–Todo sobre las espaldas de la pobre Juanita, Juanita Chamula, todo… Le hace de madre, de padre, de hermana, y ella… –siguió diciendo doña Celia mientras se acercaba a la jaula en el otro extremo del patio, donde dos loritos colgaban con la cabeza para abajo y desde esa posición la giraban hacia un lado y otro, como en el teatro de marionetas en la plaza del barrio.
La robusta empleada abrió la jaula con brusca habilidad, sacó la cazuela con semillas apoyada en el fondo con un movimiento seguro repetido mil veces.
–Y ella, ella solo piensa en los gatos, Virgen santa de Guadalupe.
El señor Mendieta había optado por dejarla hablar, cada vez que volvía sobre aquellos oscuros y dolorosos acontecimientos, cuando comprendió que la mujer interpretaba cualquier interrupción como una señal de interés y eso prolongaba su relato mucho más que si la escuchaba en silencio. Probablemente por eso el relato de la masacre había quedado grabado en su memoria con toda su carga de inexplicable violencia.
Doña Celia introdujo la mano en el frasco del alimento y la retiró sujetando un puñado de minúsculas semillas. Las dejó caer en la cazuela hasta que quedó llena hasta el borde y volvió a introducirla en la jaula de los loritos que observaban la escena colgados de los barrotes.
–Chimalistác ha cambiado, señor Vicente, ya lo creo que cambiado. –Se indignó la criada, criticando la falta de seguridad en la zona.
–Hay que matarlos, matarlos –mascullaba en ese momento masticando las palabras para moderar el exceso de ira, de manera que resultara prácticamente incomprensible la ferocidad de la amenaza a los oídos de quien pudiera escucharla.
Estaba obsesionada con los ladrones y su receta era el exterminio instantáneo de los malvivientes. Doña Celia también era de la opinión, a diferencia de doña Lupita, de que la pena de muerte debía ser precedida por una buena, pública y solemne excomunión de las autoridades de la Santa Madre Iglesia para que el delincuente no pudiera escapar ni siquiera de la condenación eterna en la otra vida.
–No, el barrio ya no es el mismo de antes, no, no; las criaturas inocentes podían jugar en la calle desde que salía el sol hasta la noche… juegos, fiestas a toda hora y amores ocultos en los rincones oscuros. Usted es un caballero, eso está muy claro, pero también es un hombre de mundo y sabe a lo que me refiero… Ahora, en cambio… siempre con el corazón en la boca… –La mano de la corpulenta criada barrió el aire, después volvió a caer inerte sobre el delantal expresando el infinito desconsuelo de su alma de madre frente a la violencia del mundo.
–¿Ha visto ese tipo mal entrazado, ese alto y flaco que anda todo el día por las calles del barrio? ¿Ese que tiene una campera azul? ¡Pero sí, ese vago, bueno para nada que da vueltas por el vecindario! Que gruñe como un cerdo en un chiquero, ¿no lo ha visto?
El silencio del señor Mendieta fue interpretado como un asentimiento y doña Celia, visiblemente satisfecha, caminó hasta la jaula de los canarios.
–¿Quién es? ¿De dónde viene? ¡Vaya uno a saber! Apareció por aquí de un día para otro. ¡Puff! Y ahí estaba, caminando por las calles, lo más campante. ¿Permitiría usted que una hija suya saliera sola con uno como ese dando vueltas, almas santas del paraíso?
La pregunta flotó en el aire unos segundos. El tiempo suficiente para condensarse y precipitar sobre la cabeza del hombre a la que estaba dirigida.
En la vida del señor Mendieta, devastada por la muerte de su esposa, ¿acaso había alguna descendencia? Y si la había, ¿dónde vivía? ¿Y por qué nunca lo había escuchado hacer referencia al respecto, desde que se había mudado a ese barrio de Ciudad de México no mucho tiempo antes? Doña Celia, resignada al misterio de la desaparición de la esposa de su patrón, descolgó la jaula y la apoyó sobre un banco.
–¡A dónde hemos llegado! –canturreó poniendo fin a la breve interrupción, mientras la ancha cabeza en forma de pera se le encajaba entre los hombros– Tanto escribir y escribir, tocar puertas y puertas, y por fin las autoridades se decidieron a abrir un destacamento de policía. Mandaron a un capitán del norte, de la frontera… Un buen hombre, seguramente. Con el vicio del juego, dicen. Pero tendría que venir el ejército y no un solo oficial, Madre de todos los santos.
