Carmen Rosa Herrera de Barth - Una vida cualquiera

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Al declinar la existencia es indispensable tratar de reunir la mayor parte de las sensaciones que han atravesado nuestro organismo. Pocos conseguirán realizar así una obra maestra (Rousseau, Stendhal, Proust), pero todos serían capaces de preservar de tal manera algo que sin este pequeño esfuerzo se perdería para siempre. Llevar un diario o escribir a una cierta edad las propias memorias debería ser una obligación 'impuesta por el Estado'; el material que de tal forma se habría reunido después de tres o cuatro generaciones tendría un valor inestimable no hay memorias que no encierren en sí mismas valores sociales y pintorescos de gran importancia". Estas palabras, escritas por el estupendo narrador italiano Guiseppe Tomasi di Lampedusa de la Introducción a sus Recuerdos de infancia, sirven con mucha propiedad para resumir algunos de los mejores valores del libro de Carmen Rosa de Barth, Una vida de cualquiera.

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Los ingenieros eran el doctor Carlos Gartner, el doctor Carlos de la Cuesta y el doctor Richard Ribert, quien llegó con otras personas que se instalaron en diferentes partes del país: las familias Cock, Eastman, Willis, Rister, Wolff. El doctor Ribert llegó a Titiribí con su familia, contratado como los otros dos, Gartner y De la Cuesta. La familia del doctor Ribert se componía de su señora, Frau Lenny, y su pequeño hijo; vivían al frente de la casa de doña Laura y por esa circunstancia se hicieron muy amigas las dos familias, que fueron líderes en todos los aspectos en cuanto a mejoramiento social y cultural de la región. Frau Lenny era de carácter suave, muy colaboradora, por lo que los trabajadores la respetaban y querían igual que a doña Laura, que era la de las ideas, pues el idioma de Frau Lenny era muy deficiente. Ella enseñaba a bordar y a tejer a las señoras y niñas de la región. Y en la escuelita eran ellas las que proponían con las madres qué era lo que se debía hacer para el mejoramiento en cuanto a educación y cultura de los niños de esas veredas.

Ahora vamos a ocuparnos de los niños pequeños de las dos familias: Albert era un niño de seis años, muy blanco, de ojos azules, que hacía honor a su raza aria. Los hijos mayores de la familia Fernández ya se habían casado o estudiaban en la ciudad y con ellos solo quedaba una pequeña de cuatro años, blanca, sonrosada, con sus cabellos rizados, que caían graciosamente ensortijados sobre sus hombros; era dos años menor que su amigo Albert. La llamaban la Nena.

Los ingenieros europeos que llegaron al país en ese tiempo eran felices en los pueblitos por la apacibilidad que se disfrutaba. Ellos venían huyendo de los horrores que les habían dejado las guerras que acababan de terminar.

CAPÍTULO 2

LA AURORA

La Aurora era una bella finca que quedaba dentro de los predios de la mina; era tan provocativa la casa, que los Ribert y Fernández vivían deseando comprarla, hasta que un día supieron que la vendían y el Dr. Richards propuso a Fernández que la compraran en compañía, y así lo hicieron. La partieron y cada uno quedó con su casa cerca a la otra, y a su gusto, incrementaron las siembras de caña, café, cacao y además finas bestias y ganado, ya que ese era el patrón económico de los señores de ese tiempo.

Las dos familias disfrutaban de todo como si fuera una sola heredad. Albert, el niño de los Ribert, como no tenía con quién jugar, pues fue hijo único, pasaba a las casas vecinas para jugar con los hijos de los trabajadores; La Nena, hija de los Fernández, era la mejor amiga de Albert y su compañera inseparable. Sus padres se juntaban por las tardes en caminadas, juegos y veladas con la comunidad, mientras los chicos se divertían de lo lindo en las diferentes actividades de los pequeños, todos según su edad: unos en los patios, otros en los corredores, cada cual con sus juguetes y su bullanguería.

Todos los padres, cuando el reloj daba las siete, llamaban al orden, después de rezar un interminable rosario en cualquiera de los ángulos de la casa. Luego a dormir. Esas eran órdenes de autoridad que no se podían alterar, ni refutar. Los padres continuaban hasta un poco más tarde; como no había luz eléctrica, las veladas muy pocas veces pasaban de las ocho de la noche.

