Bernal Díaz del Castillo - Verdadera Historia de los Sucesos de la Conquista de la Nueva-España (Tomos 1-3)

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Verdadera Historia de los Sucesos de la Conquista de la Nueva-España (Tomos 1-3): краткое содержание, описание и аннотация

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La Historia verdadera de la conquista de la Nueva España es una obra de Bernal Díaz del Castillo, que fue uno de los soldados participantes en la mayoría de las jornadas de la conquista de México en el siglo XVI. Es una obra de estilo cautivador desde las primeras líneas. Nos narra el proceso de la conquista de México de una manera ruda, aunque sencilla, ágil y directa. Leer su libro es transportarse al pasado y vivir al lado de un soldado todos los sucesos de la conquista: descripciones de lugares, relatos de personajes, anécdotas, críticas agudas y angustiantes relaciones de fatiga y peligros enfrentados.

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É dijo:

—«Bien sé que pasastes muchos trabajos, y así es á los que suelen descubrir tierras nuevas y ganar honra, é su majestad os lo gratificará, é yo así se lo escribiré; é ahora, hijo, id otra vez en la armada que hago, que yo haré que os hagan mucha honra.»

Y diré lo que pasó.

CAPÍTULO VIII

Índice

CÓMO DIEGO VELAZQUEZ, GOBERNADOR DE CUBA, ENVIÓ OTRA ARMADA Á LA TIERRA QUE DESCUBRIMOS.

En el año de 1518 años, viendo Diego Velazquez, gobernador de Cuba, la buena relacion de las tierras que descubrimos, que se dice Yucatan, ordenó enviar una armada, y para ella se buscaron cuatro navíos; los dos fueron los que hubimos comprado los soldados que fuimos en compañía del capitan Francisco Hernandez de Córdoba á descubrir á Yucatan (segun más largamente lo tengo escrito en el descubrimiento), y los otros dos navíos compró el Diego Velazquez de sus dineros.

Y en aquella sazon que ordenaba el armada, se hallaron presentes en Santiago de Cuba, donde residia el Velazquez, Juan de Grijalva y Pedro de Albarado y Francisco de Montejo é Alonso de Ávila, que habian ido con negocios al gobernador; porque todos tenian encomiendas de indios en las mismas islas; y como eran personas valerosas, concertóse con ellos que el Juan de Grijalva, que era deudo del Diego Velazquez, viniese por capitan general, é que Pedro de Albarado viniese por capitan de un navío, y Francisco de Montejo de otro, y el Alonso de Ávila de otro; por manera que cada uno destos capitanes procuró de poner bastimentos y matalotaje de pan cazabe y tocinos; y el Diego Velazquez puso ballestas y escopetas, y cierto rescate, y otras menudencias, y más los navíos.

Y como habia fama destas tierras que eran muy ricas y habia en ellas casas de cal y canto, y el indio Melchorejo decia por señas que habia oro, tenian mucha codicia los vecinos y soldados que no tenian indios en la isla, de ir á esta tierra; por manera que de presto nos juntamos ducientos y cuarenta compañeros, y tambien pusimos cada soldado, de la hacienda que teniamos, para matalotaje y armas y cosas que convenian; y en este viaje volví y con estos capitanes otra vez, y parece ser la instruccion que para ello dió el gobernador Diego Velazquez fué, segun entendí, que rescatasen todo el oro y plata que pudiesen, y si viesen que convenia poblar que poblasen, ó si no, que se volviesen á Cuba.

É vino por veedor de la armada uno que se decia Peñalosa, natural de Segovia, é trujimos un Clérigo que se decia Juan Diaz, y los tres pilotos que ántes habiamos traido cuando el primero viaje, que ya he dicho sus nombres y de dónde eran, Anton de Alaminos, de Pálos, y Camacho, de Triana, y Juan Álvarez, el Manquillo, de Huelva; y el Alaminos venia por piloto mayor, y otro piloto que entónces vino no me acuerdo el nombre.

Pues ántes que más pase adelante porque nombraré algunas veces á estos hidalgos que he dicho que venian por capitanes, y parecerá cosa descomedida nombralles secamente, Pedro de Albarado, Francisco de Montejo, Alonso de Ávila, y no decilles sus ditados é blasones, sepan que el Pedro de Albarado fué un hidalgo muy valeroso, que despues que se hubo ganado la Nueva-España fué gobernador y adelantado de las provincias de Guatimala, Honduras y Chiapa, é comendador de Santiago.

É asimismo el Francisco de Montejo, hidalgo de mucho valor, que fué gobernador y adelantado de Yucatan; hasta que S. M. les hizo aquestas mercedes y tuvieron señoríos no les nombraré sino sus nombres, y no adelantados.

Volvamos á nuestra plática: que fueron los cuatro navíos por la parte y banda del Norte á un puerto que se llama Matanzas, que era cerca de la Habana vieja, que en aquella sazon no estaba poblada donde ahora está, y en aquel puerto ó cerca dél tenian todos los más vecinos de la Habana sus estancias de cazabe y puercos, y desde allí se proveyeron nuestros navíos lo que faltaba, y nos juntamos así capitanes como soldados para dar vela y hacer nuestro viaje.

