Fernando Vela - Ensayos
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La muerte de Ortega representó para Vela un duro golpe, como testimonia uno de sus textos más emotivos, «Evocación de Ortega», escrito poco después del fallecimiento del amigo para ser leído en Madrid, en la Asociación de Mujeres Universitarias27. Una íntima declaración, definitoria del carácter de Vela, lo inicia: «Mi vida —quiero decir la parte de actividad intelectual, literaria, que puede haber en ella; en suma, mi vida— está comprendida entre las muertes de dos grandes hombres: Leopoldo Alas Clarín y José Ortega y Gasset. Se abre con una y se cierra —virtualmente se cierra— con la otra»28. Y aunque las palabras de Vela discurren luego con la sobriedad característica de sus mejores páginas, se advierte por momentos la inédita expresión de un dolor profundo, del todo ajena a la vacuidad de la retórica necrológica al uso:
«Para mí la muerte de Ortega es ese quedarse solo, vivido de veras, experimentado en la carne y no sólo en el pensamiento. Con él se van cuarenta años largos de mi vida. Conversaciones diarias, confidencias, pensamientos y sentimientos compartidos, afanes y empresas comunes, de todo eso —sin duda la mejor parte de mi vida— me deja solo. […] Yo no puedo hacerme a la idea, yo no puedo soportar la idea de que aquella cabeza ya no piensa, de que se ha ido con todo lo que contenía y aún podía darnos, y que es todo y lo único que no se puede transferir ni heredar y hemos perdido para siempre»29.
Al reaparecer la Revista de Occidente en 1963, a Vela se le ofrece la oportunidad de volver a ocupar en ella su cargo de secretario de redacción. Pese a la amable insistencia de José Ortega Spottorno y Paulino Garagorri, rehúsa aceptarlo y accede sólo a figurar en el Consejo Asesor de la Revista . Vela colaborará en ella, además, con algunos excelentes ensayos y con el único relato que habría de publicar, «La caperuza de plomo (Apólogo)»30, su más explícita denuncia de toda forma represiva de la libertad de expresión. Denuncia tímida, pues ni el protagonismo ni la beligerancia caracterizaron la labor de Vela en pro de una libertad de pensamiento que siempre ejerció y en la que creía con firmeza. Su compromiso con principios éticos e intelectuales forjados en la España de anteguerra y su determinación de salvaguardar la propia independencia ideológica los mantuvo con tenaz discreción hasta su muerte. Esta lo sorprende la tarde del 6 de septiembre de 1966 en su tierra asturiana, poco antes de empezar en el café Pinín de Llanes su habitual partida de ajedrez.
ENSAYO Y CRÍTICA
En la primera de cuatro reseñas publicadas el 28 de marzo de 1933 en la sección «La semana de los libros» del periódico Luz , Fernando Vela escribía a propósito de los ensayos críticos de Antonio Marichalar recopilados en su recién aparecido Mentira desnuda :
«Distintos en el objeto, coinciden en incidir siempre sobre algún hecho literario para, desde este, recaer en el tema de la literatura, su esencia, su necesidad, su justificación.
Mientras unas generaciones se han entregado descuidadamente al arte literario, otras necesitan, además, justificarse ante sí mismas su dedicación a la escritura. No se contentarían si la literatura no fuese algo trascendental, inevitable y, por así decir, un fenómeno sustantivo. Su problema no es un problema literario, sino “el” problema de la literatura, el porqué y el para qué de la literatura»31.
En el marco del ambicioso programa intelectual que venía realizándose en el círculo más próximo al pensamiento orteguiano, todo esfuerzo crítico llevaba implícita la voluntad de trascender su inmediato objeto de análisis en beneficio de un ahondamiento en la comprensión del fenómeno literario. Una actitud de signo estetizante y una orteguiana resistencia a lo incognoscible prevalecieron en las más fecundas reflexiones de Espina, de Jarnés o del propio Marichalar, por citar sólo a tres asiduos colaboradores de la Revista de Occidente , tribuna privilegiada de esta forma de exploración de la literatura. Cierta complacencia en el hallazgo formal —preciosismos que con alguna frecuencia distraen la atención de la obra analizada— y una no siempre comedida tendencia a la divagación fueron sus riesgos más evidentes. La derivación en el discurso crítico hacia consideraciones de orden estético sería rasgo común e ilustrativo de una difícil búsqueda que fue convirtiéndose en signo de identidad generacional por dos motivos suficientes: porque sin ese ahondamiento la modernidad literaria permanecía indescifrada y porque dilucidar su esencia constituía el único modo de esclarecer las razones por las que la literatura era comúnmente percibida en el plano individual como «fenómeno sustantivo», como acontecimiento de capital importancia. De lo primero dependía la posibilidad de responder con solvencia al reto representado por la literatura contemporánea y elaborar con alguna eficacia su crítica; de lo segundo, la respuesta a una inquietud más profunda e íntima, que envuelve a la entera generación y que Vela enuncia en términos que no dejan espacio a tibiezas, pues se trata nada menos que de «justificarse ante sí misma su dedicación a la escritura». Justificación es aquí el término cardinal: la de la propia literatura, a través de una crítica capaz de acceder a su comprensión, y la de esa crítica que quiere saberse consagrada a un objeto de absoluta trascendencia.
