidarme”. Por supuesto que lo haría. Me sequé las lágrimas con las manos, besé a mi madre y de la mano de mi profesora me dirigí al aula con una misión que cumplir.

Desde el primer día nunca nos faltaron los clientes. De lunes a viernes poca era la ayuda que le podía ofrecer pero los fines de semana eran diferentes. Aunque ella nunca me despertaba, yo me levantaba tan pronto la oía en la cocina. Me aseaba, me peinaba los rebeldes rizos y me vestía con ropa limpia para bajar a servir los desayunos y dar un poco de conversación a nuestros huéspedes. A todos les hacía mucha gracia ver los hoyuelos de mis mofletes cuando sonreía. Después, mientras ella limpiaba las habitaciones y cambiaba las sábanas, yo fregaba los platos. Al principio tenía que hacerlo de pie sobre una silla hasta que crecí lo suficiente para llegar al fregadero por mí mismo.

Los sábados por la tarde era mi momento preferido, ya que cuando terminábamos de comer, nos dirigíamos al parque a jugar con Betty, la border collie que adoptamos al morir mi padre, y a pasear junto al río hasta la hora de cenar. Solo entonces parecía ver a mi madre realmente feliz.

La casa nunca se cerró al público a excepción de un solo día: el seis de junio. Durante toda la jornada mi madre parecía estar ausente. Año tras año aprendí a respetar su silencio porque pensé que era el día en el que teníamos que recordar a mi padre. Y la verdad es que así era. Se levantaba de madrugada y aunque caminaba despacio por la buhardilla para no despertarme, la madera no dejaba de crujir bajo sus pies. Cuando la oía bajar para preparar el desayuno, me levantaba para acompañarla. Al cruzar el recibidor para dirigirme a la cocina ya me encontraba sobre la mesita de la entrada una vela blanca encendida y un diminuto ramo de flores secas sujetas por un lazo, junto a la foto que había puesto de John. Entraba en la cocina casi de puntillas y me sentaba en la mesa sin decirle ni buenos días para no interrumpir sus pensamientos. Cuando dejaba mi plato de porrish junto a mí, se acuclillaba para ponerse a mi altura, cogía mi cara con ambas manos y me miraba a los ojos con una sonrisa llena de melancolía. Durante varios minutos se perdía en mis facciones como si en ellas encontrase la calma que necesitaba en ese día. Luego me besaba y nos sentábamos a desayunar en silencio. Cuando crecí me surgieron dudas que nunca me atreví a preguntarle. ¿Qué tenía que ver el seis de junio con mi padre? No era su cumpleaños, no era la fecha de su muerte. ¿Acaso fue el día que se conocieron? Todas esas incógnitas estaban a punto de encontrar respuestas.

El 6 de junio de 1959 empezó como todos los anteriores, pero ese día la vida de Isobel y la mía cambiarían para siempre. Estaba amaneciendo cuando mi madre subió a la buhardilla. Su sigiloso caminar me despertó pero esperé acurrucado bajo las mantas a que bajara a la cocina. No había pasado ni una hora cuando oí ladrar desesperadamente a Betty. Me incorporé en la cama de un salto alarmado por los ladridos y por los gritos de Geena pidiendo auxilio.

Geena era la madre de Isobel y la mejor amiga de mi madre. Al igual que muchas mujeres, había perdido a su marido en la guerra así que no tuvo más remedio que criar a Isobel sola. Aunque era una mujer joven y guapa no había encontrado todavía el hombre que pudiera igualar a Gareth. Trabajaba de cocinera en el pub del pueblo y desde que mi madre abrió el Bed & Breakfast , hacía unas horas por la mañana en nuestra casa para ayudarla y sacarse un dinero extra. Isobel y yo teníamos la misma edad así que íbamos juntos a la misma clase, pero no sería hasta este suceso cuando empezó nuestra verdadera amistad.

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