En La Aurora, yo, la Nena, era como la mascota, una avecilla alegre que crecía vagando por todos los contornos de las fincas. Me levantaba muy temprano y salía a las huertas y jardines a coger cuantos avechuchos raros encontraba a mi paso y les hacía maldades. Todos los vecinos y los mozos gozaban al verme retozando en los potreros y pantanos, espiando los pichones de los pajaritos a la espera de que los padres los echaran a su primer vuelo; recogiendo flores en los rastrojos o haciendo aspavientos al ver la salida del sol tras los altos cerros, que con sus destellos doraba las cimas de las lomas. Cuidaba de los animales, aunque a veces mataba los polluelos recién nacidos, pues al cogerlos los apretaba tanto que los destripaba y lloraba inconsolable. Era feliz al ver cómo las gallinas con su clu, clu llamaban a los pollitos ofreciéndoles una frugal comida de un mojojoy o una larga lombriz; corría tras la clueca y los pollitos por todo el patio en graciosa bullería. Las excursiones las hice con el perro y mi inseparable amiguito de juegos y diabluras, Albert.

Nos metíamos por todos los rincones de las huertas y potreros en busca de animalitos raros y flores del rastrojo, amarrando cucarrones y chicharras para llevarlos a casa y ofrecerles a nuestros padres la cacería del día.

En las tardes de lluvia los juegos eran otros. Mientras los padres hablaban de política, de economía, de sucesos mundiales y de progresos o urgencias en los trabajos, nosotros jugábamos al escondite, a la gallina ciega en las piezas, con almohadas y cojines en plena guerra, o a toreros con las cobijas, lo que a veces nos costó estrujones o pellizcos de nuestros padres. Esos casos eran sucesos comunes en cualquiera de las casas.

Albert y yo nos levantábamos al salir el sol; cuando los capataces salían con los trabajadores a las minas, ya estábamos jugando con los sapos en los charcos que se hacían en los caminos del ordeñadero; hostigábamos en todas partes, nos llamaban “la parejita del míster”; no había rincón, ni monte espeso donde no nos metiéramos. Los padres nos reconvenían muchas veces por el peligro de las culebras venenosas que abundaban en la región, pero no entendíamos de esos peligros; la pesca en las quebradas era cotidiana, pasábamos horas enteras en el agua tratando de coger los pequeños pececillos con una totuma o con las manos, sin tener en cuenta el tiempo.

En los ordeñaderos y la pesebrera, con el paso de los animales a los alrededores, se formaban gredales de tierra roja donde nos gozábamos a los peones soltando terneros y ordeñando vacas sin atar, aunque a veces teníamos percances; las vacas trataban de patearnos o embestimos, cosa que asustaba a los peones encargados. Pero a nosotros se nos perdonaba todo. Algunas veces me llevaron a la casa, revolcada en el pantano por los terneros que quería torear, igual que lo hacía con la lorita en las tardes, toreándola con las toallas por los corredores de la casa, enseñándole a renegar. Algunas veces Albert recogía flores del rastrojo y me llevaba a la casa coronada como una reina, o como una novia, adornada de batatillas y bejucos del campo.

Cuando llegué a mi primer año de escuela, ya Albert había asistido a ella dos años; yo tenía seis y Albert ocho. La señorita se llamaba Rosmery y vivía en mi casa, era muy culta, joven, como de veinte años, cordial, y se encargaba de ayudar a doña Laura en cuanto a mi cuidado. Me enseñaba a elaborar mis tareas; doña Laura, a cambio, le ayudaba a ella, pues había sido maestra; por eso se trataban como dos amigas. La señorita en las mañanas colaboraba en preparar las cosas y luego salía para la escuela con los hijos del míster.

La escuela era una casa abandonada, de alguien que ya no trabajaba en la mina, quien la vendió a la empresa con ese fin. Era mixta, con capacidad para treinta niños; un salón, unos corredores y los patios, y una pequeña quebradita que servía para la limpieza de los cuarticos o excusados. En el patio había lugar para el pequeño jardín de la escuela; en un ángulo del salón estaba instalada la mesa de la señorita; al frente, en la pared, colgaba una imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, a la que invariablemente todos los días los niños le ofrecían florecillas, rezándole siempre las oraciones que enseñaba la maestra.

En las tardes, después de terminar tareas, volvíamos a casa los tres; pero en ocasiones, cuando la señorita se distraía, nos volábamos a coger frutas y nos escondíamos en la arboleda para asustarla cuando pasara. Muchísimas veces nos perdíamos por los desechos y nos lanzábamos a nuestras travesuras; llegábamos a la casa tan tarde, que nuestros padres nos castigaban.

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