Lo que Vela está advirtiendo, al referirse a los ensayos de Marichalar en el fragmento citado, son constantes generacionales que en buena medida le conciernen. Marichalar ha ido por derroteros distintos: su voluntad de desentrañar «el porqué y el para qué de la literatura» lo ha llevado, observará a continuación Vela, por sendas que poco distan de las recorridas por precedentes tan ilustres como Mallarmé o Valéry. La mención de ambos poetas, sobre todo la del último, vale por una declaración de principios, pero no es ese, en rigor, el rumbo seguido por Vela, para quien cualquier mística aproximación a lo absoluto queda cuidadosamente al margen de su indagación literaria. Sí es común, en cambio, la voluntad de desentrañar la esencia del arte por medio de una crítica que involucre por entero a su autor y donde este ponga en juego sus afinidades, divergencias y expectativas intelectuales en la confrontación con el texto literario. Vela se había referido a ello en un artículo aparecido en el tercer número de Revista de Occidente , donde sintetizaba algunas ideas expuestas por Marichalar en Palma 32. Los argumentos allí resaltados abordan la cuestión de la frecuente reticencia de la crítica a ceder terreno al subjetivismo por temor a enturbiar la visión clara de la obra literaria. Traslucen las palabras de Vela, más allá de la mera paráfrasis, una compartida discrepancia ante esa aprensión. Y un común convencimiento: el de que, en su más elevado sentido, la crítica posee análoga dignidad a la del objeto de su indagación y está sometida a idéntico imperio de lo personal. Este planteamiento, que poco tiene que ver con discusión alguna sobre las asperezas de la crítica militante o la validez parcial de sus dictámenes, pone sus miras en la idoneidad del ejercicio crítico como instrumento de una ambiciosa investigación en torno al hecho literario. La crítica podía constituir el soporte de un escrutinio semejante porque en la enunciación del juicio estético elaborado desde la más plena autonomía se cifraba, en definitiva, su propósito último, su esencia perdurable y, consecuentemente, su razón de ser33.
No andaba muy lejos esta argumentación de las ideas que por entonces venía examinando T. S. Eliot en relación con una actividad crítica que sólo alcanza su excelencia en una suerte de rara fusión con el acto creativo. Eliot expresaría, como es sabido, una prudente reserva en lo concerniente a establecer distinciones netas entre la actividad creadora —con su implícita y ardua labor de selección, combinación, construcción y corrección— y el trabajo crítico logrado34. En Palma esa prudencia parece disiparse: Marichalar sostiene con inteligencia su idea de lo que esta ha de ser; su postura es más radical que la de Eliot y su argumentación acaso algo menos meditada. Precisamente en lo que toca a la solidez de los argumentos advertirá Vela, sin señalarla, alguna insuficiencia, pero el reparo circunstancial no oculta la convergencia en lo que atañe a la concepción de la labor del crítico. De ello se desprende una idea de crítica inquisitiva frente a la obra literaria, dispuesta a operar desde la conciencia de su responsabilidad y su influencia. En un sumario examen, «La literatura francesa actual», aparecido en Luz en diciembre de 1932, constataría Vela una significativa deserción de la crítica contemporánea a este respecto: «Uno de los rasgos de estos tiempos es la desaparición de la crítica. Y si se hace crítica es desde un punto de vista casi histórico o desde un punto de vista casi zoológico. Se describe un estilo nuevo como un hecho inexorable, arrastrado por un encadenamiento fatal, o como un zoólogo describiría la anatomía de un insecto contra cuya constitución biáptera o triáptera no hay nada que objetar». De esa aséptica contemplación, que tan a menudo oculta el temor a enunciar objeciones erróneas, mantendría siempre sus distancias el incisivo discurso crítico de Vela.
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