El vínculo con el carácter forzado de la movilidad tiene dos vertientes. La imposibilidad de tener acceso a agua potable, la desaparición de peces o la desertificación, son razones obvias que pueden relacionarse directamente con la movilidad forzada. El otro vínculo es más sutil y fue revelado por trabajos de campo (Renaud et al ., 2011, p. e21). Se demostró que el deterioro progresivo y más o menos rápido del medio ambiente tiene consecuencias económicas: no se trata de acceso a recursos para autosustento sino de la explotación de esos recursos. Todo lo cual lleva al debate sobre la ponderación entre los varios factores que impulsan el fenómeno migratorio.
Asimismo, en el contexto del cambio climático que nos interesa en este proyecto, la investigación ha identificado que este fenómeno profundiza la degradación del ambiente (Renaud et al ., 2011, p. e8), aunque la degradación de las zonas costeras posee la dimensión adicional de la presión demográfica creciente, la cual impacta en los ecosistemas y degrada los servicios que estos prestan, lo que los vuelve más susceptibles de sufrir desastres sudden-onset (McGranahan et al ., 2007).[13]
Podemos distinguir cinco aspectos relevantes del escenario sudden-onset para México. Primero, es un país muy impactado por periodos de sequía:
La sequía se considera una condición climática temporal, en la cual el nivel de la precipitación es significativamente menor al normal, lo que puede ocasionar serios desequilibrios hidrológicos que afectan negativamente a los sistemas ecológicos y productivos.
En México, el periodo en que generalmente se presenta la sequía inicia en noviembre y concluye cuando inicia la temporada de lluvias, entre mayo y junio. En las últimas décadas se han presentado severos periodos de sequía: entre 2000 y 2003, en 2006, entre 2007 y 2008, en 2009 y entre 2010 y 2012. En mayo de 2011, más del 90% de la superficie del país se consideraba afectada por la sequía. En 2014 y 2015 el porcentaje de superficie fue menor al 50% de la superficie nacional.
Entre 2010 y 2015, 45% del territorio sufrió cuando menos dos años de sequías (no necesariamente consecutivos), principalmente en la mitad del norte del país y casi en la totalidad de la Península de Yucatán. (Semarnat e inecc, 2018, p. 35).
Las sequías tienen varios efectos negativos,[14] pero sus consecuencias son dramáticas para la agricultura y la ganadería, sector esencial de la economía mexicana: “entre 2012 y 2016 la agricultura representó el 61.4% del pib agropecuario, con un crecimiento de 17.2% durante el mismo periodo” (Semarnat e inecc, 2018, p. 59). Se reporta que “se han estudiado ampliamente los impactos del cambio climático y la vulnerabilidad de la agricultura en México. Uno los más documentados es el de las sequías, que son cada vez más frecuentes, y en el pasado han causado pérdidas en agricultura y ganadería que han llegado a ser hasta de 50%, con daños significativos para el cultivo de maíz —que ocupa la mayor parte de la superficie cultivada— y el frijol” (Semarnat e inecc, 2018, p. 341). La trascendencia de este sector apuntaría a un riesgo mayor para México en términos de seguridad alimentaria y hambre: “El cambio climático puede afectar severamente la seguridad alimentaria y, para finales de este siglo, podría poner en riesgo de hambre a entre 5 y 170 millones de personas adicionales, en función del esquema de desarrollo socioeconómico que se asuma” (Semarnat e inecc, 2018, p. 348).
El segundo aspecto es el acceso al agua, que se ha planteado como un problema de escasez en el país:
México tiene 757 cuencas hidrológicas […] En 2016, 649 cuencas tenían disponibilidad del recurso y 108 estaban en déficit.
Respecto de las aguas subterráneas, éstas están divididas en 653 acuíferos […] En 2016, 105 se clasificaron como sobreexplotados y se identificaron 18 acuíferos con problemas de intrusión salina. […] Según las estimaciones actuales, el agua renovable per cápita alcanzará, en el año 2030, niveles cercanos o incluso inferiores a 1,000 m3/hab/año por el aumento de población. Esto se considera escasez. (Semarnat e inecc, 2018, p. 37).
