Fernando Vela - Ensayos
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La fundación de España fue precedida de notoria expectación en la ciudad norteafricana, como recordaría veinticinco años después Samuel Cohen con motivo de la celebración del aniversario del periódico: «En las últimas semanas de 1937 empezó a correr por Tánger el rumor de que Gregorio Corrochano iba a montar un gran rotativo en la ciudad internacional. Ardía España en guerra civil y Tánger era vivero de intrigas y rumores. Muchos creyeron que se trataba de un bulo más de los mil que brotaban en ese Zoco Chico ruidoso y desconfiado»22. La noticia era cierta, aunque se exagerara al aludir a una posible colaboración de Maurois, Claudel y Ortega. Rememora Cohen el entusiasmo con que los periodistas locales acogieron la noticia de la creación del diario, así como la impresión que a él mismo le causó la llegada a Tánger de Vela, para quien tiene palabras de gratitud que constituyen un justo reconocimiento de su magisterio:
«El verdadero maestro para los que queríamos hacernos periodistas en esa coyuntura excepcional era Fernando Vela; con él teníamos mucho más contacto que con Corrochano. Fernando Vela, por su modestia y por su retraimiento, no ha ocupado en el periodismo español de la posguerra el lugar preeminente y notorio que tuvo antes. Pero en él hemos tenido la suerte de hallar a un pensador, a un escritor y a un periodista excepcionales a quien debemos profesionalmente lo que nunca podríamos pagar»23.
Al diario España aportaba Vela una extraordinaria ejecutoria periodística, pero sobre todo la dedicación plena y la calidad de su trabajo. Una idea aproximada de su labor en España de Tánger, y desde junio de 1949 en el suplemento España Semanal , la ofrece el repertorio de Ramón García-Vela «Para una bibliografía de Fernando Vela»24. Concernientes al periódico tangerino, recoge el citado ensayo de catalogación un número muy considerable de títulos, si bien se trata de un recuento parcial: como el propio autor señala, una bibliografía exhaustiva de Vela es irrealizable, «pues si bien es quizás uno de los escritores que más haya publicado en el país, no es menos cierto que lo hizo, generalmente, enmascarado tras los más variados seudónimos —de los que algunos nos son conocidos— y, las más de las veces, anónimamente»25. En España de Tánger fue muy común el recurso al seudónimo entre sus redactores. También Vela publicó allí gran parte de sus artículos con seudónimo: Héctor del Valle y Luis Longoria fueron los más frecuentemente usados. Con el primero firmó colaboraciones sobre historia, ciencia, literatura, cine y deportes, además de numerosas reseñas y la sección «Tres crónicas breves». Lo empleó también en las dos biografías que preparó a principios de los cuarenta para la madrileña editorial Atlas: Mozart (luego reeditada en la colección de bolsillo de Alianza Editorial, en 1966 y 1985) y Talleyrand . Bajo el segundo redactó durante años, en la sección «De la vida inglesa», incontables artículos sobre economía, cultura, sociedad y sobre todo política nacional e internacional concernientes a Gran Bretaña, país del que nunca fue corresponsal y que no visitaría hasta 1951, acompañando a una delegación de periodistas españoles invitados por el gobierno inglés.