Y ántes que más pase adelante, aunque vaya fuera de órden, quiero decir por qué llamaban aquel puerto que he dicho de Matanzas, y eso traigo aquí á la memoria, porque ciertas personas me lo han preguntado la causa de ponelle aquel nombre, y es por esto que diré.

Ántes que aquella isla de Cuba estuviese de paz dió al través por la costa del Norte un navío que habia ido desde la isla de Santo Domingo á buscar indios, que llamaban los lucayos, á unas islas que están entre Cuba y la canal de Bahama, que se llaman las islas de los Lucayos, y con mal tiempo dió al través en aquella costa, cerca del rio y puerto que he dicho que se llama Matanzas, y venian en el navío sobre treinta personas españoles y dos mujeres; y para pasallos aquel rio vinieron muchos indios de la Habana y de otros pueblos, como que los venian á ver de paz, y les dijeron que les querian pasar en canoas y llevallos á sus pueblos para dalles de comer.

É ya que iban con ellos, en medio del rio les trastornaron las canoas y los mataron; que no quedaron sino tres hombres y una mujer, que era hermosa, la cual llevó un cacique de los más principales que hicieron aquella traicion, y los tres españoles repartieron entre los demás caciques.

Y á esta causa se puso á este puerto nombre de puerto de Matanzas; y conocí á la mujer que he dicho, que despues de ganada la isla de Cuba se le quitó al cacique en cuyo poder estaba, y la vi casada en la villa de la Trinidad con un vecino della, que se decia Pedro Sanchez Farfan; y tambien conocí á los tres españoles, que se decia el uno Gonzalo Mejía, hombre anciano, natural de Jerez, y el otro se decia Juan de Santisteban, y era natural de Madrigal, y el otro se decia Cascorro, hombre de la mar, y era pescador, natural de Huelva, y le habia ya casado el cacique con quien solia estar, con una su hija, é ya tenia horadadas las orejas y las narices como los indios.

Mucho me he detenido en contar cuentos viejos; volvamos á nuestra relacion. É ya que estábamos recogidos, así capitanes como soldados, y dadas las instrucciones que los pilotos habian de llevar y las señas de los faroles, despues de haber oido Misa con gran devocion, en 5 dias del mes de Abril de 1518 años dimos vela, y en diez dias doblamos la punta de Guaniguanico, que los pilotos llaman de San Anton, y en otros ocho dias que navegamos vimos la isla de Cozumel, que entónces la descubrimos, dia de Santa Cruz, porque decayeron los navíos con las corrientes más bajo que cuando venimos con Francisco Hernandez de Córdoba, y bajamos la isla por la banda del sur; vimos un pueblo, y allí cerca buen surgidero y bien limpio de arrecifes, y saltamos en tierra con el capitan Juan de Grijalva buena copia de soldados, y los naturales de aquel pueblo se fueron huyendo desque vieron venir los navíos á la vela, porque jamás habian visto tal, y los soldados que salimos á tierra no hallamos en el pueblo persona ninguna, y en unas mieses de maizales se hallaron dos viejos que no podian andar y los trujimos al capitan, y con Julianillo y Melchorejo, los que trajimos de la Punta de Cotoche, que entendian muy bien á los indios, y les habló; porque su tierra dellos y aquella isla de Cozumel no hay de travesía en la mar sino obra de cuatro leguas, y así hablan una misma lengua; y el capitan halagó aquellos viejos y les dió cuentezuelas verdes, y les envió á llamar al calachioni de aquel pueblo, que así se dicen los caciques de aquella tierra, y fueron y nunca volvieron; y estándoles aguardando, vino una india moza, de buen parecer, é comenzó á hablar la lengua de la isla de Jamáica, y dijo que todos los indios é indias de aquella isla y pueblo se habian ido á los montes, de miedo; y como muchos de nuestros soldados é yo entendimos muy bien aquella lengua, que es la de Cuba, nos admiramos, y la preguntamos que cómo estaba allí, y dijo que habia dos años que dió al través con una canoa grande en que iban á pescar diez indios de Jamáica á unas isletas, y que las corrientes la echaron en aquella tierra, y mataron á su marido y á todos los demás indios jamaicanos sus compañeros, y los sacrificaron á los ídolos; y desque la entendió el capitan, como vió que aquella india seria buena mensajera, envióla á llamar los indios y caciques de aquel pueblo, y dióla de plazo dos dias para que volviese; porque los indios Melchorejo y Julianillo, que llevamos de la Punta de Cotoche, tuvimos temor que, apartados de nosotros, se huirian á su tierra, y por esta causa no los enviamos á llamar con ellos; y la india volvió otro dia, y dijo que ningun indio ni india queria venir, por más palabras que les decia.

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