El tercer aspecto concierne a los ecosistemas y la biodiversidad, cuya situación es más que preocupante, pues se ha señalado que todos los ecosistemas de México tienen porcentajes de pérdida, “algunos muy elevados como los manglares (46.6%), los bosques nublados (40.9%) o las selvas húmedas (40.5%)” (Semarnat e inecc, 2018, p. 38). En tanto que el aumento del nivel del mar (Semarnat e inecc, 2018, p. 473) y su calentamiento (Semarnat e inecc, 2018, p. 313) han mostrado un impacto negativo en los ecosistemas y la biodiversidad; mientras que el aumento de la acidez y corrosión marinas, causados por su captura de CO2, significa otro daño para los ecosistemas marinos (Semarnat e inecc, 2018, pp. 314-315). No obstante, debe decirse que algunas especies no sufren el calentamiento del mar, sino que se benefician de él y eso aumenta su población; esto sucede con las sardinas (Semarnat e inecc, 2018, p. 315).
El cuarto aspecto sudden-onset es la desertificación, que resulta muy problemática en México: “Las zonas áridas y semiáridas de México representan aproximadamente 60% del territorio continental del país. […] En general, todas las ecorregiones presentan tendencias de aumento de temperaturas (tanto máximas como mínimas), al igual que altos niveles de incidencia de eventos climáticos extremos” (Semarnat e inecc, 2018, p. 471).
Para concluir, el quinto aspecto se refiere a la deforestación en México, a pesar de que en años recientes presenta un descenso: “La tasa de deforestación neta anual en México disminuyó de 116.9 miles de ha por año durante el periodo 2005-2010, a 91.6 miles de ha por año en el periodo 2010-2015” (Semarnat e inecc, 2018, p. 61).
Islas y costas “en hundimiento”
El tercer escenario de Kälin (2010) trata de las movilidades climáticas “como consecuencia del aumento del nivel del mar y su topografía baja, estas áreas ( islas ) pueden volverse inhabitables” (p. 85). En el contexto de este proyecto, tal escenario se ha modificado; como en este libro se analizan las movilidades internas, se aplica a islas que son parte del territorio mexicano pero no a Estados insulares. El caso de las costas que ya se han hundido por el aumento del nivel del mar entraría también en este tercer escenario, lo cual no considera Kälin, pero la literatura nos ha mostrado su relevancia para las movilidades climáticas forzadas.
El aumento en el nivel del mar está cada vez más documentado, y muchos estudios informan y aportan proyecciones sobre su amplitud:
Las estimaciones del aumento medio mundial del nivel del mar en el Informe Especial sobre Escenarios de Emisiones (“Special Report on Emissions Scenarios”) del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (ipcc) oscilan entre los 22 y los 34 centímetros, entre 1990 y 2080. Un aumento mucho más rápido del nivel del mar (más de un metro por siglo) podría deberse al derretimiento acelerado de la capa de hielo de Groenlandia o al colapso de la capa de hielo de la Antártida occidental, aunque esto no se considera probable durante el siglo xxi. Se ha estimado que, en ausencia de otros cambios, un aumento del nivel del mar de 38 centímetros multiplicaría por cinco el número de personas afectadas por inundaciones provenientes de marejadas ciclónicas. (McGranahan et al ., 2007, p. 20).[15]
La literatura ha dado testimonio de que, en todo el mundo, los asentamientos en zonas costeras poco elevadas son muy vulnerables a los riesgos por el aumento del nivel del mar, sobre todo si se toma en cuenta su alta densidad poblacional, que además sigue creciendo (McGranahan et al ., 2007).[16] En relación con esto, se distinguen patrones que varían según los países por su nivel de desarrollo (medido por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, ocd), y según las regiones (McGranahan et al ., 2007). La degradación del ambiente por la urbanización en estas zonas asimismo agrava el aumento del nivel del mar (McGranahan et al ., 2007). E igualmente se ha identificado la relación entre el aumento del nivel del mar y las inundaciones en zonas de valles con ríos y deltas (Hugo, 2011, p. S30).
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