De entre los escasos testimonios que aportan información sobre el ánimo con que Vela afrontó su alejamiento de España, uno resulta particularmente significativo. Se trata de la carta que escribe el 30 de septiembre de 1939 desde Tánger a Ortega, en respuesta a la que este le enviara poco antes desde Argentina. Vela se interesa en ella por los posibles planes de permanencia de Ortega fuera de España, y pone al amigo al corriente de su propia situación. La serenidad familiar (Vela estaba a punto de ser abuelo, por más que, como confiesa a Ortega, siguiera sintiéndose «con veinte años») contrasta con la más inquietante expectativa laboral. Tras referirse a las dificultades que por entonces atravesaba España de Tánger a causa de la carencia de papel, problema que venía a sumarse a otros de carácter logístico y hacía temer por el futuro del periódico, Vela consigna en breves y sentidas líneas su añoranza del otrora fluido diálogo con Ortega, al que no se resigna a renunciar pese a las difíciles circunstancias:
«Quisiera estar todos estos días hablando con usted de los enormes y sorprendentes acontecimientos de Europa. Quisiera tener tiempo y mis libros a mano para buscar una época histórica semejante a la actual. Tengo la sospecha de que estamos en situación pareja a la de los primeros tiempos de la constitución de las nacionalidades europeas, tiempos de guerras e invasiones duras, de bruscos virajes en amistades y enemistad, de diplomacia igualmente ruda, etc. Pero lo peor es que nosotros tenemos las ideas, los principios y los sentimientos de la edad contemporánea y chocamos de bruces en esa realidad tan desacorde —por brutal— con ellos. ¿Podemos entonces entender y juzgar lo que pasa? Queda apuntado el tema en espera de sus comentarios»26.
«Tiempos de guerras e invasiones duras, de bruscos virajes en amistades y enemistad»: las circunstancias hacen preciso hablar por alusiones y leer entre líneas, pero es obvio que al referirse a Europa, Vela piensa también en una España que mostraba por entonces su faz más brutal para cualquiera que, a despecho de la barbarie dominante, se mantuviera fiel a «las ideas, los principios y los sentimientos de la edad contemporánea». Ese rechazo, ese «chocar de bruces» con una realidad violenta aparece aquí explícito. Y lo es también la percepción de una amenaza real a las libertades individuales en las líneas que preceden al párrafo citado, pues Vela inicia su carta informando a Ortega —casi de una sutil invitación a la cautela pudiera tratarse— de la intervención de la censura: «Su carta vino censurada por “l’autorité militaire”, según decía una etiqueta; no sé por qué razón una carta escrita en la Argentina para un español de Tánger puede ser abierta». La indignación de Vela, tan evidente en estas palabras, no podía encontrar espacio en sus escritos públicos: quedó reservada a su correspondencia personal, donde el desahogo sí era posible.
Vela vivió el exilio como un avatar más de su existencia: si algo llegó a añorar en Tánger fue la proximidad y el diálogo con su admirado Ortega, nostalgia que hubiera sentido con igual intensidad de haber permanecido en Madrid durante esos años. Pero Tánger supondría para Vela la posibilidad de mantener el contacto con la realidad política y cultural europea, y seguir ejerciendo su profesión de periodista —con los más amplios márgenes de libertad posibles, dadas las circunstancias— en el que muy pronto había de convertirse en uno de los mejores diarios españoles de su época. Del periodo tangerino es también la publicación del folleto Poesía en asilo (1939), única obra poética que, sin hacer constar su nombre, Vela se animaría a dar a la estampa, y la redacción de las dos biografías antes mencionadas, aparecidas ambas en 1943, que dan una idea precisa de la alta calidad de su prosa. En Tánger encontró, en definitiva, los medios materiales, el tiempo y el aliciente para escribir, sin renuncia a una independencia de pensamiento que había de ser emblema de su entera labor intelectual. Representaron para Vela esos años un tiempo consagrado al trabajo, a la reflexión, a la creación literaria.
En 1943 —apenas un año después de la vuelta de Ortega a la Península— Vela da por concluida su estancia en Tánger y retorna a España, donde su actividad periodística continuará sin interrupción. De los tres volúmenes que publica en los años cuarenta, dos de ellos, Talleyrand y Los Estados Unidos entran en la historia , reflejan el mismo interés por los temas históricos que se advierte en sus artículos para España . Los Estados Unidos … es acaso el libro mejor escrito de Vela, y aunque no mereció reedición —privilegio sólo concedido a su bastante menos voluminosa biografía de Mozart— gozó de muy buena acogida por parte de la crítica. De 1950 es su más afinada selección de ensayos, El grano de pimienta , donde se recogen trabajos publicados antes de la guerra. No serán menos meritorias las sucesivas Circunstancias (1952) y Ortega y los existencialismos (1961), ambas publicadas por la editorial Revista de Occidente en Madrid.
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