Como a cualquier actividad de cuantificación y proyección sujeta a críticas, esto se ha aplicado a las movilidades climáticas (Bettini y Andersson, 2014; Gemenne, 2011b). En el marco de nuestro proyecto, cuya naturaleza es cualitativa y no cuantitativa, no pretendemos quedar libres de críticas; no obstante, esas cuantificaciones y proyecciones permiten darnos una idea de las dimensiones del tema en estudio, algo esencial para la definición de un problema público y la elaboración de políticas públicas (Gemenne, 2011b).
Ahora bien, aunque muchos informes o trabajos académicos acerca de la migración climática forzada están disponibles, aquí hemos preferido reproducir los datos del estudio del Banco Mundial de 2018, Groundswell: Preparing for internal climate migration (Rigaud et al ., 2018), por varias razones. Primero porque es un informe reciente que se enfoca a las migraciones climáticas internas —otros más bien son una cuantificación de las migraciones climáticas internacionales—;[2] segundo, porque adopta definiciones bastante similares a las que empleamos en este proyecto;[3] y, tercero, porque dedica una parte extensa de su contenido a la metodología y explica en qué medida se apoya en experiencias pasadas para desarrollar nuevos aspectos metodológicos para mejorar así la percepción y cuantificación de la migración interna climática forzada.
Dicho informe señala que para 2050, y en el escenario más pesimista, hasta 3.1 millones de personas serán migrantes internos por razones climáticas en México (figura 1), es decir, el 11% de este tipo de migrante o “desplazados climáticos”, como allí se les llama (Rigaud et al ., 2018, p. 126).
Las figuras y mapas que hemos incorporado en este capítulo nos ilustrarán con precisión acerca de la amplitud de este problema en México. La identificación de los lugares de origen y de destino es en especial útil. Por ejemplo, por el mapa 1 es posible decir que el valle de México predominará como lugar de destino.
Tipología: seis escenarios que originan la migración climática
Los datos de los informes y la literatura académica acerca de la migración por razones climáticas pueden sistematizarse con el objetivo de identificar los distintos tipos de eventos que la impulsan. Esta sistematización, que no permanece inmutable, no pretende reflejar del todo la realidad del fenómeno. Se trata más bien de investigarlo de manera ordenada y analítica.
Varios autores e instituciones —véase el ejemplo en el cuadro 1— ofrecen tipologías de los motivos climáticos que inducen a la movilidad.[4] En tal sentido, nos resulta más pertinente la propuesta de Kälin (2010),[5] la cual distingue cinco escenarios: a) desastres sudden-onset (o desastres de aparición rápida), b) fenómenos slow-onset (o de aparición lenta), c) Estados insulares “en hundimiento”, d) zonas designadas inaptas para asentamiento humano, y e) conflictos o violencias provocados por la escasez de recursos naturales.
Esta tipología modificada será la guía en este capítulo, lo que nos permitirá destacar las peculiaridades en la definición de los migrantes internos climáticos forzados y la identificación del marco legal internacional y regional aplicable. Servirá también de guía para el desglose de nuestros capítulos, entre otros, para la aplicación de los dos ejes de análisis identificados y estudiados en este proyecto, a saber: la exigencia de protección, y el enfoque territorial. Las especificidades de cada tipo ya fueron investigadas en detalle por académicos y organizaciones internacionales. Los principales hallazgos y modificaciones de los escenarios identificados por Kälin se exponen enseguida, aunque en el marco de nuestra propia investigación y enfocados en el caso mexicano.[6]
Con este primer escenario Kälin (2010) se refiere a los eventos hidrometeorológicos relacionados con el cambio climático: inundaciones, tormentas con vientos (como los huracanes) y deslaves. Los desastres provocan migraciones forzadas de gran magnitud. Semejantes eventos tienen ejemplos recientes en el huracán Katrina, y los tifones en Asia. La literatura ha documentado ampliamente, en términos teóricos y empíricos, el vínculo entre esos eventos extremos relacionados con el cambio climático y las movilidades climáticas (Simatele y Simatele, 2015), y ha mostrado lo difícil que es adaptarse a su carácter extraordinarios.[7] La literatura también ha dado cuenta de la situación sumamente vulnerable de los asentamientos localizados en zonas costeras poco elevadas (McGranahan et al ., 2007) y los conflictos que sobrevendrían por esos desastres (Ide et al ., 2021). Aunque la situación de dichos asentamientos debe entenderse en el marco más general de la urbanización, pues gran parte de ellos son ciudades en crecimiento (McGranahan et al ., 2007).
En concreto, una enorme proporción de los desastres que ocurren en México se relacionan con el cambio climático: “De acuerdo con la base de datos del Fondo de Desastres Naturales, 91% de los recursos autorizados por declaratoria de desastre, de 1999 a 2017, están relacionados con el clima. […] Entre 1999 y 2017, por cada desastre geológico hay una ocurrencia de 13 desastres relacionados con el clima y su costo ha sido 10 veces mayor” (Semarnat e inecc, 2018, pp. 465-466). México se encuentra especialmente expuesto a eventos hidrometeorológicos extremos, así lo explican Semarnat e inecc (2018, p. 34), y lo confirman los datos del Atlas Nacional de Riesgo, actualizados hasta julio de 2020: el 92.57% de las declaratorias de emergencia y desastres naturales se relaciona con eventos hidrometeorológicos (Cenapred, 2020).
Kälin (2010) se refiere con este segundo escenario a la degradación del ambiente y la lenta aparición de desastres: “aumento de la salinización de las aguas subterráneas y del suelo, efectos a largo plazo de inundaciones recurrentes, deshielo del permafrost, sequía, desertificación u otras formas de disponibilidad reducida de agua” (p. 85).[8] Un aspecto muy destacado de los fenómenos slow-onset , en tanto detonadores de las movilidades climáticas forzadas, es su matiz acumulativo: un ejemplo sería que en un sitio determinado ocurre eutrofización de un río y deforestación.[9] La literatura señala, teórica y empíricamente, que el vínculo entre los fenómenos slow-onset y las movilidades climáticas es variado.[10] La desertificación ha sido un caso bastante estudiado, y criticado.[11]
La degradación del ambiente a nivel mundial y la relación entre ella y la migración se han establecido y reconocido por parte de instituciones internacionales y por la investigación sobre el tema (Renaud et al ., 2011; Reuveny, 2005). Los fenómenos en cuestión son los que menciona Kälin (2010), pero también hay otros identificados por los informes de organizaciones internacionales, regionales y nacionales, tales como el deterioro de los suelos, la desertificación, la disminución en la calidad y cantidad del agua, las sequías, la pérdida de diversidad genética, el deterioro de los ecosistemas y de los servicios que estos brindan, etcétera.[12]
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