Doña Celia sacó la pequeña bañera de plástico por la puertita de la jaula y cambió el agua.
–Nada, nada, ya no respetan nada, ni siquiera las limosnas de las iglesias, señor Vicente, ni siquiera eso –suspiró repitiendo su lamento preferido–. Ni a los muertos los dejan en paz, ¡ni siquiera los huesos de los difuntos, Virgencita santa! Al paso que vamos, también van a desnudar a los santos en las iglesias –protestó doña Celia mostrando las palmas regordetas de sus manos para certificar la inocencia de su propio rencor.
La escandalizada exclamación aludía a los huesos robados en la iglesia del Jesús dos días antes; un robo tan inesperado como curioso, que había contribuido a exasperar la obsesión de los vecinos, volviéndolos tan desconfiados que veían malvivientes y ladrones por todos lados.
–Nada, nada, ya no respetan nada, no tienen ninguna consideración, ni siquiera por los muertos. ¡Al infierno hay que mandarlos, para que ardan en el fuego eterno!
Con la maldición divina contra los delincuentes, el monólogo de la doméstica llegó a su fin y el señor Mendieta siguió volcando su tristeza en el trabajo que lo ocupaba y que ese día lo conduciría a una librería de la zona, recientemente descubierta.
Escuchó el golpe sordo del diario que caía en la entrada. Los ojos enrojecidos se desviaron de las páginas del libro. Lo apoyó sobre el brazo del sillón y se levantó. Las logias del Nuevo Mundo se mantuvo en precario equilibrio, la foto del profesor Marcelo Espinosa espió el cielorraso. El señor Mendieta escuchó la moto que arrancaba en dirección a la siguiente entrega y se apresuró a salir. Abrió la puerta de su casa con la puntualidad de siempre.
Los vecinos podían poner en hora su reloj guiándose por el momento en que aparecía aquel inquilino distinguido venido de lejos. La señora Abascal, que vivía al lado, lo hacía precisamente de ese modo. “Son las siete y media, termina con el baño, ¡apúrate!”, gritaba apenas sentía el chirrido de las bisagras de la puerta de su vecino. Por lo general, del baño no llegaba ninguna respuesta y la señora Abascal agregaba siempre alguna otra cosa, algo que se refería a la puerta de la escuela, a que estaba por cerrarse, al fastidio que significaría tener que presentarse ante las autoridades del colegio para justificar el atraso de su hijo. Las tres cosas con un tono de voz y en un orden diferente cada mañana, según el humor con que se hubiera despertado.
El señor Mendieta salió.
La temperatura había subido apenas un poco, un sol menos apagado secaba el rocío sobre las hojas de los arbustos de mahonias. La lucha, la misma lucha de siempre, volvía a empezar con cada nuevo amanecer. Nunca conseguía descansar como hubiera necesitado, nunca más desde el día que murió Verónica. Con ella, una fuente de ternura había dejado de fluir para siempre y su vida se había vuelto árida como los agaves del desierto, madurando propósitos oscuros.
La percepción de su presencia subyacía en cada una de sus acciones, hasta en el más pequeño movimiento de la consciencia, cualquier nimiedad era suficiente para evocarla.
Juntó los bordes de su sobretodo y recogió El Universal del piso, donde todas las mañanas, a esa misma hora, minutos más, minutos menos, lo lanzaba el repartidor haciéndolo volar sobre la reja del portón. Se incorporó y levantó la vista hacia la ventana de la casa vecina; las cortinas se cerraron con un movimiento furtivo. Abrió la tapa del buzón, controló el correo y volvió a colocarla en su lugar. Luchó con la cerradura del portón de entrada sujetando el portafolio de cuero negro bajo el brazo, hasta que el chasquido metálico le advirtió que se había abierto. En el vivero del frente los empleados alimentaban con aserrín una pequeña fogata, un joven con delantal blanco descargaba bidones de agua frente a un almacén, doña Celia conversaba con los barrenderos del barrio mientras se acercaba por la acera para empezar su día de trabajo. En los últimos días la había escuchado hablarles a las plantas del patio, pero miraba con indulgencia esa extravagancia, así como aceptaba con indulgencia la curiosidad del joven Abascal que lo espiaba desde la ventana de la casa de al lado.
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