Isobel. 5, Warriston Rd.
Le hará mucha ilusión volver a verte.
Mamá xxx
Isobel, repetí en mi mente. ¿Realmente se alegraría de verme después de las cosas que nos dijimos aquel día en la estación de tren? Tenía mis dudas. Lo que estaba claro era que no había regresado a Moffat para reencontrarme con ella. Esa historia ya estaba zanjada y terminada. Quizá mi madre me malinterpretó al preguntar por ella. Lo único que buscaba en Moffat era estar solo y alejarme del mundo, al menos durante el próximo mes. Aquella pregunta no había sido más que pura cortesía. Arrugué la nota y la guardé en el bolsillo del pantalón para tirarla después a la basura.
Bajé las escaleras como si llegara tarde al colegio. Al cruzar el recibidor para dirigirme a la cocina, me detuve junto a la mesa de madera que había frente a la entrada de casa. Estaba tal y como yo la recordaba. En el centro había un ramito de flores secas, en esta ocasión de color lila, sujetas por un lazo rosa junto a una vela blanca aún por encender. A la izquierda una foto de John con su bata blanca y su corbata, a la derecha una foto de Elwyn con su uniforme militar. Los dos hombres a los que había amado mi madre compartían, en igualdad de condiciones, aquel diminuto santuario. Miré detenidamente a mis dos padres. Al primero lo recordé con cariño, al segundo seguía sin poder quererle.
Al abrir los armarios de la cocina mi estómago empezó a gruñir. Si hubiese llamado antes a mi madre, la despensa estaría llena, pero no era el caso. Afortunadamente encontré algo de comer. Literalmente engullí un plato de beans on toast acompañado de una taza de té como si fuese un simple aperitivo. Fregué los platos y recogí la cocina ante mi total asombro. Al recordar las recriminaciones diarias de Claire para que no dejara los platos por medio, sonreí al ver que finalmente lo había conseguido. Lástima que no estuviera conmigo para saborear su victoria. Me dirigí al recibidor, me puse la chaqueta, cogí las llaves del coche y salí de casa para ir al supermercado.
En los trece años que no había vuelto a aparecer por Moffat, la ciudad había cambiado bastante. Conduje por Old Carlisle Rd intentando recordar donde estaba el supermercado más cercano. Al llegar a la calle The Holm giré a la izquierda para dirigirme al centro del pueblo pero inexplicablemente en lugar de seguir recto, giré en Park Circle, cogí la gran rotonda y salí la segunda a la derecha. “¿A dónde iba?”, pensé. Frené y estacioné en cuanto pude para dar la vuelta porque literalmente estaba perdido. Había vivido durante diecisiete años en esa ciudad pero parecía como si fuese la primera vez que la visitaba. Miré alrededor para tratar de ubicarme. Me había detenido delante de cinco casas pareadas. Todas ellas tenían un pequeño jardín en la entrada, cercado por unas vallas perfectamente barnizadas que daban un toque de color a la monotonía del gris de la fachada. Busqué a derecha e izquierda el nombre de la calle, 5 Warriston Rd. Volví a leer el nombre con los ojos desorbitados, estiré las piernas, palpé el bolsillo del pantalón e introduje lentamente la mano para extraer la nota que había olvidado tirar a la basura. Cuando la leí cerré los ojos. “Me rindo Mr. Young, tiene usted toda la razón”, pensé.
Mi pulso se aceleró y supe exactamente porqué. Una falsa lógica que no hacía más que enmascarar mi propio orgullo me decía que lo que tenía que hacer era dirigirme al supermercado y olvidar historias pasadas, pero algo en mi interior, al que me negué a llamar corazón, me repetía constantemente su nombre. Miré el reloj. Era la una y media. Con un poco de suerte la podía invitar a comer, pensé. Hasta las seis de la tarde tenía tiempo para hacer las compras. Pero entonces la razón me devolvió a la realidad. ¿Me podía presentar ante ella al cabo de trece años para invitarla a comer como si nada hubiese pasado? La arrogancia de creer que aquella relación ya no me afectaría y el carisma que había cosechado con todas las mujeres que habían pasado por mi vida me hicieron creer que sí. De repente las nubes pusieron fin a la tregua que le habían concedido al sol. El cielo se había vuelto gris.
Durante unos minutos mi cabeza intentó encontrar las respuestas adecuadas para lo que pudiese surgir con este reencuentro, pero aunque seguía pensando que aquello no era una buena idea, no me amedrenté. Salí del coche, estiré mi ropa y cuando estaba a punto de cruzar la valla me acordé de Claire. Tan solo habían transcurrido unas horas desde que la dejé en Lichfield. Miré la puerta de entrada de la casa. Lo que iba a hacer no era una nueva conquista, simplemente iba a visitar a una amiga de la infancia.
Las nubes habían oscurecido completamente el cielo. En breve empezaría a llover. Permanecí frente a la entrada de su nueva casa durante unos minutos sin atreverme a pulsar el timbre hasta que finalmente lo presioné. Cuando abrió la puerta me miró con aquellos maravillosos ojos azules que nunca había conseguido olvidar. Su mirada no pudo esconder la sorpresa que le supuso mi inesperada visita. Inmediatamente se subió el cuello alto de su jersey sin mangas hasta cubrir la mandíbula y se ajustó la chaqueta de punto que llevaba puesta para cubrir su hombro descubierto. Durante unos segundos nos miramos sin reparos como si quisiéramos admirar los cambios que el tiempo había generado en nosotros. Y fue entonces cuando entendí porqué no me había funcionado con nadie más.
Isobel se había convertido en una preciosidad. Su piel seguía tan fina y blanca como yo la recordaba. Su melena azabache había crecido hasta cubrir su espalda con unas ondulaciones que parecían suaves olas del mar. Literalmente tuve que morderme las ganas de besarla en ese mismo instante. Lo que menos me esperaba al verla era volver a sentir una pasión que ya creí olvidada. Durante unos segundos maldije mi maldito orgullo por no permitirme regresar por ella años atrás. Las palabras de Mr. Young cobraron vida una vez más: “Philip, aunque nadie puede volver atrás y hacer un nuevo comienzo, cualquiera puede comenzar a partir de ahora y hacer un nuevo final ”. Hubiese dado lo que fuera necesario por saber qué estaba pensando ella. El silencio se hizo tan incómodo que no se me ocurrió nada mejor para romper el hielo, que utilizar la frase más moderada de mi repertorio de ligón de ciudad: “te invito a una cerveza en el pub”. Sin decir una palabra, dio media vuelta y desapareció en el interior de casa. Mi primera reacción fue pensar: “te lo mereces”, pero como la puerta siguió abierta me quedé esperando sin saber qué hacer. Aquellos diez minutos fueron los más largos de mi vida pero cuando volvió a aparecer, la espera había merecido la pena. Se había cambiado de ropa y retocado su melena en un tiempo récord. Lucía un vestido corto sin mangas, de cuello alto con grandes estampados florales en colores cítricos. El bolso y la chaqueta colgaban de su brazo. Ornamentó su melena con una ancha diadema de color blanco a juego con unos zapatos de grandes plataformas que casi la ponían a mi altura. Estaba impresionante. Cerró con llave y con su sonrisa infantil me dijo: “vamos antes de que empiece a llover”. La miré y sonreí porque tuve la sensación de que me estuviese esperando. Y como si todos esos años se hubiesen convertido simplemente en unas horas, retomamos nuestra amistad allí donde yo la abandoné.
Al entrar en el pub, Isobel empezó a tararear en voz alta la canción de Pink Floid que sonaba entre el bullicio de la gente. Después de pedir en la barra, nos sentamos en una mesa junto a la ventana. Brindamos con nuestras pintas sin apenas mirarnos a los ojos. Ninguno de los dos podíamos mantenernos la mirada. Ella cruzó las piernas con decisión y empezó a preguntarme por mi vida. Enseguida descubrí avergonzado de que estaba al corriente de todo lo que me había sucedido, incluso sabía que había roto con Claire. La discreción de mi madre tenía una excepción: Isobel.
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